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Noche de San Juan

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bandera pirata fondo negro 640 pix ancho

 

El Viaje al verano es una de mis novelas, y de ella he puesto algunos trozos en estas páginas, como uno que se llama «los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas». Esta noche es la noche de San Juan, y me parece ocasión oportuna para colocar aquí lo que puede leerse en la contraportada.

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 El VIAJE AL VERANO es la historia de una noche de San Juan. Nuestros personajes –y son unos cuantos–, iluminados por la luz de la luna mora y el errante cometa la disfrutan como si se tratara de una de esas catarsis del alma de las que tanto se habla. ¡Allá va todo lo que nos sobra! Sobre las llamas de la hoguera purificadora vuelan sillas desvencijadas, antiguas anotaciones, cepillos de dientes…

–¿Y amores no correspondidos?

–Por supuesto. Y malhumores, impaciencias y amarguras, pesadumbres y sinsabores, aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria.

–Y hasta un pulpo…

–Bueno, sí, hasta un pulpo. Un pulpo como de metro y medio de envergadura.

… consumido por el fuego y convertido en pavesas que se ciernen en brillante torbellino…

¡Buen viaje!

 

plumas 900 pix

Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo primero.

 Está demostrado que con la ayuda de un litro de cerveza pueden escribirse, cuando menos, doscientas palabras1. Una novela normal tiene ochenta mil, es decir, cuatrocientas veces doscientas, de donde se deduce que con cuatro hectolitros de semejante bebida, que son una miseria, se puede escribir una novela, y esto son apreciaciones muy por encima de la media; lo más probable es que se pueda hacer con una cantidad mucho menor.

 “La poesía y el alcohol caminan juntos bajo las estrellas”.

(Proverbio de ignorada procedencia2 que conocen muy bien la mayor parte de aquellos que se dedican a semejantes labores).

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 1 Con un litro de sangre se puede componer una novela entera.

2 En realidad, debido a la pluma de Camargo Rain, al que de súbita forma vino a la mente mientras leía Ben Ammar de Sevilla, de Claudio Sánchez Albornoz (debe de ser que allí se dice algo muy parecido); hay que tener en cuenta que la prosa no es sino un caso particular de la poesía. A este respecto puede leerse lo que en la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos se dice sobre la curva y contorno de entonación, en la página 49 y siguientes, edición de Espasa promovida por la Real Academia Española en la colección Nebrija y Bello. Puede consultarse en internet.

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He contado un montón de cosas en este blog sobre esta novela, pero no he dicho aún nada de una especie de vídeo clip que hice ilustrándola. La dirección es:

http://www.youtube.com/watch?v=cv1PW7UlGFI

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Hoy, para variar, en vez de trozos de mis libros o fotos sicodélicas, pongo una cosa completamente distinta. Es una película (muy cortita, eso sí; que no se asuste nadie), que mediante la más fantástica de las músicas…

(esta es la música de la que Juan Evangelista, personaje que algunos de vosotros conoceréis si habéis leído las cosas que aquí he escrito, dice que es la mejor música del Universo: la folía de España, anónimo del siglo XVI)

… enseña la casa de marras.

La cosa es muy sencilla: no hay más que ir al siguiente enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=_0D76hus_gI&feature=channel_page

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Traigo hoy unas páginas de “Europa barroca”, esa novela que cuenta la fantástica vida de tres personajes, Eduguá, la negra y el cachalote telépata y habitante del océano Atlántico. Eduguá tiene un hermano, Cacho Madera, un tipo que mide más de dos metros y ha hecho de su vida un sayo, y como ha pillado una de esas enfermedades “nuevas y misteriosas para las que no existe cura”, acaba donde puede cualquiera se imaginar, aunque incluso a las puertas de la muerte tiene ganas de broma…

Esta no es una novela normal, de las de ahora, de esas que empiezan con el protagonsita entrando en un bar y encontrándose con alguien del sexo opuesto… (¿Por qué la mitad de las narraciones que veo por ahí empiezan de semejante manera? Misterio). No, esto es otra cosa, y para ilustrarlo (aunque esto no es el principio, sino un fragmento de su misma mitad), ahí van mil palabras. 

 

 

Yo me llamo Cacho Madera

 

Desde el control me dijeron que me fuera despidiendo, entró la monja y me dijo que me fuera despidiendo, debió de escapársele. Esta monja es muy grande y desconsiderada, aunque yo lo prefiero. El otro día el médico le echó una bronca de padre y muy señor mío…

Yo no sé cómo es esto de la técnica. A veces creemos que puede hacerlo todo… Sin embargo, yo aquí y las estrellas, sí, yo aquí y las estrellas, y si me descuido, sólo un descuido, vendrán hasta los de Recursos Humanos, los Asistentes Sociales o comoquiera que se los conozca ahora. Esos también hacen pajas, pero unas pajas muy raras; yo prefiero las normales.

Ahora veo la superficie del mar, la veo en ocasiones y cuando menos me lo espero. De repente allí aparece la azul superficie del mar plagada de bichos saltarines que croan como ranas y circulan ante mi punto de vista; deben de ser delfines. Una vez vi a un oso blanco paseando nerviosamente por la orilla de un mar glacial, un salmón se comía a un arenque, una foca se comía al salmón, y luego el oso se comía a la foca… Luego no sé qué sucedió, porque entró la monja y me despertó: ¡su inyección! Entonces yo puse el culo, como de costumbre… Me parece que estas medicinas modernas, esos líquidos rojos y transparentes, no sirven para nada, o por lo menos a mí no me sirven para nada. Yo sigo aquí, en la cama, a veces en el sillón, pero las fuerzas no me vuelven. En ocasiones parece que sí, y entonces me torno optimista y le digo a Sandy,

–Cuando todo esto acabe tenemos que dar la vuelta al mundo; yo no la he dado nunca. No sé a qué estaba esperando, pero ahora que estás tú aquí lo podemos hacer. A lo mejor es que me daba pereza hacerlo solo, pero eso se acabó. ¿Quieres ir a Ceilán? Sí, primera parada en Ceilán, y luego, ya que estamos allí, podemos intentar subir en el teleférico del Everest. Dicen que hay mucha cola, pero si se va con dinero por delante te la saltan y pasas el primero. También podemos ir a Pelotas. Está en el sur de Brasil y he oído decir que allí están las mejores playas del mundo. ¿Tú no sabes esa que dice, mi tío, que es brasileño, pasa en Pelotas el mes de abril…?

–No le digas eso a la niña.

–¿La niña…? ¡Pero si es muy mayor! Sandy, díselo a tu tía… Hermana mía, pareces una de los de Recursos Humanos.

Bueno, y otras veces, en vez de la azul y espejeante superficie del mar, lo que he visto ha sido la totalidad del Cosmos. Yo no sé si esto tiene que ver con lo que sucede cuando te ponen la inyección y ves las estrellas, porque con algunos de esos líquidos ves las estrellas. Como la monja debe de ser un poco sádica, tarda más de la cuenta en enchufármela y dice, aguante, aguante, sí, aguante, ¿eso no se puede hacer mejor?, y ella me dijo, no, es así como hay que hacerlo.

En cierta ocasión una voz me habló.

–Hace veinte millones de sus años que arribaron las primeras Oleadas, los primeros torbellinos de luces azules. ¿Azules…? Sí, ¿por qué no? Las primeras luces azules se produjeron hace cierto tiempo, algo después de nuestra toma de contacto con este lugar apartado.

Yo no sé si fue la abuela; la abuela hablaba con el pensamiento y la voz que oí me pareció la suya. Esto es difícil de determinar, más en mis circunstancias, pero aquella voz me pareció la suya, aunque la abuela nunca me habló de las estrellas ni de los misterios que encierra el Universo; eso lo he aprendido yo solo hace poco.

–No, hija, a las estrellas no iremos, por lo menos tú y yo. Iremos mejor a alguna playa de una isla desierta. Las estrellas son lugares demasiado complicados para nosotros, los seres humanos del siglo veintiuno. Están demasiado lejos, y una vez allí, cuando llegas, no sabes qué hacer. ¿Cómo te vas a pelear con el principio de exclusión entre neutrones? Las fuerzas son demasiado poderosas y no hay nada de comer.

Claudia me mira alucinada. Seguro que se está preguntando dónde he aprendido eso del principio de exclusión. Pues lo leí en un libro que me trajo el guarro. El libro estaba muy bien, muy claro. Era un poco antiguo, pero me ha dado igual porque tenía muchísimas fotos y dibujos; lo explica todo claramente. Ahora resulta que al guarro, que era tan tímido de pequeño, le ha dado por la física, y yo, desde que leí el libro, empecé a tener visiones cosmológicas…

Cuando me entró el bicho, el bisonte dentro del organismo, y lo digo ahora que ya sé que la luz del mundo se acaba, me dije, adiós mates, adiós pases y asistencias, ¡con lo bueno que era yo en esto de las asistencias…! Lo aprendí de pequeño, cuando jugaba de base, y engañas a todo el mundo. Miras hacia la derecha y lanzas el balón al que tienes a la izquierda. También lo puedes hacer poniéndote de espaldas y soltando el balón hacia atrás y por encima de tu cabeza, así sí que engañas a todo el mundo, nadie se espera semejante pase. Yo engañaba hasta a los de mi equipo, y el balón se iba fuera del campo y lo perdíamos. Cuando se juega hay que estar muy atento, menudas broncas tuvimos por ello… ¿Y qué me dicen del corte Ucla? Esto del corte Ucla es antiguo, muy antiguo, se descubrió el siglo pasado pero se sigue usando. Para hacerlo bien hay que tenerlo muy ensayado, pero para eso están los entrenamientos. Yo no sé cuando podré volver a entrenar. Entre unas cosas y otras lo tengo un poco abandonado, aunque en realidad es lo único que sé hacer, ¿o debería decir, que sabía hacer?

 

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Últimas entradas en mis blogs:

 

El cuento del gnomo vestido de rojo

 

Calatrava en el siglo XII

 

Alubias con langostinos y mejillones

 

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Hace días dije…

Hoy os iba a poner el cuento del gabardinoso y su perseguidor, el capitán del equipo de hockey de veteranos de la Real Sociedad de Tenis, pero por dificultades insalvables con esto de los enlaces, vais a tener que esperar unos días para leerlo. ¡Esto de internet y sus múltiples trampas…! Bueno, todo llegará.

 

… y hoy, una vez superados obstáculos casi inamovibles, digo…

 

Puesto que este es un blog literario, es decir, dedicado a contar cuentos chinos, y puesto que el cuento que quería contaros hoy es bastante largo y ya lo tengo alojado en otro lugar, en vez del cuento os pongo la dirección, a la que no tenéis más que ir para leer el famosísimo

 

cuento del gabardinoso y su perseguidor

 

¡Ay, pobre gabardinoso!, que la vida le llevó por estrafalarios caminos, y pobre también el capitán del equipo de hockey de veteranos de la Real Sociedad de Tenis en su justiciera y dificultosa aventura…, aunque ahora que lo pienso, no sé por qué digo «pobre gabardinoso», ya que al final, y contra lo que pudiera esperarse, todo se resolvió a su entera satisfacción…

 

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A continuación van las últimas entradas de mis blogs, por si queréis seguir curioseando:

 

foto de ballet

el faro del fin del mundo

la picaresca moderna

arroz con patatas y bacalao

ataque a la caravana

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El trozo que va a continuación está en “La efímera vida de Nastasia” -novela que escribí hace algunos años-, y tiene gracia que su éxito radica en la salidera crónica que padecen los navegantes (por la red) de este planeta. Resulta que las palabras “desvirgar” y “padre”, sobre todo si van asociadas, despierta no poca expectación. Bueno, pues que nadie se frote las manos, que lo que se cuenta es una historia de lo más normal, o tan normal como la vida misma. 

 

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A mí no me desvirgó mi padre…

¿Ya dije que a mí no me desvirgó mi padre porque no le dejó mi madre? Bueno, pues si no lo dije antes, lo digo ahora: a mí no me desvirgó mi padre porque no le dejó mi madre, que si no…, porque él lo intentó, bien lo sabe Dios, o lo medio intentó, pero una vez más mi ángel guardián, o sea, mi madre, apareció en el momento oportuno y le chafó la operación. Además, aquello fue con premeditación, porque aunque el día en que sucedió estaba borracho, llevaba tiempo pensándolo, eso lo sé seguro, y con nocturnidad, y de la alevosía no voy a decir nada porque no estoy segura de lo que significa, pero seguramente también; allí concurrió todo.

Era por la noche, como a las diez, y yo estaba a punto de meterme en la ducha cuando se oyó la puerta de la calle, mi padre, evidentemente, porque mi madre solía cerrar de otra forma, y luego unos pasos misteriosos, unos pasos raros… Yo pensé que a lo mejor había entrado alguien y abrí un poco, lo justo para mirar, con tan mala suerte que en aquel momento él pasaba por allí tambaleándose. Mejor dicho, él estaba ante la puerta con una expresión rarísima, una expresión que nunca le había visto. Venía como una cuba, y aunque solía beber bastante, cubatas y todo eso, no era de los que se les nota. Sin embargo, aquella vez fue diferente. Me miró de medio lado, empujó la puerta de un manotazo, la abrió del todo y, balbuceando con una extraña y aguardentosa voz, me dijo, a ver…, qué estás haciendo… Se vino hasta mí con rápidos pasos, me agarró por una muñeca, y yo, pasmada, intenté soltarme, pero con tan mala suerte que lo único que conseguí fue que me retorciera el brazo.

–¡Ayyy…! –chillé–, ¿qué haces…? –pero el no me soltó, todo lo contrario.

De repente me encontré cara a la pared e inmovilizada y sólo tuve un segundo para pensarlo, porque, acto seguido y antes de que pudiera hacer o decir nada, con la mano que le quedaba libre me bajó de un tirón las bragas por detrás, no digo más. Yo me quedé tan sorprendida que pegué un grito. Intenté volverme, o sea, darme media vuelta, pero él no me dejó. Como me tenía agarrada por la muñeca sólo pude darme un cuarto de vuelta y forcejear, y él gritó, ¡estate quieta…!, y con las mismas me dio un azote bastante fuerte en todo el culo.

Yo me quedé helada; vamos, que me quedé paralizada. En la vida me había sucedido algo semejante, y mucho menos con mi padre. De acuerdo en que él era una bestia, y se comportaba conmigo de la forma más grosera posible, pero aquello era distinto. Estaba fuera de sí y había perdido por completo el control, bastaba con verle. No podía ni articular y se tambaleaba, y además me echó una mano al cuello, me agarró con fuerza por el cuello, por detrás, y me hizo daño, tanto que chillé histéricamente, ¡ayyy…!, ¡suéltame…!, pero claro, entre unas cosas y otras resulta que yo estaba pegada a él, y al apoyarse noté en el sitio justo…, ¿se imaginan ustedes lo que noté? Pues sí, eso fue. Entonces creí llegada mi última hora y me dije, las tijeras de las uñas, ¿dónde están las tijeras de las uñas?, porque las tijeras de las uñas eran unas tijeras curvas que conocía desde que nací, unas tijeras pequeñitas y medio oxidadas que siempre estaban en un cestito en una de las baldas, lo que seguramente sucede en muchas casas. También había unas limas y otros adminículos para estos menesteres, todos muy viejos, pero a mi cabeza vinieron las tijeras, las tijeras curvas, las tijeras curvas y como muy a propósito para metérselas a alguien sabe Dios por dónde, por donde pudiera… Sin embargo, era tal mi ofuscamiento que aquella idea, tal como me vino, se fue. Ni me atreví ni me dio tiempo a hacer nada. Yo sólo quería salir de aquella marea ascendente que amenazaba con ahogarme y empecé a dar tirones y a contorsionarme, y como el suelo estaba mojado, me caí, y él encima. Ya no digo que se tirara, no, pero era tal la confusión que se cayó, y claro, como el cuarto de baño era pequeño, se me cayó encima. Sin embargo, yo había conseguido soltarme y me puse a manotear sin saber ni lo que hacía…

La situación era desesperada, calculen ustedes. Yo allí, tirada por el suelo y con el culo al aire, forcejeando, pataleando y chillando como una condenada. ¡La ola gigante me había alcanzado, una de esas olas gigantes y asesinas…! Cuando viene la ola no se puede hacer nada, sólo encaramarte al lugar más alto que tengas a mano, y si tienes suerte la ola pasa por debajo y ni te toca. Si tienes una montaña cerca, lo mejor es subir a ella; lo más seguro es que hasta allí no sea capaz de llegar la ola gigante y asesina… Yo tenía que subir a algún lado, sí, pero en mi ofuscamiento no sabía cómo hacerlo…, y entonces, de repente, se oyeron nuevos ruidos.

Se oyó la puerta de la calle cerrarse y otros ruidos por el pasillo, pasos acelerados que culminaron con la entrada de mi madre en donde estábamos. Entonces los gritos se redoblaron, y aunque yo, desde mi nube, no entendí casi nada de lo que se dijo, dos palabras sí se quedaron por allí flotando como si rebotaran en las paredes. Estas dos palabras eran, hijoputa y niña.

–¡Hijoputa!, ¡niña…!, ¡hijoputa!, ¡niña…! –era como si tuvieran eco.

Luego abrí los ojos y vi la cara de mi padre que, histéricamente y como si le estuvieran haciendo mucho daño, se retiraba de mí, se elevaba, se alejaba…, porque mi madre le había agarrado por los pelos y le estaba levantando a pulso, o a tirones, y que te levanten por los pelos a tirones, más estando borracho y babeando, no debe de ser una situación envidiable. Total, que le debió de hacer tanto daño, o que se le revolvieron las tripas aún más de lo que ya las traía revueltas, que, ¡plas!, soltó una vomitona monumental que me cayó encima entera, un poco en la cara pero casi todo lo demás en el cuello y zonas colindantes, y de allí se escurrió al suelo. Yo solté un berrido como no oyeran los siglos. Cerré los ojos y la marea de antes me cubrió por completo, aquella vez sí que casi me ahogo.

Yo tosí, escupí, rugí…, ¿qué más podría decir…? Los líquidos de mi cuerpo se convulsionaron de tal manera que me pareció que me hinchaba y elevaba… Sin embargo, el que se elevaba era él. Hacia allá arriba se iba su cara descompuesta, su cara irreconocible. Se levantaba más y más y yo pude al fin respirar, pero no sin tan mala fortuna que tragara alguna de aquellas miasmas que sobre mí había arrojado, y que me supieran a rayos, de suerte que, aterrorizada, me incorporé demasiado deprisa y me golpeé con el canto del lavabo, que por allí cerca me aguardaba, quedándome por un momento aturdida y confusa.

Luego se oyeron más golpes, portazos, gritos lejanos, en fin, todo lo que a ustedes se les ocurra, y al cabo de un momento entró mi madre muy apresurada en el baño, en donde yo, balbuceando, moqueando y tosiendo como si me ahogara, intentaba vanamente ponerme del todo en pie, pero ella me ayudó y me dijo,

–Métete a la ducha, venga –y cuando lo conseguí me regó de arriba abajo.

El agua debía de estar fría, pero de eso no me di cuenta. Yo noté el agua que me quitaba la mierda, que se la llevaba hasta el desagüe, y por un momento estuve quieta, aunque balbuciente…

Pocas veces había oído chillar a mi madre, que habitualmente se comportaba de la manera más exquisita, incluso en situaciones que no lo merecían, pero aquella vez lo hizo por todas las anteriores, y es que las circunstancias no eran para menos.

Yo había oído un berrido que no comprendí, vamos, sí, entendí dos palabras, hijoputa y niña, y lo demás lo supongo. Luego asistí a un terremoto del que no salí descalabrada por pura casualidad, y como colofón me encontré sumergida en una considerable inundación de jugos gástricos ajenos, imagínense ustedes, ¡como para no gritar…!, y todo esto sucedió cuando yo acababa de cumplir los trece años, la mejor edad, según muchos hombres, entre ellos mi padre, pero lo que cuento –algo más común de lo que puede parecer a simple vista, según me he enterado después–, tampoco me parece tan raro porque mi padre se cogía unas cogorzas considerables, esta era una de sus facetas más características, y yo, a la edad que dije, tenía un culo como un balón de fútbol, más o menos, sobre todo por lo redondo, aunque seguramente también por las patadas que me había llevado precisamente de él. La naturaleza es sabia y nos defiende, crea capas de grasa acolchada en los lugares adecuados…, y con lo que a mi padre le gustó siempre eso del fútbol…

Esta sería una explicación, aunque ya sé que no entera, pero para resumir diré que si mi madre no llega a casa en el momento oportuno, a mí no me salva ni la caridad; ya me tenía cogida por todas partes, y lo siguiente iba a ser… Yo entonces lo vi venir claramente, llegué a pensarlo, pero yo era pequeña, y cuando se es pequeña todo resulta muy confuso. A lo mejor no se hubiera atrevido, por ejemplo, o no hubiera podido, porque los borrachos casi nunca pueden hacer esas cosas… En fin, cualquiera sabe, y por ello prefiero no decir una sola palabra más; en estos asuntos es mejor ni pensar.

¡Pobre mamá!, con lo que tuvo que lidiar. Mi padre borracho y devolviendo, y, presumiblemente, revolcándose en su propia mierda en la cama, ¡en su cama…!, y yo, histérica y descompuesta en el cuarto de baño, gritando, balbuceando, sin saber lo que hacía ni lo que decía, ¡vaya panorama…!, pero mi madre era una persona única. Ella sola pudo con todo. No sé lo que haría con mi padre, aunque aún fue un par de veces a su cuarto con toallas y jofainas y volvió renegando, pero a mí, cuando me harté de dejar que corriera el agua sobre el cuerpo, me dijo,

–Nastasia, vete a la cama, anda, que ahora voy yo –y despavorida y desnuda salí del baño, recorrí el escaso trozo de pasillo a la carrera, entré en mi cuarto, cerré de un portazo y me senté en la cama a llorar.

Allí fue donde me encontró ella al cabo de un momento, medio lloriqueando, temblando y con un gran susto en el cuerpo, y lo único que, entre hipos y otros estremecimientos, podía decir, era, ¡y me tenía cogida por las muñecas!, ¡y me tenía cogida por las muñecas…!, y mi madre, después de hacerme acostar, estuvo durante mucho rato pasándome un pañuelo mojado por la frente, lo que debe de ser un remedio muy bueno contra los ataques de histeria porque en seguida empecé a encontrarme mejor. Ya no respiraba afanosamente, y pronto me fui quedando relajada y como medio dormida…, aunque lo que sucede es que en una situación como la que describo no te puedes quedar dormida, por lo menos dormida del todo. En cuanto cierras los ojos una nueva convulsión te agita, algo que tienes dentro de la cabeza te asusta y te incorporas como si la casa se cayera, ¡mamá…!, pero mi madre seguía allí, sentada en la cama y mirándome…, aunque al final sí que me quedé dormida, porque ella, viendo cómo estaba, me dio una pastilla que sacó de no sé dónde y me quedé frita en brevísimo, y además se quedó conmigo y me estuvo tocando la cabeza como en los viejos tiempos… Eso es lo último que recuerdo, mi madre me acariciaba la cabeza y…

Aquello se olvidó pronto. Vamos, quiero decir que yo, tras unos días en casa de tía Conchita, adonde me mandó mi madre a la mañana siguiente…

 

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Acopio aquí las últimas entradas en mis blogs, por si a alguien le entra la curiosidad:

 

El ataque de los demonios

Viaje a Marte

Últimos paseos en transatlántico

Foto de ballet

La negra sale del fondo

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

Patatas a lo pobre

A mí no me desvirgó mi padre…

 

 

 

 

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Traigo hoy a colación un fragmento de “Perpétuum móbile“, el cuarto y último de los libros de memorias de Juan Evangelista, que se desarrolla durante el siglo XX. El texto que va más abajo cuenta una de las muchas aventuras que sucedieron al protagonista en el transcurso de la alborotada Segunda República Española, que él vivió en Madrid como delegado de la Cruz Roja. Por aquellos entonces debía de tener el aspecto de una persona de sesenta años, sobre poco más o menos.

 

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Como dije, yo tenía amigos en todas partes (en la Cruz Roja, en los sindicatos, en los bancos ingleses…), y durante aquellos años tuve ocasión de conocer y tratar a personajes variopintos. Por ejemplo, el negro Chevique. El negro Chevique, al que luego ahorcaron en un calabozo de la Modelo (quién, no se supo), era el que con suma añoranza decía, aquí los que tendrían que venir son Satalín y Molotouve, porque él, como sólo leía las revistas de los sindicatos, era un admirador de determinados personajes. El negro Chevique quería hacer las cosas bien, mil veces se lo oí decir acodado en la barra de un bar de la calle del Bronce, pero cómo se van a hacer las cosas bien cuando los que nos rodean tienen aficiones de salvajes y se dedican a voltear sillas por encima de su cabeza cogiéndolas con los dientes por la barra superior del respaldo…, porque aquello era lo que hacía el Matamares, que había venido de un pueblo costero de la Andalucía oriental. El matamares era el que decía,

–Dura e incierta es la vida del marinero…

… para concluir con hondo pesar,

–No hay suerte pa’l hombre honrao.

… y sus amigos sindicalistas atracaban bancos y, en los ratos libres, visitaban domicilios de personas pudientes. No pidas; tómalo, era su consigna.

–Vosotros sois muy valientes con quienes están en casa indefensos, porque la burguesía nunca se atrevió a empuñar las armas, pero ya veremos lo que ocurre el día que os saquen a tiros de algún lado, o cuando nos alcance esa batalla que está a punto de alcanzarnos a todos. No sé cómo no os da vergüenza andar de un lado a otro requisando joyas que luego os metéis en el bolsillo.

El que parecía jefe de aquellos muchachos, pues ninguno llegaba a los treinta, lucía en la gorra un emblema rojo y negro a guisa de galón.

–En realidad no lo hemos requisado, don Juan, no piense usted mal de estos pobres proletarios, que estaba abandonado delante de una casa y ya no era de nadie, ¡fíjese que automóvil tan magnífico! Su dueño ha huido al extranjero cuando se ha enterado de que íbamos a hacerle una visita. Alguien le habrá dado el soplo, porque esto está lleno de infiltrados, pero a nosotros nos ha servido para pasear como esos burgueses que usted dice. Ahora pensábamos ir a un establecimiento, y ya que le hemos encontrado…, ¿quiere acompañarnos?

El Río Club era un cabaret que estaba entre los dos Carabancheles, y aquella noche había actuación. Dejamos el coche en la puerta y ellos entraron en tromba, difícilmente refrenados por los porteros. La actuación había comenzado, y en seguida se alzaron voces reclamando silencio. Mis acompañantes, a los que salía el licor por las orejas, no sin gritos e insultos de muchos de los presentes consiguieron acercarse al escenario e instalarse en una de las primeras filas, detrás de lo que me parecieron unos matrimonios jóvenes, todos muy trajeados. 

Luego se hizo la calma y la actuación prosiguió. Una muchacha cantaba una canción de moda acompañada por una orquestina, y mis conocidos, quizás impacientes ante el aire angelical de la música, comenzaron a gritar y aplaudir junto a las orejas de quienes estaban delante. Luego, no contentos con ello, se levantaron todos a una y, de la forma más discordante y puño en alto, comenzaron a entonar la Internacional. ¡Nunca lo hicieran!

Al principio hubo voces de protesta, sí, mientras ellos contemplaban insolente y chulescamente al personal que les abucheaba –pues no en vano llevaban pistolas en el cinto–, pero luego, de repente, aquellos que me habían parecido unos matrimonios se levantaron como rayos de sus asientos, cogieron las sillas y se las estrellaron a mis amigos en la cabeza, y eso que sólo eran tres. ¡Allí fue Troya!, que se suele decir, y pocas veces he visto una cosa tan rápida. Un instante después yacían los sindicalistas en el suelo, debatiéndose desesperadamente y chorreando sangre por doquier…, que ni oportunidad tuvieron de sacar las pistolas, mucho menos de hacer uso de ellas, y si a mí no me tocaron ello se debió a que, siguiendo el ejemplo del numeroso público, me aparté apresuradamente hacia la puerta una vez comenzada la refriega. La batalla concluyó en brevísimo y se oyeron unas voces, ¡la policía, la policía…!, todo el mundo salió corriendo y entraron unos cuantos guardias de asalto que, mientras intentaban levantarles del suelo, les dijeron, camaradas, ¿qué habéis hecho…?, no sabéis con quién os habéis metido, ¡el clan de la Veci!, gitanos de Andalucía, suerte habéis tenido de quedar vivos, a veces trabajan para los fascistas, ¿qué van a decir en la Dirección…?, ¿cómo se os ha ocurrido hacer una cosa así?, a ver, ¿quién es el que manda aquí?, y uno de ellos, que parecía ser el que llevaba la voz cantante, señaló en mi dirección.

–Bueno, pues venga –dijo el guardia–, todos al cuartelillo que vamos a poner esto en claro –y allá fui con los damnificados, que a duras penas podían caminar.

Llegamos y nos encerraron en un calabozo, y al cabo aparecieron unos guardias que dijeron,

–Desnudaros todos, que vienen los fumigadores… La ropa ahí, en un montón.

… y aunque la medida no me pareció inadecuada, porque aquellos mozos no probaban el agua ni en las comidas, dábase la circunstancia de que yo portaba entre las ropas un diamante enorme –una de las joyas de la marquesa–, que desde antiguo y en ocasiones solía llevar encima convenientemente escondido por si se presentara alguna contingencia inesperada.

–¿Qué hacer? –me dije, pero al instante lo supe.

Con el mayor de los disimulos la extraje de su escondite… y me la tragué. Luego pensé, aquí me las den todas, y observé que en el montón que se iba formando habían caído varias pistolas, que fueron de inmediato requisadas por los guardias.

–¡Todos contra la pared! –se oyó, y al instante fuimos rociados abudantemente con alguno de aquellos elixires que se utilizaban para matar los ácaros…

De aquel lance salimos bien –yo con el diamante dentro– porque al fin, tras muchas firmas, papeleos y gritos con el puño en alto, nos echaron de la comisaría. Sólo éramos una pandilla de borrachos que habían cogido por la noche, y eso, ¿a quién podía interesarle, dado lo que estaba sucediendo en las calles…?, y mientras montábamos de nuevo en el coche que nos había traído, lo pensé.

–¡La única vez que me han obligado a desnudarme, y ha tenido que suceder en la afamada Segunda República Española…!

… aunque el diamante lo recuperé durante el transcurso de la mañana, claro es.

Al día siguiente, en un periódico, con gruesos caracteres decía, ¡Carnaval en Río!, y continuaba, unos matrimonios han puesto fuera de combate a varios miembros de un sindicato; una de las señoras estaba embarazada, pero parece que no hay riesgo de aborto; los heridos fueron conducidos al hospital, en donde se les practicó una cura de urgencia… (etc.).

 

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A este respecto, y en lo que se refiere a estos libros, pueden verse los siguientes enlaces:

 

Edad de las tinieblas

Siglo de las luces

Tetralogía de Juan Evangelista

 

 

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“La aventura de las luces azules” es la continuación (y final) de “Europa barroca” , novelas en las que se describen aventuras sin fin en escenarios de todas las clases, desde la tierra firme y sus humeantes ciudades al más profundo de los océanos. Como dice la negra (la protagonista) al final del libro,

“… pero ahora ya acabo porque sé que lo que ustedes querían era que les narrara lo que sucedió con esta historia, cómo acabó esta historia, misión cumplida, y esto lo digo excusándome por haberme ido tantas veces por las ramas. Todo ello se lo dicté a la máquina, y espero que no haya puesto muchas faltas de ortografía, aunque si las ha puesto, ¿qué importa?, se entenderá lo mismo porque este fue un grandioso drama per música profusamente orquestado, una historia complicada y sinuosa sobre criaturas que heredaron diversas clases de sabidurías, un tipo confuso y contradictorio aunque cabal habitante de su tiempo, un cachalote del océano Atlántico, un dentista que vivía en un cometa y yo misma, una negra como cualquier otra. También aparecían las familias y los novios y novias de todos, y las pasiones incontroladas; aparecían hasta los extraterrestres, y dicho así parece de risa…”.

(Espero que la parrafada anterior sea una buena descripción de lo que más arriba dije).

A esta chica, que ha pasado quince años en el fondo del mar, la sacan de su cárcel los extraterrestres, puesto que los humanos son incapaces de ello, pero –no nos confundamos– unos extraterrestres muy particulares, puesto que nunca se les ve. Hacen un par de milagros y para de contar, y quien se tiene que enterar, se entera; los demás no se dan cuenta de nada, como de costumbre. Pues el caso es que cuando tal sucede, mientras acontece este episodio del rescate, aparte de otras muchas cosas se dice lo siguiente:

 

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Mi pánico era tal que me caía y me levantaba sin saber por qué ni cómo. Durante un buen rato algo o alguien pareció perseguirme y asaetearme con sus flechas luminosas, pero luego los chispazos se ordenaron siguiendo patrones en movimiento continuo y se concentraron en puntos que giraban y giraban alrededor del centro del Universo; todo esto sucedía en medio de la habitación. Al final sólo era un punto, y todo giraba alrededor de él. ¡Aquel sí que era el Centro del Universo, y todas las luces confluían en el lugar que ocupaba! ¿Era uno de los legendarios agujeros de gusano de que hablaban los físicos…?

Yo estaba en el fondo del mar, tan tranquila, y ahora, de repente y merced a fuerzas que nada tenían que ver con los terremotos, aunque puede que sí con el fin del mundo, ¿alguien me llevaba hacia uno de los más insondables misterios de la materia…? No, yo no creía tal, sino que la explicación debía de ser mucho más sencilla, pese a que el tobogán de fosforescencias se extendiera hasta el infinito…, porque eso fue todo lo que pude ver durante un instante, aunque luego también se borró y el fragor de las sierras mecánicas decreció simulando irse hacia el horizonte de sucesos y esconderse tras él. Las tinieblas, el silencio y la desaceleración más cruda y repentina parecieron adueñarse del lugar en que me encontraba, y tan sólo aquel punto brillante …

Esto era lo que yo pensaba, allí, flotando, al fin sentada en el suelo, con las manos apoyadas atrás y mirando confiada y atentamente al centro de la habitación, un lugar en lo alto, el Centro del Universo…

–Ven ahora, Salvador de los Gentiles… ¡Cristianos, grabad este día! –me dije por último y con admiración, porque esta fue otra de las muchas ocurrencias que tuve en momentos tan críticos.

Aún hubo un rato de oscuridad total en el que el estruendo que me había acompañado desapareció por completo y mi cerebro pudo volver a estabilizar sus funciones, y luego, en medio del repentino silencio, un extraño resplandor grisáceo comenzó a extenderse por las inmediaciones y el agua negra que había más allá del cristal se tiñó de azul oscuro. Era difícil verlo porque la nueva luz era muy tenue, pero como aumentaba y aumentaba, al cabo de un momento no me quedó duda: mi camino me llevaba directamente a los dominios de Pedro Botero, la más cercana a mis latitudes orilla de la laguna Estigia. ¿Aparecería de un momento a otro Caronte con su barca y su pértiga de gondolero más allá de la ventana, o aparecería algo peor…?, pero quien apareció no fue Belcebú con su tridente, su rabo y sus patas de cabra, sus cuernos y su mirada de psicópata. Las que repentinamente aparecieron fueron las plantas, los bulbos, los racimos oscuros y marrones, el mundo vegetal, las algas rojas. Aparecían como antes los peces, pero muy despacio y reposadamente. Trozos de algas teñidas de rojo se asomaban por la pared de agua y permanecían allí colgando durante un instante. Los racimos entraban y salían y yo las miraba sin entender qué era aquello ni qué estaba sucediendo, aunque de repente me dije,

–¡Las algas…! Sólo hay algas por encima de quinientos metros y hace un momento estaba tres kilómetros por debajo de la superficie. Sí, ya sé que vamos hacia arriba, lo noto en todas las articulaciones. Vamos hacia arriba, pero ¿tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha transcurrido…? Da igual, esto son algas y no hay algas en el fondo del mar. Las primeras deben ser rojas, oscuras, y éstas lo son… –y entonces, como si la revelación llegara descendida de lo alto, lo entendí .

El resplandor que creí anuncio del Infierno no era tal, sino la escasa luz del sol que podía penetrar hasta aquellas profundidades. Lo había olvidado, pero todo acudió impensadamente a mi cabeza.

–Si esto fuera así, negra, si esto es así –me dije–, y parece que lo es, ¿qué va a suceder ahora…? La luz será amarilla dentro de un momento… No, antes será verdosa, y mira, ya lo es, ya tiende a clarear, y dentro de muy poco tendrá un tinte anaranjado… ¡Levántate, no te quedes ahí tirada! No sabes el cómo ni el porqué, pero La Luz se está haciendo –y como la velocidad decrecía y casi me sentía flotar, me puse en pie sin dificultad y me preparé, temblorosa y expectante, para asistir al último acto del retablo de las maravillas.

Luego ya no sucedió nada más. Sólo que, de repente, tras todos aquellos cambios de color, la luz aumentó tanto que la boca se me abrió involuntaria y me tuve que tapar los ojos con las manos, y de la única manera que pude, es decir, entre mis dedos y por el cenagoso cristal, a través del turbulento observatorio, mi gran ventana al mundo exterior, observé cómo lenta y tenuemente la gran masa de agua verde y luminosa volvía a salpicar el cristal y a chapotear en las paredes, y aquella línea blanca, fina y burbujeante, la por tanto tiempo esperada línea de la superficie, el lugar en donde el agua y la atmósfera se abrazan, pausadamente comenzaba a atravesarla, y aparecía entre nieblas y manchones de turbios y adheridos materiales cenagosos el inconfundible azul, el antiguo color azul, el casi olvidado azul del cielo terrestre.

 

 

EL MÓDULO TRES SURGE DE LAS AGUAS

Los altavoces de la plataforma voceaban como nunca lo habían hecho. ¡Ahí va!, ¡ahí va nuestra prisionera marina de tantos años!, ¡elevemos los ojos a lo alto!, ¡aleluya!, ¡¡aleluya…!! El pánico colectivo en la superficie se desató de tal modo que todos aquellos seres ateológicos, los científicos, todos aquellos seres que decían creer sólo en lo que medían, rendidos ante la evidencia cayeron de rodillas en sus respectivos lugares y unos se pusieron a temblar, otros comenzaron a reír y la mayoría empezó a rezar a toda velocidad. Esto me lo contaron luego algunos, una vez que hubo transcurrido cierto tiempo.

–Yo, cuando vi todo aquello, cuando vi al módulo tres salir del agua lentamente y elevarse por los aires, abrí la boca, me caí al suelo sentado y me eché las manos a la cabeza sin poder apartar la mirada. ¡Adiós, Newton!, me dije, ¡adiós, Einstein!, ¡adiós todo! ¿Qué es esto…? Yo buscaba y rebuscaba porque por algún lado tenía que haber algo, por algún lugar tenía que haber una grúa o por algún lugar tenía que haber un avión, pero es que allí no había nada, no había nada, y si lo hubiera habido yo habría estado enterado. Yo nunca he creído en milagros, esas cosas siempre me han hecho mucha gracia, pero es que aquello…, y después empecé a reírme, al principio flojo pero a cada momento más fuerte, más alto, y me quedé allí sentado, en el suelo, con las manos pegadas a la cabeza, durante diez minutos, sin pestañear, sin poder dejar de reírme, sin poder apartar la mirada de aquel objeto que nos sobrevoló y luego se alejó hacia occidente mientras el griterío generalizado, y la mayor parte de la gente gritaba de pánico, aumentaba y aumentaba…

… sí, mientras los turistas que habían ido en el mega tour, desde sus barcos de colores, atónitos ante un espectáculo por el que no habían pagado, veían surgir de las aguas en aquella primera mañana del nuevo verano, y elevarse sobre ellas, a mi autobús, mi módulo tres, al que colgaban excrecencias marinas por todos los costados, casi oculto por los sargazos y las caracolas, escamas fósiles y restos de minerales, chorreante cieno de los fondos marinos, dientes de todos los peces que a mi lado murieron… ¡Qué espectáculo no les daríamos…! ¡Se debieron de hartar de hacernos fotos!

 

(continuará, pero de momento puede echar una ojeada a esto ).

 

En pleno siglo XVIII, o para ser más exactos, hacia el año de 1780, cuando Juan Evangelista vivía a cuerpo de rey con su mujer e hijos en el Perú colonial de los españoles, pretextando determinados negocios hizo un viaje con su amada Inés, su cuñada, que era una chica guapísima que vivía con ellos y tocaba el violín –habiendo sido instruida en Europa– como los mismísimos ángeles.

Sí, se fue de viaje con Inés, una de esas situaciones que de continuo deseamos que sucedan y suceden siempre sin avisar, y durante él llegaron a las lejanas tierras del más norteño Chile, en cuyas costas había algunas fortalezas de los ingleses, que hartos negocios mantenían por aquellos pagos.

Inés y Juan Evangelista vivieron allí su primera luna de miel, y, amén de sumergirse en las olas del mar (desnudos, por supuesto), algo que él nunca había hecho, tuvieron una serie de encuentros del todo desusados, algunos de los cuales se reseñan en el libro al que nos referimos («Siglo de las luces», el segundo de la serie).

Una de estas anécdotas, que vivieron en la Bahía Negra, es la que se narra a continuación.

 

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Pero no se redujo a los baños en las olas del mar nuestra actividad en aquel lugar que de tan excelente manera acogió la improvisada luna de miel, pues una de aquellas noches –noche de luna–, tras el suculento lunch con que nos había recibido la patrona, inglesa de origen pero dicharachera y sonriente con sus huéspedes como española, tuvo Inés la ocurrencia de salir a tañer su violín en la más alta cúspide de la muralla. La noche era clara y cálida, y desde nuestra encumbrada posición, allá abajo, cerca del agua y junto a los muelles pudimos observar el resplandor de unas luces mortecinas, de forma que hacia ellas, tan lenta y enamoradamente como cabría esperar, dirigimos nuestros musicales pasos. Entre bienolientes redes y algas y embarcaciones quebrantadas llegamos a aquellas arcadas de madera y piedra que ocultaban la fuente de luz. A través de vidrios mugrientos escrutamos el interior, ruinoso recinto en donde algunos personajes de otros tiempos, viejos y tullidos y rodeados de cubas polvorientas, jugaban a las cartas con gritos apagados, juramentos y carcajadas. A su lado, sobre las mesas, las botellas y vasos iluminados por velones delataban el borrascoso rumbo de la partida, y nosotros, tras un instante de vacilación y con la sonrisa en la cara, empujamos la chirriante puerta y accedimos al lugar. Su sorpresa fue grande, claro es, y el silencio que la visión de Inés con sus mejores galas produjo, profundo. Uno de los contendientes, haraposo, atónito y renqueante, se levantó apresuradamente de su taburete, se colocó tras lo que hacía las veces de mostrador y nos contempló en silencio.

–Buenas noches, señores –cantó la voz de Inés dirigiéndose a la parroquia, y tras una risueña pausa, exclamó–. ¿Serían ustedes tan amables de servir de beber a estos nocturnos caminantes…? –y una carcajada opaca que provenía del rincón más oscuro se dejó sentir.

–¡Pardiez con las señoritas…! –dijo una voz en el idioma castellano–. ¿Qué lleva vuesa merced ahí, tan agarrado?

… ante lo que Inés enarboló el violín, lo mostró a la paralizada concurrencia, se lo colocó en el hombro y, como si de un juego se tratase, comenzó a desgranar una de las antiguas melodías de amor que, a petición de nuestras protectoras, las viejas y negras criadas que en casa teníamos, solía entonar.

El silencio con que tal derroche fue acogido resultó significativo, y cuando tras modular los breves y complicados compases y trinos con que nos obsequió, concluyó con un prolongadísimo diminuendo, los unánimes vítores y aclamaciones de los escasos personajes atronaron la empolvada bodega, tal fue la sorpresa que aquellos sonidos causaron.

El establecimiento en que tan intempestivamente nos habíamos introducido constituía la única taberna portuaria que el puerto albergaba, vieja hasta el extremo y sucia y empolvada por el hacer de siglos, pues las telarañas y la capa de mugre lo cubrían todo. Velones de sebo iluminaban la estancia, plena de vigas carcomidas y toneles desfondados, y al fondo, en aquella, la más impenetrable de las oscuridades, ¿qué ocultos alijos no guardarían…?

–¿Aprobarían vuestras mercedes saborear el madeira? –sugirió el tabernero, a quien le debimos de parecer personas de importancia, y con estas palabras comenzó tan elevada audiencia, que había en verdad de prolongarse hasta que las luces del alba comenzaron a iluminar las murallas y caserío de la Bahía Negra.

Bajo las fantasmales y palpitantes luces dimos cuenta del madeira, por supuesto, extraordinario vino en el que todos nos acompañaron, y luego del apreciado ron y otros licores que llegaban desde el mar de los caribes y el tabernero se encargaba de escanciar, y durante las abundantes libaciones, que se vieron entretenidas por frecuentes tientos a unos apocalípticos puches de los que no pude desentrañar su esencia, fue Inés la que se encargó de embellecer el entorno, y no sólo con su presencia sino también con su música y risas, que reverberaron allí dentro con una cadencia como pocas veces oí. Fueron copiosos los comentarios de los presentes, y no menores los parabienes y elogios que tan distinguido público dedicó a la violinista, y al fin, con la amanecida, nos despedimos no sin pesar de quienes de tan atinada manera nos habían hecho compañía en aquella noche sin igual, y encaminamos, por las empinadas y desiertas callejas, nuestros divertidos y sinuosos pasos hacia el lugar que nos cobijaba.

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