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Concierto marítimo

Lo que sigue pertenece a “La aventura de las luces azules”, continuación de “Europa barroca” y novela en la que, entre otras movidas dignas de mención, se habla acerca de la amistad que hicieron Eduguá (un tipo como cualquier otro) y un cachalote telépata del océano Atlántico. Una de estas descripciones es la que va a continuación, y está hacia la mitad del libro.

 

Concierto marítimo

Cuando, aquella vez, llegamos Javi y yo al lugar de la cita, un lugar cercano a la costa en un mediodía radiante del mes de mayo, Eudoxio ya estaba allí; fue la primera vez en que llegó antes que nosotros. Estaba con dos congéneres, dos cachalotes tan grandes como él y de los que, por la mañana y con la voz de la abuela, me había dicho,

–No te preocupes, son amigos míos, los conozco desde hace muchos años. Uno de ellos es Crispincín. No es hijo mío, pero le eduqué yo en la manada que fundé. Ahora él tiene la suya propia, aunque al Ártico solemos subir juntos. El otro es el patriarca del grupo más grande que jamás conocí, ¡una manada de más de doscientas hembras!, aunque para manejarla tiene ayudantes, claro es. Él no emite luces azules pero está muy interesado en nuestra relación. Se lo conté, y me pidió que alguna vez le llevara a uno de nuestros encuentros. No te importará, ¿verdad?

Yo contesté,

–No, en absoluto. ¿Son también músicos tus amigos?

–Bueno, en los viajes solemos cantar juntos, pero no se puede decir que conozcan la música de los humanos. Se lo he explicado, y me ha dicho que tomará buena nota de lo que suceda.

Luego yo me acordé de algo.

–¿Has vuelto a tener noticias de los que nos miran desde la estrella?

–No, ya sabes que ellos no se molestan por nosotros. Cuando se manifiestan, lo hacen de manera inequívoca. ¿Por qué me preguntas eso?

–No, en realidad por nada. Yo aproveché aquella ocasión para pedirles un favor y no sé qué habrá sucedido. Fue mi madre quien apareció en su nombre, pero de momento no han dado señales de vida.

–Bueno, hay que tener paciencia, el olvido no entra en sus planes. Si deciden complacerte, te darás perfecta cuenta.

Cuando llegamos al lugar convenido, los tres cachalotes nos hicieron un recibimiento propio de su especie, la denominada Physeter macrocephalus, expresión latina que significa “soplador cabezón”. Nos recibieron con un gran concierto de bocinazos, mugidos y resoplidos en todas las frecuencias, y luego nos rodearon y mostraron bien a las claras su alegría, y para que no quedara duda ejecutaron una serie de danzas y saltos, a los que mejor habría que calificar de panzazos, que dejaron al barco y a nosotros chorreando. Javi levantó las manos y gritó, ¡eeeeehhh, quietos, nos rendimos!, y aunque no entienden el español lo comprendieron perfectamente. Bucearon un poco y se colocaron simétricamente, mirándonos con atención y ronroneando como gigantescos gatos. Javi y yo nos bañamos en el mar, un baño siempre viene bien para relajar el cuerpo y despejar la cabeza, y luego empezamos a pensar en comer algo, porque lo que nos había llevado hasta allí, la música, no comenzaba hasta el atardecer. No sé cuál es el motivo de que a los cachalotes les gusten los cánticos vespertinos, pero es así.

Entonces Eudoxio levantó la cabeza, soltó uno de su horripilantes gritos y se sumergió, desapareció bajo las aguas y sus amigos no tardaron en seguirle, desaparecieron los tres. Javi, sorprendido, dijo,

–¿Tú crees que se han ido? –y yo contesté,

–No, en todo caso habrán bajado a comer. Cuando se van, siempre avisan antes. Podíamos aprovechar también nosotros. ¿Qué tenemos por ahí?

–Todavía queda guiso de la marmita de Petra.

–Bueno, pues vete calentándolo.

Yo estaba mirando la superficie del mar cuando uno de ellos apareció de improviso. Apareció lejos, a media distancia, y se quedó allí, observándonos. Yo le hice señas con la mano y luego apareció el otro, que se puso a su lado. Me miraban como si estuvieran muy interesados en algo, yo me preguntaba en qué, y miré a mi espalda…, y en ello estaba, cuando de repente oí un ruido conocido. ¡Eudoxio, y sus inconfundibles trompetazos, emergía junto a nosotros!

Aquello fue como un huracán, y en un primer momento creí que nos hundía. La cabeza del cachalote apareció sobre las aguas tumultuosamente, muy cerca, y de ella salió una ola, o eso me pareció. Salió muchísima agua que me cayó encima, me empapó y llenó el barco, escurrió y volvió a caer por los imbornales a su lugar de procedencia mientras miles de objetos culebreaban en todo lo que me era dado ver, todo se había llenado de pequeños objetos blancos que se movían e intentaban huir desesperadamente. Javi subió las encharcadas escaleras corriendo, ¿qué ha pasado?, ¿qué es esto…?, y yo solté la carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes…? Eudoxio nos había llenado el barco de calamares.

Efectivamente, lo que había en la bañera eran unos cefalópodos pequeñitos, maravillosos, de los que yo no había vuelto a ver desde que era pequeño, cefalópodos de verdad, sin ningún cruce genético de tipo industrial, sin conservantes ni colorantes ni atomizantes ni nada de eso, y vivos, a juzgar por el follón que había en la bañera. La gran mayoría había caído al mar, porque el escupitajo de Eudoxio había sido monumental, pero los que habían quedado en el fondo, que Javi y yo, tan estupefactos como es de imaginar nos apresuramos a recoger, estaban vivos; debían de ser abisales y frescos, vamos, recién pescados. Eudoxio, que debía de subir directamente desde abajo, desde varios centenares de metros, a lo mejor más, había cogido un puñado, para él un bocadín, para nosotros un banco entero, y sin más nos los había escupido encima.

–Los humanos prefieren los maganos porque tienen la dentadura sensible, esto ya se apuntó, y ahora vais a saber vosotros, humanos de vuestro tercer milenio, lo que es el pescado fresco; de esto ya no se acuerda casi nadie. ¡Ahí va…!

Acto seguido nos metimos en la cocina con aquel tesoro, y con lo que teníamos almacenado hicimos un guiso de los que poca gente ha conocido. Lo he dicho mil veces, ya nadie se entera de nada, y de aquello tampoco porque Javi y yo, en cuanto la preparación estuvo a punto, media hora después, nos apresuramos a comérnosla, y eso que nos salió una enorme sartén que incluso rebañamos con pan duro. ¡Maganos con toda la tinta!, pimiento verde, aceite de alguna aldea de Zamora, ajos de la ristra, un montón de tomates que previsoramente llevábamos, una gran cebolla roja…, aquello fue todo, y para cocerlos añadimos agua del mar, así que, ¿qué más querrían oír ustedes…? Pues aún diré que guardamos con todo cuidado los sobrantes para ocasión posterior, y que mientras estuvimos merendando aquella maravilla Eudoxio y sus amigos desaparecieron, debieron de irse a merendar ellos también, se sumergieron y estuvieron un rato por allí abajo, y luego, cuando hubimos acabado, con el buen cuerpo que te dejan estos alimentos, volvieron a subir y se dedicaron a dar vueltas alrededor de nosotros muy despacio, como esperando algo, y entonces Javi cogió la gaita y yo la trompeta, y mientras se desarrollaba el crepúsculo, mientras el Sol se ponía allá lejos con sus acostumbradas luces, primero naranjas y luego más rojas, y al fin, cuando desapareció del todo, ante un público formado por dos catodontes adultos y expectantes dimos un concierto como nunca antes oyeron las olas del mar ni ninguna de las ninfas del océano, un concierto marítimo y crepuscular, un concierto en trío para trompeta, gaita y continuo. El continuo lo hacía Eudoxio, que a veces parecía un órgano de tubos y a veces un violonchelo cósmico, ¿o era una viola de gamba cósmica…?, no sé, e incluso a veces el instrumento del continuo por excelencia, el clavicémbalo. A partir de ahora te voy a llamar Juan Sebastián. Para algo tenían que servir las conversaciones de puerta chirriante, y modulas con suficiencia, parece que te ha enseñado alguien. Claro, que después de tanto tiempo ensayando juntos, algo habrás aprendido…

Esta idea se la brindo a futuros músicos, o a músicos del futuro. Yo creo que se puede desarrollar mucho.

 

 

En Las Estaciones , novela ambientada en la época actual y en la que se narran los sucesos que durante un año se dieron en casa de una gente que, al parecer, tiene bastante dinero, hablan varios personajes, como la institutriz, el encargado de la seguridad y el niño, que es en realidad el protagonista de la historia y el que tiene en su haber la mayor parte de los comentarios; como este que sigue, lo van a ver (o mejor, a leer) ustedes.

A Patricia, a la mulata Patricia, le olía el culo a jaramugo, que era un rosal que había en la parte de atrás, al lado de la puerta de la cocina, y tenía flores todo el año, se lo oí decir al tío Mary una vez que se lo dijo a mamá y no me veían, no sabían que estaba allí, y entonces ella le dijo, ¡qué cosas dices!, ¿y así quieres tú ligar?, pues como te oiga, ya sabes lo que te va a contestar…, y el tío Mary se fue riendo por el pasillo y canturreando por lo bajo, que no sé qué cantaba, pero debía de ser algo muy divertido porque iba dando saltos y golpes en las paredes.

A la mulata Patricia, o sea, a mi mulata Patricia, ¿le olía el culo a jaramugo, como decía el tío Mary? Pues cualquiera sabe, pero seguro que le olía muy bien porque Patricia siempre olía muy bien. A mí, al principio, algunas veces, cuando volvía del colegio me decía, Pipo, ven aquí, y cuando estaba a su lado me cogía por el hombro y me decía, niño, tú, ¿qué champú usas?, y yo contestaba, pues el del baño, ya, ¿pero cuánto hace que no lo usas?, y yo la primera vez dije la verdad, pues no sé…, ¡tres días…!, y ella se me quedó mirando, ¿tres días…?, ¡Pipo, eres un poco cochino!, ¿no?, haz el favor de ir al baño y ducharte de arriba abajo, y yo obedecí, fui e hice como que me duchaba. Bueno, sí, me duché un poco, pero poco, ni me lavé la cabeza ni nada, sólo me la mojé, y cuando volví me dijo, ¿ves tú?, ¿no estás mejor ahora…?, oye, si no te duchas, ¿a ti no te pica la piel?, y yo la miré extrañado, ¿a mí?, no, a mí no me pica nada, ¿a ti te pica?, y Patricia puso cara de paciencia y ya no quiso seguir hablando de aquello, no, a mí tampoco, venga, vamos a ver que te han enseñado hoy, y luego, a los pocos días, volvió a pasar lo mismo. Estaba en la mesa con todos los libros y ella entró y dijo, ¡Pipo!, ¿tampoco te has duchado?, y yo la miré, es que…, ¿es que qué?, pues que se me ha olvidado…, bueno, pues venga, levanta y a la ducha, y yo fui y volví a repetir la operación, me mojé el pelo y los brazos, me puse el pijama y fui al cuarto de Azucena en donde estaban las dos hablando de cuestiones intrincadas, yo creía que era algo del colegio pero qué va, estaban hablando de los chicos de la clase de Azucena, porque ella decía, sí, pelirrojos hay alguno, pero son los que menos me gustan…, y al verme se calló. Entonces dije, ¡ya!, y Patricia me miró y dijo, muy bien, venga, vamos a ver qué tienes que hacer, y nos fuimos a mi cuarto y ella no dijo nada, y de esta forma la estuve engañando unos días, pero resulta que uno, un día, me lo volvió a decir, Pipo, ¿no te he dicho que hay que ducharse al volver del cole?, y yo fui, me mojé el pelo y los brazos y por el cuello y volví, aunque tardé un poco, claro, para que no se diera cuenta, pero volví y me dijo, ven, y fue y me olió como por el cuello y entonces dijo, mira, Pipo, los niños oléis muy bien, no te digo que no, pero tú no te has duchado, ¡ay, que sí…!, que no, Pipo, y ahora mismo te vas a duchar de verdad, y delante de mí para que no me engañes, y yo me quedé sin habla. ¿Delante de ti…? Ni hablar. ¿Cómo que ni hablar? Venga, andando delante de mí hacia el baño, y llegamos, yo bastante asustado, porque cualquiera se imagina lo que puede suceder en un caso así, y ella dio al grifo del agua caliente, lo puso todo bien y dijo, venga, adentro, y yo me eché hacia atrás. Pero ¿vestido…? No, de vestido nada; desnudo. Pues entonces tú vete. ¿Yo…? Sí, para que me engañes como todos estos días…, venga, quítate la ropa, cosa que ya me resultaba bastante comprometida, ¡sí, venga, delante tuyo…!, delante tuyo, no; delante de ti…, ¿verdad?, pero no te preocupes que no te voy a mirar nada, me tapo los ojos y arreglado, y se los tapó, y se los tapó de verdad, o por lo menos eso parecía porque además se volvió de espaldas, oye, pero tú no mires, ¿eh?, ¡Pipo…!, bueno, espera, que ya voy, y me quité la ropa a toda velocidad y me metí detrás de la mampara, ¿ya?, sí…, ¡yaaa…!, y allí estuvo todo el rato y yo dando novedades, ahora me lavo el pelo, ¡aaahhh…!, vale, y ahora por debajo de los brazos, bueno, y los pies…, muy bien, niño, muy bien, pero acaba, que para ducharse no hay que tardar una eternidad. Luego cerré el grifo y me dijo, toma esta toalla, y yo me la puse y salí, y ella, que estaba sentada en la banqueta, me dijo, ven aquí, y cuando estuve a su lado me cogió por un brazo, me olió otra vez y se rió. ¿Ves tú?, esto es lo que yo quería; hala, vístete y ponte ropa limpia, y se fue.

A Patricia, según decía mi tío Mary, el culo le olía a jaramugo, y yo creo que era verdad, o por lo menos las manos le olían a zarzarrosa, y como el tío Mary decía que a Patricia le olía el culo a jaramugo, que no sé por qué lo diría, a lo mejor es que se lo imaginaba, un día, sin que me viera nadie, por la mañana, que era cuando no había nadie por allí, fui hasta el tendal que había detrás, en el jardín, pegado a la tapia para que no lo vieran las visitas, aunque las visitas nunca iban por allí, y estuve buscando alguna de sus bragas, pero yo creo que no encontré ninguna porque todas las que había aquel día eran como grandes, como de señora mayor, y yo me imaginaba que ella las llevaría como Azucena, que llevaba de esas que son como tiras por detrás, pero allí no había nada de eso, sólo había de las grandes y pensé, bueno, ya lo miraré otro día, porque oler aquellas no me apetecía mucho, y resulta que cuando estaba allí mirándolas, que había una fila de ellas, oí algo detrás, me di la vuelta y me encontré a Sean.

–Hola, Sean.

–¿Qué tal? ¿Vas a montar en bici?

–¿En bici…?

–Ah, no sé… ¡Como ya nunca vienes por aquí!

–No, es que estaba buscando una cosa…

–¿Qué cosa? A lo mejor yo sé dónde está.

Yo lo pensé.

–¡Qué va…! Lo que estaba buscando no lo encuentro… –y me hice el despistado y me puse a mirar a los árboles.

–Oye, ¿y por aquí no hay cigüeñas?

–¿Cigüeñas…? Sí, claro que hay, pero en este jardín no. Para eso hay que ir a un pueblo. Además, ahora estamos en invierno.

–¿A un pueblo?

–Claro. Están en las torres de las iglesias, pero sólo en verano, y a veces en primavera.

–¡Ah, es verdad…! ¡Si ya las he visto…! –y me fui, porque a lo mejor Sean se imaginaba algo–. Bueno, que me tengo que volver a casa.

–Vale.

… y entonces, como no encontré lo que buscaba, se me ocurrió que lo que tenía que hacer era ir a su cuarto cuando ella no estuviera y mirar en los cajones, porque seguro que allí habría. Lo que sucedía era que entrar en su cuarto cuando ella no estuviera era difícil, porque si no estaba con nosotros solía estar en su cuarto, aunque a veces estaba con mi madre, pero solía estar poco…, o no, mejor a la hora de la comida, porque como ella comía con nosotros, que siempre estaba de palique con papá, sólo tenía que levantarme y decir, “perdón”, hacer como que iba al baño, ir hasta su cuarto y mirar en los cajones, pero tenía que hacerlo a toda velocidad porque si me cogía seguro que se iba a enfadar…, bueno, no sé, y un día lo hice. Me levanté, dije, “perdón”, que me salió fatal y todos me miraron, pasé por delante del baño y entré en su cuarto, que olía a las flores que solía poner mamá, abrí el armario y había cajones como los míos, así que abrí uno y luego otro y allí estaba su ropa, toda en fila, que las había de todos los colores, azules, rojas, blancas…, bueno, y cogí unas, y cuidando de que no se desdoblaran me las llevé a las narices, pero aquello no olía a nada, a lo único que olía era a jabón, estaba todo limpísimo y ordenado, y entonces, al lado, vi una cosa como de gasa, la cogí y resultó que era un sujetador fantástico, rosa con pintitas blancas, y cuando me quise dar cuenta resultó que lo había desdoblado entero porque si no, no se ve bien, y me dije, ¡jo, lo va a notar seguro!, ¿cómo estaba doblado?, pero me resultó imposible dejarlo como estaba, aunque lo intenté, y cuando acabé me tuve que volver al comedor porque ya debía de llevar mucho rato, así que cerré todo con cuidado, volví a la mesa, me senté y seguí comiendo, y luego ya no pude dejar de mirarla en toda la comida porque la tenía enfrente, y ella se dio cuenta.

–Pipo, ¿qué te pasa?

–Nada. ¿Por qué…?

Aquí hubo una pausa.

–Estás temblando.

–¡Ah, ya…! Es que tengo frío.

–¿Frío…? ¡Si aquí hace calor!

–Sí, no sé. Es que me ha dado como un mareo…

–¿Un mareo…? ¿Estás malo?

–No, no sé…

… y al acabar mamá se empeñó en que me pusiera el termómetro, pero como no tenía fiebre me tuve que ir al colegio como todos los días, aunque aquella tarde no pude pensar en otra cosa que no fuera el sujetador rosa con pintitas blancas, incluso cuando el profesor nos preguntaba, que menos mal que a mí no me preguntó nada, porque yo no veía más que aquello de gasa rosa que ondeaba al viento como si fuera una bandera en un palo…

 

La efímera vida de Nastasia“, novela en dos actos (la segunda se llama “Crucita y yo” y ya hemos hablado de ella anteriormente), cuenta la vida de una niña (al principio niña, pero luego mayor), que desde su pueblo natal (la renombrada Ínsula Barataria) emigró al Madrid del pasado siglo. Allí (esta es sólo una de sus múltiples aventuras) asistió a una de aquellas tumultuarias manifestaciones que se produjeron tras la muerte de Franco. 

 

A los diez años, los niños, entre otras cosas, aprendemos a dividir, es justo el año en que te enseñan a dividir, la última de las cuatro reglas. En años anteriores nos habían enseñado a sumar y a restar, lo que me resultó muy fácil, y luego a multiplicar. La tabla de multiplicar, como nos la enseñaron cantando, tampoco me pareció difícil, únicamente eso de poner los números en filas y columnas se me atragantó un poco, aunque al final pudiera con ello, pero lo de dividir me costó más, y ello se debió a que no nos dijeron lo primero que hay que decir en estos casos. Puede que nos lo dijeran y yo no me enterara, no sé, pero el caso fue que lo descubrí yo sola, y a lo que me refiero es a las dos primera cifras, la del dividendo y el divisor, porque una debe preguntarse, ¿es mayor la primera cifra del dividendo o es mayor la del divisor…? Bueno, a lo mejor esto es muy lioso para la mayor parte de la gente. A la mayor parte de la gente no le gustan nada los números y se arman muchos líos en la cabeza, pero si uno sabe este truco la cosa es mucho más sencilla… Sin embargo, lo dejo aquí, y de los decimales no voy a decir nada, que no quiero asustar a ninguno de los que me leen.

Yo tenía una amiga…, vamos, tenía varias…, pero tenía una que se llamaba Natalia, con la que discutía estas cuestiones.

–¿Tú sabes lo del dividendo y lo del divisor?

–¿Cuál?

–No, que si sabes lo del dividendo y lo del divisor.

Natalia me miraba incrédula. Yo creo que aquel asunto no le interesaba absolutamente nada.

–¿Vamos a mi casa?

–Bueno –e íbamos.

Su casa estaba muy cerca de la mía y no se parecía en nada. Era muy grande, y todos los muebles eran oscuros y antiguos y aparatosos.

–¡Jo!, vaya armario…

A Natalia, como lo conocía desde pequeña, no le llamaba la atención.

–¿Qué le pasa?

–Pues que es grandísimo.

–¿Grandísimo…? ¡Qué va! Tenías que ver el del cuarto de mis padres. Ese sí que es grande. Bueno, ¿jugamos a algo?

Natalia tenía muchísimos juguetes y muñecas.

–Esta es mi preferida. Antes era esa otra, pero ahora es esta. Se llama Lucrecia, pero yo la llamo Lucre. Tiene un montón de vestidos y algunos se los ha hecho la costurera. ¿En tu casa hay costurera? –y luego, cuando estábamos enfrascadísimas con lo de las muñecas, se abrió la puerta y asomó la cabeza una señora muy peripuesta.

–¡Tía Natalia!

Natalia se levantó corriendo y fue a darle un beso mientras por detrás asomaba la cabeza de su madre.

–¿Y quién es esta amiga tuya? ¡Qué guapa…! Ven, dame un beso –y yo, obedientemente, fui y se lo di.

La señora era medio joven y bastante guapa. Además iba muy bien vestida, y olía también muy bien, bastante fuerte pero bien. Debía de usar algún perfume de esos caros, de los que le gustaban a mi madre. Estuvieron allí un rato y la tía nos dijo,

–¿Me vais a acompañar el día de la manifestación? –y Natalia contestó,

–¡Pues claro! ¿Tú quieres venir? –y yo, que no tenía ni idea de qué era aquello de la manifestación, por no parecer grosera dije,

–Bueno –y la señora se deshizo.

–¡Qué simpática! Bueno, pues ya hablaremos –y se fueron y allí quedó la cosa.

A los pocos días, Natalia, a la salida de clase, me dijo,

–Oye, ¿te quieres venir a casa a probar? –y yo contesté,

–¿A probar qué?

–Pues el uniforme.

–¿El uniforme? ¿Qué uniforme? –y Natalia me puso en antecedentes.

–Es que a la manifestación hay que ir de uniforme, todos vamos de uniforme. Además es muy bonito, ya lo verás, tiene una gorra roja.

–¿Una gorra roja?, ¿sí? –y allá fuimos.

Subimos a su casa y su madre nos dijo,

–¡Ah!, ¿ya estáis aquí? A ver, Natalia, enséñale a Nastasia su uniforme y os lo ponéis, que os quiero ver, ¿vale?

–Vale.

Total, que fuimos a su cuarto y nos los pusimos. El uniforme era azul marino. Era una falda como de palas y un jersey normal. También tenía medias del mismo color, pero esas no nos las pusimos, y la gorra roja era una especie de boina que tenía bordadas con hilo amarillo dos letras, efe y ene.

–Y esto, ¿qué significa?

–Ni idea.

–Bueno, da igual.

Salimos, y su madre nos pasó revista.

–¡Hijas mías!, ¡pero qué bien os queda…! A ver, Nastasia, date la vuelta… ¡Pero, hija, si parece que te lo han hecho a medida! –y con aquello hasta a mí me convenció.

Me quedé muy ufana y orgullosa y no me lo quise quitar, y la gorra menos, hasta que me fui, por la noche, cuando volví a casa.

La manifestación era un sábado por la tarde. Yo salí de casa y no dije nada. A mi padre por supuesto, pero tampoco se lo dije a mi madre, no sé por qué. A mí me daba la impresión de que estaba haciendo algo prohibido, de forma que no dije una palabra.

–Oye, que me voy a casa de Natalia.

–Bueno, hija. Si no estoy cuando vuelvas, vete a buscarme al bar.

–Vale –y me fui.

En casa de Natalia nos disfrazamos entre risitas histéricas y nos estuvimos mirando en el espejo. Yo me ponía la boina ladeada, que me quedaba mejor, pero su madre dijo que no era así.

–No, mujer, póntela bien que tenéis que ir muy guapas, ya verás. Ahora vendrá la tía Natalia, que os va a llevar –y, en efecto, al cabo de un rato llegó su tía, que no iba de uniforme sino de normal, de calle, y nos dijo,

–Muy bien, estáis muy bien. Ahora vamos a buscar a los otros chicos, y cuando acabemos nos vamos a merendar. ¿Queréis ir luego a merendar conmigo? –y Natalia dijo,

–¡Huy, sí, claro! –así que nos fuimos con ella a donde se celebraba la manifestación, que era allí al lado, unas manzanas más allá.

Todo el mundo nos miraba, pero es que pocas veces se ve a dos niñas de uniforme raro. Imagino que pensarían que éramos de algún colegio, no sé, y en seguida llegamos y resultó que había muchos niños más, todos vestidos igual que nosotras. Entonces, un señor bastante raro, uno calvo, con camisa azul marino como las nuestras, bigotito y gafas negras, nos hizo formar, como los soldados de las películas, y nos dijo que íbamos a ir a un sitio que no entendí, nos hicieron ir a todos en fila por la acera otras dos manzanas hasta el sitio que ellos decían. Los mayores iban como desfilando, medio haciendo el tonto pero como si desfilaran, y nosotras los imitábamos muertas de risa, así hasta que llegamos a una calle bastante ancha en donde, al parecer, tenía lugar aquello. Era enfrente de un bar que se llamaba no sé qué 47. A mí eso de los nombres nunca se me ha dado bien, y además aquel sólo lo vi una vez, pero de los números sí que me suelo acordar. ¿Cómo no me voy a acordar del 47? Es facilísimo. Bueno, pues estábamos allí, en una calle ancha que estaba cerca de casa, todo lleno de coches y autobuses y gente, porque era la hora en que todo el mundo sale a la calle, cuando algunos de los mayores que iban con nosotros se pusieron a gritar. Sacaron unos altavoces muy raros, unos aparatos con forma de altavoz y que se agarraban con la mano, y se pusieron a dar voces. Qué decían, no lo sé, no se entendía nada; desde donde nosotras estábamos sólo se oía un ruido muy raro y las palabras no se entendían. Era como una letanía, y algunos de los niños contestaban. Debía de ser que ellos sabían lo que había que contestar, pero a nosotras no nos lo habían dicho y nos limitamos a mirar, y en esto estábamos, en lo de la letanía, cuando aparecieron algunas furgonetas de la policía que aparcaron por allí cerca, unas a la derecha y otras a la izquierda, y de ellas se bajaron muchos guardias que se colocaron en fila en la acera de enfrente a la que ocupábamos nosotros. Se pusieron todos allí y nos miraban pero no hacían nada. Los guardias eran los de siempre, los que veías por la calle. Iban vestidos con unos abrigones grises muy grandes y aparatosos que no sé cómo les dejaban moverse, y desde que llegaron se redoblaron los gritos que daban los que estaban con nosotros. Gritaba todo el mundo, hasta la tía de Natalia, que estaba allí detrás. Bueno, más que gritar, resulta que se transfiguró. De la que yo vi el primer día en su casa no quedaba nada, seguro que ya no debía ni oler bien. Se puso hecha un basilisco, toda colorada, encendida; yo creo que se puso hasta cardíaca. Gritaba a voz en cuello, aunque no sé qué decía porque tampoco se la entendía, pero una vez, en lo más alto de su exaltación, sí le entendí una cosa, ¡policía comunista!, y luego lo decían todos, ¡policía comunista!, ¡policía comunista!, y los guardias de enfrente nos miraban con no muy buena cara. Estaban tranquilos y no se movían, pero estaban allí enfrente, todos tiesos y con las manos atrás…

Nosotras nos encontrábamos bastante asustadas, yo desde luego, y Natalia por un estilo, pero algunos niños de los que había alrededor hacían bromas.

–No, si no pasa nada.

–Sí, tú fíate de la Virgen y no corras.

–¿Has visto lo que dice este?

–¿Qué dice?

–No sé. A ver, dilo otra vez.

–Pues que te fíes de la Virgen y no corras.

–¡Jo!, ¿y eso qué es?

–Pues no sé; lo dice mi padre.

–¡Jo…! –y de repente se oyeron sonar unos pitos, ¡pi pi piiiii…!

Miramos y vimos que un grupo de guardias con las porras levantadas venían a todo correr hacia nosotros, y allí se organizó la desbandada.

Todo el mundo salió corriendo hacia donde pudo, unos hacia arriba y otros hacia abajo. Yo agarré de la mano a Natalia y le dije,

–Venga, corre, vámonos –pero Natalia se había quedado paralizada.

Ni me oía ni me escuchaba, se había quedado de pie con la boca abierta y parecía que estaba alelada, así que como los guardias estaban ya muy cerca, y a los que estaban en el extremo, que eran mayores, les estaban dando palos, no lo pensé más y salí pitando hacia donde parecía que había menos gente. Guardias había por todas partes, pero yo hice unos cuantos regates y no me tocó nadie, aunque era difícil salir de aquel tumulto. Todo estaba lleno de gente que se caía y se levantaba, sobre todo los mayores. Yo no sé cómo los guardias podían pegar a todos aquellos viejos, pero el caso era que lo hacían, les pegaban unos porrazos que no veas. ¿Serían comunistas de verdad? Vaya usted a saber, y en mitad de la refriega me encontré al lado de un guardia con la porra en la mano. Yo le miré como con miedo y sin saber qué hacer, pero él se dio la vuelta y se fue corriendo a pegar a otros. Yo también me di la vuelta para salir huyendo, pero había tanta gente que me tropecé con alguien y me caí al suelo. Me hice bastante daño en una rodilla, o sea, me hice hasta sangre, aunque de eso no me di cuenta sino cuando llegué a casa. De lo que sí me di cuenta fue de que allí, en el suelo, ante mí, había una cartera de cuero de las que se llevan en el bolsillo, que seguro que con todo el lío se le había caído a alguien. Era una cartera muy lujosa, muy buena, y tenía grabados unos dibujos que parecían un montón de flechas. Yo la vi y pensé, ¡ahí va!, ¡una cartera! La cogí, me levanté y eché a correr otra vez, esta vez hacia arriba, porque los guardias se iban en sentido contrario persiguiendo a otros grupos, pero como yo corría muchísimo, y más en aquellas circunstancias, en seguida estuve fuera de su alcance y me metí por la primera bocacalle que pude, luego por otra…, y al cabo de un momento resultó que estaba sola.

Iba a toda velocidad por una calle en la que ya había poca gente. Las personas me miraban al pasar y se apartaban, pero allí ya no había guardias ni nada. Yo iba con la cartera en la mano, y cuando me di cuenta de que nadie me perseguía paré un poco, miré a mi alrededor y volví a casa dando un rodeo. Durante todo el trayecto no vi a nadie que fuera vestido como yo, ni guardias, así que con el susto en el cuerpo, mirando sin parar por mis cercanías, sobre todo desde las esquinas, por si acaso, y apretando la cartera todo lo que pude, llegué al portal, subí la escalera como un meteoro, entré y cerré de un portazo.

Una vez dentro respiré y entré en mi cuarto. En casa no había nadie porque mis padres estaban trabajando, así que lo primero que hice fue cambiarme de ropa. Me despojé de aquel uniforme, que se había ensuciado bastante, y me vestí como siempre, y al hacerlo vi que tenía sangre en una rodilla, pero me la lavé un poco y se me quitó en seguida. Luego fui a mi cuarto, cogí la cartera y la abrí. Dentro había billetes, había mucho dinero, y papeles, pero los papeles no quise ni mirarlos. Saqué el dinero y lo conté. Allí había más de dos mil pesetas, lo que me pareció un capital, claro, porque para mí era muchísimo, pero ni se me ocurrió devolverlo. Después de lo que había sucedido yo no pensaba volver a ver a ninguno de aquellos. A Natalia ya la encontraría en el colegio, pero eso me daba igual, así que lo escondí en el armario debajo de todos los jerséis. Estuve un rato dando vueltas por casa para que no se me notara lo que me había pasado, me peiné y me fui a buscar a mi madre al bar. Me daba un poco de miedo salir a la calle, pero como ya no llevaba el uniforme pensé que no importaba, y al salir del portal miré hacia los lados pero allí no ocurría nada. La gente era la misma de siempre y todo parecía estar en calma, y la cartera, hasta con los papeles, la tiré en una papelera y salí corriendo; yo creo que no me vio nadie.

Yo, por supuesto y del susto que me quedó en el cuerpo, no volví a casa de Natalia nunca. Ella me trajo mi ropa al colegio, que, por cierto, el lunes tenía un moratón en la cara bastante aparente. Yo le dije,

–¿Te pegaron? –y ella me dijo que no.

–No, es que me tropecé con alguien.

–¡Jo, vaya aventura!, ¿verdad?

–¡Jo, desde luego! –y yo le devolví el uniforme, aunque con la gorra me quedé y le dije que se me había perdido en el tumulto; como era roja y tenía insignias, me pareció bonita y la guardé en el armario.

La pensaba poner en mi cuarto, pero luego la escondí, porque si mi padre la veía seguro que tenía algo que decir y a mí no me apetecía oír las cosas que decía. Mi padre a todo le sacaba punta, y de aquello cualquiera sabe lo que hubiera dicho; mejor ni enterarse.

 

Luna de miel

Pongo hoy un trozo de una de mis novelas, la denominada “Crucita y yo”, la historia de la niña que nunca se hizo mayor…, con lo que parece que está dicho todo. No obstante lo cual, añadiré lo que sigue:

Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca…; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: maciza espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas…

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido…

¿Aún me escuchan…? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo…

——————————————

… y en los días que siguieron, ¿quieren saber ustedes lo que sucedió? Pues que me fui con Atahualpa a ver en directo la noche de San Juan, la noche de San Juan de aquel año a una playa pequeñita y pedrera del norte de España, una desconocida playa del norte de España en una noche con luna.

En aquel lugar no había fiesta multitudinaria, no, que sólo eran quince o veinte entre chicos y chicas. Todos estaban allí, alrededor de la hoguera, pero sin hacerla mucho caso porque estaban muy ocupados ligando, y tampoco tenían música, la música fue la de las olas del mar. Yo me bañé in púribus , ¡cómo si no!, y Atahualpa también, y un perro que andaba por allí suelto y a su libre albedrío se bañó con nosotros e insistió en sacarnos del agua. ¿Pensará este perro que nos vamos a ahogar? Pues sí, así debía de ser, porque a mí me empujaba con el morro hacia la orilla y aullaba lastimeramente en la medida en que podía, aullaba un poco pero se callaba en seguida, en cuanto tragaba agua. Sin embargo, seguía imperturbable con su trajín de salvavidas, empujándonos y empujándonos mansamente…, y luego fuimos con unas toallas improvisadas a secarnos a la hoguera. La hoguera era una hoguera muy buena, con mucha brasa, para secarse perfecta, y nadie nos miró sino que nos dijeron adiós cuando nos fuimos, ¡hasta el año que viene!, ¡adiós! El perro, en un despiste de los de la hoguera, se comió unas cuantas chuletas que había preparadas en una parrilla al lado del fuego, pero no sucedió nada porque los que allí estaban no se dieron cuenta, se darían cuenta después y el perro se vino con nosotros. Se veía que nos había tomado apego y nos acompañó hasta el coche a buen paso y jadeando, y a partir de entonces Atahualpa y yo cantamos mucho juntos, a lo mejor por las reminiscencias de aquel perro tan listo. ¿Te llamabas Caruso en vez de Tutifruti? Pues otra cosa sería más difícil porque llevabas una chapa en el collar que así lo decía, aunque, ¿quién no cambia de nombre varias veces en esta vida?, pero a nosotros nos inspiraste, y en los días que siguieron cantamos muchísimo por los acantilados del norte, por las llanuras de Castilla la Vieja y los bosques y montañas de aquel mi país, cantamos de noche y cuando hubo luna llena, o casi, porque es difícil acertar.

–¿Qué es lo que es difícil acertar?

–Pues cuando es el día de la luna llena. Ayer parecía que sí pero hoy también. ¿Cuándo es luna llena? ¡Dímelo tú!

–Pero, Crucita, si siempre es luna llena. ¿No lo notas…?

Atahualpa tenía una furgoneta, una Wolkswagen vieja como las de las fotos antiguas, y nos pasamos el verano durmiendo en ella, aunque a veces también íbamos a hoteles, claro, ¿qué se pensaban ustedes?, nos teníamos que duchar, ¿no?, y otras nos bañábamos en pozas que encontrábamos, una vez en un lago fangoso, pero como era al atardecer no lo pudimos evitar, y fue tal nuestra ansia de soledad y purificación –sería para recuperar el tiempo perdido–, que buscamos los lugares más desiertos, los más apartados páramos y las mayores y más escabrosas quebradas del oeste de la provincia de Salamanca. Nos metimos por caminos y más caminos y un día no sabíamos ni en dónde estábamos, se lo tuvimos que preguntar a un señor.

–Sería un pastor.

–Bueno, sí, claro, era un pastor, pero eso da igual. Nos encaminó en la buena dirección y al cabo de un rato pasamos por un lugar muy despacio…

Era un lugar raro, sólo cuatro o cinco casas seguidas al borde del camino, y sin luz, no tenían farolas ni nada que se le pareciera. Nosotros íbamos por aquella carretera tan mala muy despacio y casi había anochecido, y al pasar yo vi algo en una de las casas, ¡para, para!, y Atahualpa paró, yo fui a ver y no me había confundido. Dentro de un oscurísimo portal de piedra brillaba la luz de un candil macilento, de un quinqué birria; yo al principio no me lo tomé en serio, pero me equivoqué, como tantas veces. ¡Jolín!, es que las cosas son difíciles, ¿quién es capaz de acertar a la primera? Eso no lo puede hacer nadie, ni mi hermana, que lo sabe todo… Pues la señora, la del candil, nos dio unas sopas de ajo que no se pueden describir. Estaban buenísimas, todas llenas de algo sutil que no era grasa ni huevo ni ajo ni jamón; debía de ser la legendaria esencia del famoso pan de azahar, de la que tanto se ha escrito y nadie sabe dónde está, y yo creo que ahora debería hablar de esto.

A lo mejor resulta que la materia íntima del pan de azahar es la quintaesencia encubierta de la sopa de ajo y reside en el pantano de Aldeadávila. En la cumbre de su presa se rodó el Doctor Zhivago , bueno, un trozo, cuando la hija de la chica habla con el comunista, al final, y eso es bastante poético, casi tanto como lo de los panes famosos. El pan de oro… Eso, ¡jo!, ese sí que es poético, ¡el pan de oro!, sí, pero también el pan de azúcar, el pan de pueblo y el pan comido, ¡jolín, en menudo lío me he metido…! Bueno, el pan candeal y el ázimo, el pan eucarístico, el de flor, el de molde, el de munición y el de pistola…, ¿pero adónde vas?, no, es que ya que he empezado…, aunque sólo me quedan el pedazo de pan, el de salvado, el fermentado, el francés, el integral, el que es como unas hostias y el nuestro de cada día; también contigo pan y cebolla. Fuera como fuese yo sólo puedo decir que aquellas fueron las mejores sopas de ajo que había comido nunca, y pensé, esto se lo tengo que contar al Rockero, a él seguro que le va a interesar, y por la noche, cuando estábamos allí, en mitad de aquellos inacabables yermos, dentro de la furgoneta y con todas las ventanas abiertas…

–Mejor, ¿no?

–¿Mejor qué?

–Pues que es mejor estar con las ventanillas abiertas. ¡Hace tan bueno…!

–Sí, eso sí; y se ven las estrellas…

–Sí, y los planetas.

–Es verdad; y los planetas…

–¿Tú sabes cuáles, de todos estos cuerpos luminosos, son planetas…? ¡Mira, ése es un planeta!

–¿Ese que brilla más?

–Sí, es Júpiter; Júpiter y su blanca luz… ¡Pero agárrame…! –porque nosotros habíamos salido afuera, mirábamos al sur, estábamos sentados en el suelo con la espalda apoyada en el parachoques y a mí se me ocurrió una nueva idea.

–Oye, ¿sabes lo que te digo? –y como lo debí de pronunciar con extraña voz, Atahualpa me miró temeroso.

–¡Ostras, a ver…!

–Pues que con mi anterior novio, el famoso Rafa, yo no sentía nada, me doy cuenta ahora… Era un asqueroso y todo lo hacía fatal; menos mal que lo metí en cintura, que si no, seguiría haciendo de las suyas… ¡Pero contigo me lo paso más bien…! Eso es lo que te quería decir, que contigo me lo paso más bien… –y Atahualpa me agarró por el hombro aún más fuerte y yo procuré arrebujarme y seguí.

–¿Y sabes otra cosa? Pues que yo lo atribuyo a fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Prácticamente no hay que hacer esfuerzo alguno para conseguirlo. Todo es cuestión de dejarse llevar por esa gran fuerza, sí, como tú lo oyes, esa enorme fuerza a la que no sabemos qué nombre dar, o al menos nadie se lo ha puesto hasta ahora, que yo sepa, y que tiene algo que ver con la transmisión del pensamiento, ¿no? Tú me acaricias y yo noto algo mucho más grande que las simples caricias. Sucede un efecto multiplicativo que ya nos sucedía en casa del Rockero, en las Asturias, cuando éramos pequeños, ¿te acuerdas?, y lo que es un simple contacto se convierte en algo parecido a una erupción volcánica. ¡Oye, y no exagero lo más mínimo!, ¿eh?, todo lo contrario. En realidad me quedo muy corta porque una tampoco es capaz de explicarlo todo…, pero aquí me siento bien. Me encuentro como en mi época de niña feliz y despreocupada, que ya se me iba olvidando. Como la niña que creía que los protagonistas de los cuentos tenían la cara hecha de sopa de letras y hablaba con su perro, sí, y su padre la llevaba a los mercadillos de los pueblos veraniegos a comprarle zapatos fuertes para que no pudiera picarla la víbora de las arboledas, ¡qué difícil es eso…! En el campo nadie te ve, sólo los árboles y los pájaros. En la ciudad, sin embargo, mil y un ojos te observan. Tú crees que vas sola por aquella enorme calle, y desde un cuarto piso una mente tras unos prismáticos se hace su composición de lugar… Por eso insistí en venir a este sitio. Por un momento quise estar en comunión con los elementos de la Naturaleza que se me están escapando, el Sol, la Luna y las estrellas…

–¡Y los planetas!

–Eso, y los planetas… Y las nubes y las olas y las playas, y los árboles y las flores y los gnomos, y las hadas de las fuentes y los animales salvajes, los grandes y los pequeños, los ciervos, los jabalíes, las arañas y las pobres hormiguitas, que serán las únicas que queden después de una catástrofe con armas termonucleares…, porque, ¡qué maravilloso viaje fue aquel, mi luna de miel!

Durante más de mes y medio todo fue bien, pero luego, a mediados de agosto, en la fiesta del Tránsito, cuando inevitablemente el verano comienza a declinar, tuve una especie de repentino bajón, empecé a desvariar y luego a encontrarme mal y Atahualpa se asustó.

–¿Tú no sabes que yo tuve una amiga a la que le salió un alhelí en un ojo? ¡Y al tresabuelo de Monticola lo que le salió fue una fabe en un pie…!

–¿Qué tresabuelo fue ese? ¿El que mataba osos a pedradas?

–Pues puede. El Rockero no me lo ha dicho pero es casi seguro.

–¿Era el bisabuelo o el tresabuelo?

–No me acuerdo, pero la verdad es que da igual. Oye, y que las gallinas de Palmira eran tan calientes que ponían los huevos fritos, ¿eso tampoco lo sabes? Es que tú no sabes nada. Además, las bragas de las japonesas… –y me puse blanca por entero, los ojos me giraron y durante un segundo me quedé sin habla, una nube pasó por dentro de mi cabeza y Atahualpa me miró y se alarmó del todo.

–Oye, ¿qué te pasa?

–No sé. ¿Por qué?

–Te has puesto muy pálida…

–Ya…, sí…, no sé… –y me caí redonda sobre el asiento del coche, y cuando desperté, un rato después, él estaba muy asustado.

–Crucita, nos vamos.

–¿Adónde?

–Pues a casa, ¿adónde va a ser? Tú necesitas… –pero lo que yo necesitaba no lo sabía nadie, ni Atahualpa.

En una de mis novelas, la que se llama “Animales y otros fenómenos eléctricos”, está este cuento despiezado, que se distingue porque es el más corto de todos los que forman el libro.

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Don José Cuclillo era un pájaro al que molestaban los ruidos. Le molestaba, claro es, el fragor de los automóviles que de vez en cuando transitaban por la cercana carretera comarcal, y le molestaba el remoto ruido del tren de mercancías que resoplaba allá a lo lejos, sólo un poco más acá del horizonte, así como el de su primo hermano, el retumbo del trueno apartado, anunciador de próximos aguaceros en los bochornosos atardeceres del verano, pero le molestaban también, ¡y de qué manera!, las distantes voces de los labradores, e incluso en determinadas ocasiones, cuando la primavera avanza y parece que va a llegar el estío, las cantarinas risas de las labradoras. Puestos a exagerar, porque don José, para esto de los ruidos, la verdad es que era un poco exagerado, bien podríamos decir que le molestaban los zumbidos de abejas y moscardones en su incesante ajetreo, y hasta el susurrar de las hojas en otoño, que ya es decir…, pero lo que más le molestaba, ¡ay!, lo que más le molestaba de todo, quizá porque era lo que más cerca tenía en aquella campestre paz a que desde pequeño estaba acostumbrado, eran los cánticos de los individuos de su clase, sus parientes cercanos y lejanos, las avecillas.

A don Pepe, el cuco, le molestaba muchísimo el chirriante graznar de la urraca, el “guec guequec” del pardillo común, el cuchichí de la perdiz, el crotorar de mamá cigüeña y el mismísimo cucú de sus hermanos. A don José, a don Pepe, por expresarlo con claridad, le molestaba prácticamente todo.

¡Ah!, no diría eso si hubiera encontrado a un pinzón real, un escribano palustre o un mirlo blanco, esos pájaros cuyos solemnes trinos, tan acordes con la espesura en que se producen, no tienen nada que envidiar al virtuosismo desplegado por algún avezado (¿y enamorado?) flautista. Don José, para mayor inri, ¡qué le vamos a hacer!, tampoco había conocido nunca a un pájaro órgano…

Lo que más le fastidiaba eran las horas previas al amanecer, esos momentos en que el reino alado, cuando aún es de noche, saluda al nuevo día.

–Pero…, ¿será posible? ¡Y todas las mañanas lo mismo!

Don José, puesto que con el jolgorio que se armaba resultaba imposible pegar un ojo, se internaba en la fronda renegando y maldiciendo con las mil y una maldiciones del libro en el que están escritas las más exageradas ofensas.

–¡Tañedores de ruido rosa!, ¡amantes del quodlibet…!, y digo poco: ¡biznietos de Satanás! Así os veáis atravesados por las más negras flechas de Orión, el cazador por antonomasia, y bla bla bla…

… y todo ello acentuado por la temprana hora, porque don José, como no es difícil imaginar, por las mañanas sufría de acidez y otros males estomacales.

Y ya que hablamos de amaneceres, ¿qué decir de los ocasos, la hora preferida por las bandadas de estorninos para expresar sus sentimientos, cuando en su emigrar se posan en las copas de los pinos piñoneros? ¡Bueno!, aquello sí que era superior a su fuerzas…

–No, no puedo, ¡no puedo! –decía don José horrorizado, y tapándose los oídos con las alas corría a esconderse en lo más recóndito de la selva.

–Y además, por si fuera poco…, ¡extranjeros!

 

Don José Cuclillo, que era un cuco serio, un cuco muy puesto en su acallador papel, pasaba el día reprendiendo a sus semejantes para que no alborotasen.

–Señora tórtola, ¿no se da usted cuenta de que…?

–Pero, don José, comprenda usted que tengo que emitir el grito nupcial. Si no, ¿cómo me iba a encontrar mi tortolito?

Don José, para algunas ocasiones, guardaba un mínimo de tolerancia.

–Vale, vale, pero, por favor, modere usted esa dinámica.

Don José, el cuclillo, por aquello de sus aficiones, conocía las voces musicales. Decía dinámica en vez de volumen, y decía también sordina, en vez de silencio. Un piquituerto común, su más próximo vecino, un pájaro que era un poco sordo –o que se hacía el loco, eso no lo sabemos–, con ayuda de un amiguete, un verderón serrano, un verderón bastante descarado –todo hay que decirlo–, intentó un día introducirle en los arcanos de la polifonía.

–Ustedes, jovencitos, ¿nunca oyeron hablar del debido respeto a los mayores?

–Pero, ¡hombre!, don José, no ponga usted esa cara. ¡Si sólo estábamos intercambiando impresiones!

–Sí, sí, impresiones… ¿No conocen, por ventura, las más altas virtudes de la sordina?

Allí se montaba la gran polémica, pues de sobra es conocida la condición polemista de los verderones.

–¿Así que no cree usted en los dominios de la afinación y las proporciones?

Don Pepe, el cuco, los miraba con bastante mala uva.

–¿Querrán estos arrapiezos cachondearse de mí? –pensaba para su adentros.

–Pío pío pío…, pío pío pío…

–¡Fui fui fui…!

–¡Prruit prruit prruit…!

–Pío pío…, pío pío pío pío…

Don José, desesperado, se cambiaba de rama.

–¡Hablarme a mí de polifonía! ¡Atreverse a hablarme a mí de polifonía! No, si cuando yo digo que estamos todos locos…

Luego don José, para tranquilizarse, se echaba unos vuelos, en el curso de los cuales solía mirar de reojo hacia arriba, porque don José nunca descuidaba su cenit. Por allá arriba, muy lejos, sólo un poco por debajo de las nubes, planeaban con todo descaro los piratas del aéreo mundo de las aves, aquellos incansables trotamundos que a su justa fama de bandolerismo unen la de carroñeros, las rapaces…, porque, ¿qué decir de las rapaces, con sus estentóreos gritos de burla? Don José, cuando volvía a arborizar, las miraba desde su alta rama y renegaba por lo bajo, aunque prefería callarse. Don José, después de todo, era muy prudente y se hacía perfecto cargo de sus limitaciones.

–No, con esas no me meto. ¡Que griten, si quieren…! Por si acaso.

 

Así estaban las cosas, cuando un día… Sí, un día, un día en que a intempestiva hora, las cuatro de la tarde, sonó, a lo ancho y largo del bosque, el grito del cuco…

–¡Cú… cú…!

… don José no pudo por menos de estremecerse.

–¡Y un congénere, además!

Don José, que con el paso del tiempo había afinado su oído –aquello fue su perdición–, remontó el vuelo dispuesto a buscar y encontrar al poco discreto cucúlido.

–¿De dónde viene? De allí… No, de allí…

Don José, de aquí para allá, no daba con el escondite del escandaloso pájaro, que una y otra vez…

–¡Cú… cú…! ¡Cú… cú…!

Don José estaba a punto de volverse loco.

–¡Ay, Dios mío…, ay, Dios mío…! ¡Cuando lo encuentre…! ¡Cuando lo encuentre va a ver! ¡Sí, cuando lo encuentre…, que no le pase nada!

Don José voló y voló en todas las direcciones posibles, y al poco rato creyó adivinar la procedencia de los destemplados gritos.

–¡Ahora, ahora sí que te he pillado!

Don José se lanzó en picado hacia aquel grupo de árboles y…

¡Nunca lo hubiera hecho! De la espesura surgió un nuevo ruido, un horrísono ruido, un ruido que de ninguna manera se esperaba. Allí sí que sonó un ruido fuerte, sí, allí sí que se oyó un ruido inesperado, con lo poco que le gustaban los ruidos a don José…, ¡qué horror!, ¡pum…, pum…!

Don José, alcanzado en medio de su justiciero corazón por la redonda posta, no pudo por menos de pensar,

–¡Qué fatalidad! ¡Ahora que estaba casi a punto de…!

Luego cayó como una piedra al suelo y, como dicen por ahí, entregó su alma.

El cazador que le había matado, un cazador anónimo y bajito, un cazador del montón, un cazador que andaba soplando uno de esos reclamos que venden en las tiendas de cazadores, al verlo, cuando se lo trajo su perro, se dijo,

–¡Vaya!, un cuclillo… ¿Y qué hago yo ahora con un cuclillo?

 

 

 

Hoy, en vez de escritos, os pongo una foto, que hay que ir renovando los géneros.

Los que salen en la foto son amigos míos. El de la izquierda se llama Carlos (aunque se le suele conocer como Facundo) y el de la derecha se llama Javi. Los dos están tocados por el dedo de los Dioses, como se puede observar.

 

LA ESCALERA AL CIELO

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Viaje al verano-

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Coloco hoy este texto que está en uno de mis libros, el que se llama “Viaje al verano”. Es una especie de cuento chino sobre la vida misma, como todo lo que se cuenta en mis libros.

Estos se pueden conseguir en una página que se llama “lulu.com” (la dirección exacta es http://lulu.com), en la que os gustará entrar porque ofrece la posibilidad de imprimir tu libro (el de cualquiera) a precio de coste (un libro de bolsillo normalito, o sea, de unas 250 páginas, por nueve euros; y con calidad de imprenta). También podéis echar una ojeada a mis otras páginas, algunas de cuyas direcciones están en el lateral derecho.

 

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LA ESCALERA AL CIELO

 

Joshua I, de apellido Sagan, sobrino del legendario exobotánico que nunca supo si era hombre o mujer, estaba montado en un globo de aluminio cuando se le ocurrió la idea: mirando hacia abajo las cosas se ven mejor. “¿Y por qué no…?”, se dijo. Luego miró hacia arriba, y lo que pudo contemplar hubiera bastado para desanimar a cualquiera: miles y miles de estrellas centelleaban por todas partes. Joshua I no tenía ni idea de astronomía recreativa (ni de la otra), pero como a tantos a lo largo de la historia, no le hubiera importado subir al cielo. Cosa curiosa, por otra parte, en un intermediario, como era él.

Aquella noche se lo comentó a su compañera sentimental, porque Joshua I tenía compañera sentimental. Él no sabía que eso de tener compañera sentimental es una horterada de tomo y lomo, pero hay usos y costumbres que se extienden como la mala hierba. Le dijo,

–Me parece que sé cómo se puede hacer una escalera al cielo. ¡Menuda obra…!

Su compañera sentimental ni le contestó. Lo primero, que no estaba el horno para bollos con tanto viaje en globo y tanta historia, y lo segundo, que estaba mucho más interesada en una cosa que se veía en la televisión, una cosa toda llena de floripondios y lentejuelas como las de los viejos tiempos. Dio un suspiro y se recostó en el sofá del otro lado. ¡Qué tonterías había que oír! Una escalera al cielo… Para acabar de arreglarlo, recordó que ahora andaban diciendo por ahí que las máquinas iban a sustituir a las personas, ¡por Dios!

La compañera sentimental de Joshua I lo había comentado una vez con una amiga.

–¿Tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I era medio boba.

–¿Cómo dices…?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I estaba mucho más interesada en la boda del príncipe Ruperto.

–No, que si tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad…

–¡Ay, Jesús, qué barbaridad!

Joshua I, desde que tuvo la idea, no paraba. Él tenía, por oscuras razones de las que nunca hablaba a nadie, mucha mano con el gobierno regional. Se dedicaba a las contratas, y a veces, cuando escaseaba el trabajo, hacía de intermediario. Los jueves por la noche solía acudir a unas reuniones medio secretas que se celebraban en una casa de lenocinio electrónico que había en las afueras, justo al lado del nudo que comunicaba las autopistas, y a las que también solían acudir algunos subsecretarios. Una vez le habían presentado a un ministro, pero a él le gustaban más los subsecretarios. Eran, ¿cómo diría…?, más dúctiles.

–Don Carlos…, qué…, ¡vaya moza que llevaba usted el otro día!

Don Carlos, que llegaba directamente del Congreso Regional, le dedicó una amplia sonrisa al pasar. Era simpático aquel Joshua I, se fijaba en todo, pensó, habría que darle algo este semestre… Sí, tendría que hablar con su secretario.

Joshua I, en realidad, estaba haciendo méritos, que era lo suyo. Pagaba cuentas de botellas que ascendían a cantidades astronómicas, y si la cosa se terciaba, también algún polvo electrónico extra; todo servía. Eso sí, cuando aparecía por el ministerio se prodigaban las sonrisas y apretones de mano; hasta los ujieres habían oído hablar de él. Aquella mañana se animó a entrarle al ayudante del subsecretario, un zascandil con ojos de mochuelo que le había chuleado una historia con una rubia más bien basta dos semanas antes.

–Eso que usted me cuenta… –le había contestado mirándole fijamente–, nos interesa, sí, nos interesa. ¿Y cuánto ha dicho usted que…?

–Unos trescientos millones, don Ferrari. Los estudios preliminares, unos trescientos millones.

Aquello de don Ferrari no era ningún apodo despectivo, como pudiera parecer; Joshua I no era tan tonto como para tener una metedura de pata de semejante calibre. La especie había sido alimentada por el propio don Ferrari, quien, en el cenit de sus borracheras, solía recordar a quien quisiera oírle que él, cuando joven, había tenido un Ferrari. (Y dos Porsches, añadía, uno rojo y otro azul). Luego los más cercanos comenzaron a conocerle por aquel nombre, y el apodo tomó carta de naturaleza pública. Aunque sólo dejaba usarlo a los allegados, Joshua I lo era, ¡vaya si lo era!, y por el cariz que estaba tomando el asunto, interesaba que siguiera siéndolo.

Al ayudante del subsecretario le entró una cierta aprensión. Como no tenía ni la más remota idea de lo que era un ascensor espacial, preguntó cautelosamente,

–¿Puedo hablar de esto con el ministro?

A Joshua I se le abrieron las puertas del cielo.

–Por Dios, don Ferrari… ¡Usted mismo!

La siguiente vez que se vieron fue en el reflexólogo. El ayudante del subsecretario estaba radiante.

–¡Muy bien, don Joshua, muy bien! ¡El ministro está muy contento! Ha dicho que cree que esto puede llevarnos lejos…

A continuación los acontecimientos se precipitaron, no era para menos. Primero fue una comisión de servicios la que se encargó de todo, y luego los periódicos, sobre todo los de casa, empezaron a hablar del asunto. Por fin, el Gobierno Mundial tomó cartas en el asunto, pero para entonces el ministro, el subsecretario, el ayudante del subsecretario y Joshua I habían creado una sociedad fantasma que construía chalets de dos plantas y operaba desde las Malabares. Joshua I había soñado a veces con dirigir la faraónica obra, que para algo era aparejador, pero bueno, se conformaba. En el intermedio hubo una época difícil porque un escandalillo político creado por la oposición (¡aquellos hijos de perra!) amenazó con hacer saltar al gobierno, pero el ministro, que después de tantos años se las sabía todas, contrató los servicios de una agencia de publicidad que puso las cosas en su sitio. El colíder de la oposición salió escaldado de aquella, vaya si salió… Tardaría años en olvidarlo, y eso si su carrera política no se arruinaba definitivamente.

–Ahora… ¡a vivir! –le dijo el ayudante del subsecretario una vez que se lo encontró en “La gata muónica”, la casa de lenocinio electrónico donde Joshua I volvió a pagar aquella noche, aunque entonces ya no le importaba como antes.

–Bueno –pensó–. Todo sea por San Dieciséis por ciento.

La compañera sentimental de Joshua I, al final, estaba hasta interesada.

–Y, ¿tú crees que esto nos llevará lejos?

Joshua I, ya lo dijimos, seguía sin tener ni idea de astronomía recreativa, ni de la otra; lo suyo eran las comisiones. ¡Quién se lo iba a haber dicho a él! ¡Tantos años de intermediario y sin haberse dado cuenta de lo de las comisiones…!

El Gobierno Mundial era extremadamente activo. Lo primero que hizo fue preparar a lo que desde antiguo se conocía como “opinión pública”. El “Hollywood del siglo XXI”, ahora sito en algún lugar de Extremo Oriente, se encargó de ello. Lo que se acabó conociendo como “Saga de los planetas” fue una serie de seis películas en 3D que, durante lustros, ostentaron el record de recaudación. Además, Mariquilla S., aquella actriz mexicana, comenzó allí su meteórica carrera… Luego derogó unas leyes que le impedían tomar unas patentes como propias –sí, aquel hilo de diamante era el material adecuado…– por lo que el descubridor puso el grito en el cielo, pero un país africano, que casualmente era el mayor productor de diamantes, se encargó de hacerle entrar en razón, y por último hubo que buscar el lugar adecuado. No podía estar en el ecuador debido al efecto coriolis, ni en cualquiera de los polos por razones obvias, pero al final se encontró una solución a gusto de casi todos: lo instalarían en la línea de cambio de fecha, a unos veintisiete grados de latitud sur, cerca de las islas Samoa. Aquello quedaba en mitad del Pacífico, y así, si había un accidente… Joshua I fue una vez a ver las obras y se llevó con él a su compañera sentimental, que por aquel entonces había criado unos muslos que parecían jamones.

–Papá, papá –decía entusiasmado el hijo que habían tenido unos años antes–, ¿y tú crees que eso aguantará?

Joshua I miró a su hijo. No se podía negar que hablaba igual que su madre, pero, en cuanto a lo suyo, Joshua I no se hacía muchas ilusiones. Las mujeres, ¡eran tan falsas…!

De todas formas, el niño tenía razón. A Joshua I, que depositaba una confianza ilimitada –como buen técnico que era– en las obras de ingeniería, se le humedecieron un poco los ojos cuando lo pensó. Sí, aquella línea azul que subía hacia las estrellas y se perdía a lo lejos era realmente impresionante… ¡Y pensar que él había sido el descubridor…! Joshua I durmió aquella noche a pierna suelta en el Gran Holiday Hilton de Samoa y soñó que le ponían una condecoración con una cinta azul y muchos dorados y piedras de colorines.

El Presidente del Gobierno Mundial, un chino medio calvo que se echaba el único mechón de atrás hacia adelante, lo inauguró unos años después. Aunque escasamente llegaba a la media centena parecía un viejecillo, pero es que aquello del poder, ¡quemaba tanto…!

–… este gran paso de la Humanidad… (y bla bla bla) –dijo con su voz ligeramente cascada, y durante algunos meses la Humanidad se dedicó a celebrarlo.

¡Qué otra cosa iban a hacer, ahora que el trabajo, el inmemorial castigo bíblico, estaba casi desapareciendo…! Luego el ascensor espacial se convirtió en un objeto de uso cotidiano, y con el transcurrir del tiempo la gente llegó a olvidar que durante muchos siglos aquel había sido uno de sus sueños más perseguidos.

 

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Continúa el texto anterior, que pertenece a la novela llamada “Europa barroca“, de la siguiente manera:

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–¡Hay que ver, qué original!

–Sí, ¡vaya manera de recibir al Milenio…! ¡Qué maravilla!

–¿Al Milenio…? Pero ¿usted cree…? ¿No era el año pasado?

Mi tío Eduardo, quien a la postre iba a ser mi padrino, estaba en plena subida.

–Mi querida señora, veo que no está usted muy informada sobre las peculiaridades del calendario.

La tal querida señora, que iba vestida de época y era una de sus más antiguas y afamadas queridas, puesto que si mi tío Eduardo se distinguía por algo, era por lo putero, y eso se le notaba incluso de mayor, no dejó pasar la ocasión. A la tal señora le iba la marcha como a un tonto un lápiz.

–¡Edu!, no me mientas. Tú sabes algo que yo no sé…

Mi tío Eduardo, que con mujeres cerca se transfiguraba y manejaba una cadena de agencias de viajes, conocía el asunto de memoria.

–Pero, mujer, ¿tú sabes la cantidad de dinero que hemos ganado con la historia del Milenio? Chist, calla, no digas nada que esto es un secreto… El año pasado les vendimos el cambio de siglo y de milenio…, (celebre usted en las Maldivas, o en ese sitio al que va todo el mundo…, Waikiki, o como se llame…, o en Indochina, ¿o por qué no en la punta del Kilimanjaro…?, el acontecimiento de su vida…, etc.), y este año hemos vuelto a hacer lo mismo. La idea ha sido de un asesor que tengo que…, ¡ja, ja! Los del Consorcio nunca habían ganado tanto dinero. La gente es que debe de ser idiota, cada vez me lo parece más.

Al lado de mi tío había un ministro que asentía a todo, como tiene que ser. Ya se sabe, poderoso caballero es don dinero.

–Sí, es que es idiota, es idiota, ya lo digo yo…

Mi tío Juan, que era importador de champagne, estaba totalmente de acuerdo. Mientras se dejaba atar al pesebre por un camarero de muy buenas maneras, tres cuartos de lo mismo.

–Me pregunto cuánto vale un número del Almanaque Astronómico Internacional… Así, los que no lo saben saldrían de dudas.

–Calla, hermano, ni una palabra.

–Tiene gracia la ignorancia de la gente. Sin embargo, cuando se trata de pagar a la Hacienda Pública, todo el mundo conoce muy bien la fecha. Nadie dice, que no es este año, que es el que viene… ¿Cómo es posible que se dejen engañar de esta manera?

La cena fue exquisita. Primero sirvieron ostras, ostras con champagne francés, ostras a punta de pala en fuentes descomunales que los camareros dejaban en los pesebres. Luego una cosa verde en copas de fantasía, sorbete de apio o una ridiculez de ese estilo, porque el tío Aldy había traído a un cocinero suizo de renombre para que dirigiera la operación y todo estaba saliendo a pedir de boca. A continuación una ensalada de fábula, que, entre sus ingredientes, si vamos a creer las tarjetas que se imprimieron y yo vi de mayor, contaba con lombarda, remolacha con rábanos silvestres, esterlet mariné, trufas cocidas en champagne, esturión ahumado, filetes de perdiz, caviar, lengua de reno y jamón de alce. ¡Allí no se andaban con tonterías! Después marisco, langostas, cigalas, percebes… Los camareros no paraban de dar vueltas y no se vio ni una sonrisa, aunque imagino que en la cocina el cachondeo sería total. Por fin, lenguas y solomillos de bisonte, para lo que se había hecho una verdadera matanza en la ganadería, pero, claro, una ocasión es una ocasión.

Luego sonó un gong y el tío Aldy se desabrochó la cebilla, que no era fácil, y salió al estrado ante la expectación general. Le trajeron un micrófono en una bandeja y el tío Aldy habló. En su cara se adivinaba una cierta burla, aunque la mayoría de los presentes pensaron, seguramente, que ello se debía a aquel momento tan especial.

–Señoras, señores… –empezó con su habitual sorna, aunque nadie se dio cuenta de nada–, son las doce menos cinco de la noche, o las dos menos cinco en los países civilizados, y, como ustedes saben, vamos a cambiar de milenio de un momento a otro. Yo les ruego que esperen un instante mientras nos traen los postres…, porque ahora viene…, la última sorpresa… ¡La sorpresa del Milenio!

Los invitados, que debían de estar todos muy borrachos, prorrumpieron en aplausos entusiasmados en espera de la anunciada aparición, y mi tío depositó el micrófono en la bandeja. Entonces, con su mejor sonrisa y mientras la mayor parte de los presentes miraba hacia la puerta por donde entraban los camareros, sacó un mechero, se agachó y pegó fuego a media docena de tracas que, en secreto, había colocado el francés de la chistera y corrían bajo los pesebres a todo lo largo de la enorme habitación.

Los invitados, amarrados como estaban, al principio no se dieron cuenta de lo que sucedía, pero cuando comenzaron a sonar las explosiones, y no eran petarditos de feria, no, que eran como bombas de terroristas, el pánico se desató y más de uno estuvo a punto de morir estrangulado. ¡Allí fue Troya! Los gritos, las explosiones, los aullidos, los juramentos, los vanos intentos de desatarse, las patadas al aire, todo era lo mismo…

Mi madre, María, a quien en su juventud habían llamado María la superbuena –y esto por razones obvias–, embarazada de siete meses de su tercer y último hijo, se desvaneció primero, se quedó colgando luego de la cebilla…, y a continuación me abortó, allí, en mitad, ante todo el mundo, aunque tampoco se podría decir que estuvieran todos mirando. Yo, de repente, empecé a salir entre sus piernas como si fuera un monstruo mientras las explosiones se sucedían a mi alrededor, y a lo mejor es por eso por lo que siempre he sido un poco sordo. Mi tío Eduardo, que era una mula, y además médico, aunque no ejerciera, al ver el panorama pegó tal tirón a la cebilla que la arrancó de la pared, y con ella al cuello se quitó la chaqueta, me envolvió y me sacó de allí; debió de ser por eso que le hicieron mi padrino y me pusieron su nombre. De mi madre se olvidó todo el mundo pero no le sucedió nada, perdió un poco de sangre pero no hubo más, aparte de que casi se estrangula. Mi madre estaba hecha de muy buena pasta, se notaba a distancia, y a los pocos días ya estaba como una rosa y dándome de mamar, o por lo menos eso se cuenta.

La gente, los que habían conseguido soltarse, los camareros, en fin, todos, porque aquello no se lo esperaba nadie, corrían e intentaban salir huyendo, y los escoltas de los diversos políticos, que estaban cenando en la cocina y entraron en cuanto sonó la primera explosión, empuñaban sus pistolas mirando a todas partes y corrían de un lado a otro sin saber qué hacer ni qué decir.

–¡Señor gobernador, señor gobernador, por aquí, por aquí…! –o bien– ¡señor ministro, póngase aquí, al suelo, al suelo…!

El señor gobernador, o el señor ministro, enfundados en sus trajes marrones eran llevados en volandas de un lado a otro, los políticos de menor rango huían bajo una lluvia de fuego y los diversos artistas aullaban en medio de la confusión; el cura que salía en la tele se cagó. Yo, todo esto, aunque estaba allí en medio, sólo lo conozco de oídas, claro. Y además, hubo dos heridos. Uno fue un camarero, a quien uno de los policías pegó un tiro en una pierna por moverse a destiempo, y el otro, o mejor, la otra, una de aquellas vedettes televisivas invitadas que casi se descoyuntó con la cebilla al intentar salir por donde no podía ser.

Mi tío Aldy, que lo tenía todo previsto, salió corriendo, se montó en su coche, un todo-terreno descomunal que parecía un camión y en donde le esperaba una de sus legendarias amantes, se subió a la loma de enfrente, apagó las luces y, con unos prismáticos, estuvo dos horas riéndose y observando a distancia las secuelas de su elaborada y pesada broma. ¡Acabaron llegando hasta helicópteros! Luego sacó una botella de champagne –y Dios sabrá qué más cosas–, encendió la calefacción y se pasó la noche cohabitando, por decirlo de una manera fina, pero es que no era para menos, ¡el cambio de Milenio…! Mi tío Aldy, por aquellos tiempos, ya tenía más de cincuenta años pero estaba muy bien conservado, lo que también ha sido siempre de familia.

Como había instalado una cámara de vídeo para filmar lo que sucediera, yo tuve ocasión, de mayor, de ver mi nacimiento en directo, que no le ha sucedido a todo el mundo. La cámara funcionó durante dos horas y nadie reparó en ella. Luego se apagó. Al cabo del tiempo, cuando ya era mayor, el tío Aldy me regaló la cinta.

–Toma, para ti, esto sí que es tuyo. Quédatela tú.

Yo conocía su existencia pero nunca la había visto, sólo había oído hablar de ella, así que aquello me gustó, claro, porque de los sucesos que tienen lugar cuando eres muy pequeño, luego, de mayor, no te acuerdas de nada.

–Vale.

El que más se enfadó fue mi padre, y por lo visto estuvo tres meses sin hablar a su hermano, y eso que mi padre también las había hecho pardas, como cuando cagó en el piano, dentro, que tocaba la abuela, que era un Steinway blanco de cola que casi no cabía en el salón, pero el tío Aldy, que se las sabía casi todas, se las ingenió para que aquello no fuera a más.

–Pero, hombre, ¡qué mala suerte…!, también es mala suerte…, ¡con lo que yo quiero a María! ¿Cómo iba a hacerle eso? ¿Quién iba a hacer algo así…?

… y lo que decía era verdad. El tío Aldy a mi madre la adoraba, y debió de ser una de las pocas mujeres que le gustaron –porque que le gustaba estaba claro– a la que nunca tiró los tejos. Mi tío Aldy era un cafre para algunas cosas, pero así y todo también tenía sus normas. A mí siempre me cayó muy bien.

Y en cuanto a los políticos, las vedettes, los policías y todos los demás, el asunto se saldó de la forma más simple. Al final le pusieron una multa, que para mi tío era una multita, por algún peregrino motivo de esos que genéricamente se conocen como “alteración del orden público”. Está claro que no hay como pagar el impuesto revolucionario, y él lo pagaba, lo sé de buena tinta. A la vedette, en cambio, que casi se había descoyuntado y le había puesto un pleito, le echó tres o cuatro polvos y aquí paz y después gloria.

Poca paz, ahora que lo digo, y menos gloria, es lo que nos depara la vida, pero eso no quita para que en toda ocasión y momento nos mostremos optimistas. Sí, porque desde los espacios etéreos, los infinitos espacios de allá arriba, alguien nos mira y de ello no tenemos ni idea. Disimulemos.

El principio

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Traigo hoy un trozo de otra novela. Se trata de “Europa barroca”, una historia que recorre la primera mitad del siglo XXI y está narrada en boca de tres personajes: la negra, muchacha que nació en la selva caribeña, emigró al primer mundo y, contra todo pronóstico, hizo carrera; un cachalote telépata que habita en el seno de una de las innumerables manadas que hay en el océano Atlántico, y Eduguá, español que nació con el milenio, precisamente el 1 de enero de 2001. Este libro comienza así:

 

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El principio

 

Aldy, el tío Aldy, era hermano de mi padre, y digo era porque murió hace algunos años de una pancreatitis fulminante; descanse en paz. Mi tío Aldy era el mayor de cuatro hermanos y el más bestia de los cuatro. Mi tío Aldy y sus tres hermanos, mi padre, el tío Eduardo –que, además, era mi padrino– y el tío Juan, el pequeño, no trabajaron nunca porque no les hizo falta, pero ellos decían que si no lo habían hecho era porque estaba mal visto. Esta era la típica broma familiar, y cada vez que se traía a colación las carcajadas se oían tres o cuatro pisos por encima y por debajo. Los vecinos, cuando los había, no decían nada porque ya estaban acostumbrados.

Mi padre y sus tres hermanos heredaron tal cantidad de dinero de su padre, mi abuelo –aunque en realidad fue de su madre, mi abuela, quien a su vez lo había heredado de su padre, mi bisabuelo–, que se pasaron la vida dando tumbos a lo largo y ancho del planeta, y eso porque entonces todavía no habían comenzado los viajes siderales, que si los hubiera habido habrían dejado sus huellas por todo el Sistema Solar.

Mi abuelo era de Burgos, de un pueblo de Burgos que está por la parte de la Bureba. Eran dos hermanos, mi abuelo y una chavala; de mayor debió de ser una señora, pero en las escasas fotos que había en casa, fotos de los años treinta del pasado siglo, no pasaba de ser una chavala. De joven se casó con un argentino medio italiano y se fue a vivir a Argentina, de donde nunca volvió. Los que sí volvieron fueron sus descendientes, y hoy en día siguen haciéndolo, aunque yo ya no los veo mucho. Cuando yo era pequeño, un verano sí y otro también aparecían por casa unas señoras desconocidas, e incluso hijos suyos que eran de la edad de mi padre y mis tíos, con un hablar meloso, muy simpáticos todos, que decían que venían a conocer a la familia, de la que nosotros éramos los único