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Lo que sigue es un trozo de Europa barroca, una de las novelas que escribí hace ya tiempo. Es una novela bastante larga y de la que nunca he sabido si se llama como he dicho o más bien La aventura de las luces azules, pero el caso es que hay una parte (muy cerca del principio) que lleva precisamente por título Niños en noche de Reyes, y me ha parecido que es el momento de ponerlo por aquí a ver si a alguien se le ocurre echarle una ojeada. El trozo completo es más largo, pero tampoco hay que exagerar.

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[...]
La noche de Reyes también dormíamos en casa de la abuela, pero los últimos años, Claudia, que era muy mayor, ya no iba. La abuela se las veía y deseaba para explicarnos a los demás por qué Claudia no iba, aunque se inventó algunas historias muy curiosas, y luego fue el Cacho el que dejó de ir.
La noche de Reyes era una noche mágica en la que había que hacer ciertos preparativos, para los que la abuela se daba mucha maña.
–En un caldero se deja agua, para que beban los camellos, y en una mesa, turrón, para los Reyes.
Antes de irnos a dormir teníamos que colocar los zapatos, cada uno el suyo, en lugares estratégicos del salón, el salón del piano, que era la habitación más grande de la casa, un cuarto forrado de raso de colores y espejos y que raramente se abría, sólo en las fiestas.
Mi prima Anita y yo, los pequeños, éramos ayudados en aquellos menesteres por la abuela, los tíos, los jefes y las chachas, que eran quienes más disfrutaban con toda aquella historia, y nos hacían colocarlos en los mejores lugares.
–Ponlo aquí; esto está al lado del balcón y los Reyes entran por él; ya lo verás.
Nosotros debimos de ser de los últimos que hicimos estas cosas, pues ya por entonces tales celebraciones llevaban tiempo siendo sustituidas por otras parecidas y novedosas como la de Papá Noel. A mí, Papá Noel, no es que no me gustara, pero su escenografía no se podía comparar con la de los Reyes Magos. Ellos eran tres y llevaban séquitos, cabalgaban sobre camellos y elefantes y venían de países en donde crecían palmeras. Además, en su cielo, que era un cielo limpio y lleno de constelaciones refulgentes, un cielo propio de lugares secos y cálidos, brillaba una estrella con cola, una estrella que los guiaba y de la que hay quien dice que era el cometa de Halley en una de sus periódicas apariciones. Comparar todo esto con las estepas heladas, unos renos, un trineo y un gordo vestido de rojo, no tiene mucho sentido desde el punto de vista de un niño.
Los Reyes, como es de imaginar, en casa de la abuela se portaban harto generosamente. Cuando por la mañana del día 6 se abría la puerta y nos dejaban entrar en el salón grande –ceremonia que era preparada por la abuela con precisión militar–, aparecía todo el suelo sembrado de paquetes envueltos en papeles de colores, aquello era una auténtica exageración. En los lugares destinados a las personas mayores, en la pared del fondo, aún se podía advertir cierta moderación en el volumen y número de los envoltorios, pero en nuestra parte, la de los niños, los montones llegaban casi hasta el techo. [...]

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La foto está hecha en el Belén gigante que ponían (no sé si lo siguen poniendo) en El Escorial, en mitad del pueblo. Si no lo habéis visto nunca, os recomiendo que vayáis a verlo.

 

Poco a poco, conforme iban transcurriendo los años, me dio por tomar notas, trufadas de comentarios, acerca de mis manejos en la cocina, y lo que al principio eran papelajos sin sentido ni orden ni concierto, una vez ordenados descubrí que con todo ello podía hacer un libro…

Pues bien, semejante libro tiene una introducción (que también puede leerse en la contraportada) y dice así:

 

Camargo Rain, autor de este y otros trabajos (algunos larguísimos), a los dieciocho años comía piedras, y a los veinticuatro hacía arroz como si fuera para el perro: lo echaba en una cazuela y revolvía. Luego, con el paso del tiempo, un día se dijo, ¿y si hago un cocido?, y fue de esta forma que descubrió que cocidos hay muchos: olla de trigo, cocido de cura, puchero visigodo, potaje marciano, fabada monumental…

Este libro ha sido escrito para quienes comen con los ojos, que es una manera muy sana de hacerlo, y para quienes lo hacen con los pies (deseando que dejen de hacerlo), que son abundantes; para quienes tienen hambre –que también puede ser de lectura–, y para quienes de improviso necesitan un dato olvidado. En este libro, por supuesto, no vienen todos los datos, y mucho menos los modernos, pero sí algunos: los que a quien lo escribió (entre sesión y sesión) le parecieron más importantes.

 Además, y por si lo anterior fuera poco: ¿no es cierto que todos llevamos pintado en la cara cuanto hemos comido a lo largo de la vida?

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El libro de que hablamos se puede conseguir encuadernado (es decir, convertido en un libro de bolsillo) en la siguiente dirección,

 La cocina española de siempre

 

pero si alguien quiere verlo despiezado en una página de internet, la dirección es esta,

 http://sites.google.com/site/lacocinaespanoladesiempre/

También tengo una especie de blog en el que se hablan de estas cosas, cuya dirección es:

 Desde la terraza de mi transatlántico

 

Hay una novela de Camilo José Cela (el escritor más importante en lengua española de los últimos cincuenta años, aunque sobre esto imagino que habrá opiniones encontradas, como sobre todo) que se llama San Camilo 1936 y es la narración de lo que sucedió en Madrid el 18 de julio (san Camilo de Lelis, celestial patrono de los hospitales) de ese año, día en que se armó gordísima; como es sabido, fue cuando comenzó la tan traída y llevada guerra civil.

Don Camilo (así se le suele llamar) tenía entonces veinte años, puesto que nació en 1916, y estaba en Madrid, luego lo vivió en primera persona, que suele ser lo más indicado para tratar cualquier asunto.

Esta no es una novela normal, una novela cualquiera, sino algo que se sale por completo de la actual cursilería seudoliteraria que hoy (2011) se estila. La escribió en 1969, y ha resistido el paso del tiempo mejor que el buen champán. Se compone de las emocionantes novelitas que cada uno de sus más de doscientos personajes lleva pegada al corazón (en palabras de Cela), y de verdad que la cosa es complicada, complicada y divertida. Allí aparece todo, los puticlubs madrileños de entonces, el asalto al cuartel de La Montaña, la vida cotidiana y el ambiente callejero, los entresijos de la política, las masas pidiendo armas… En fin, que vale la pena ponerle los ojos encima y dejar que este señor, que era bastante bruto (pero es que la vida es muy bruta, y no iba él a serlo menos), nos lleve a su antojo por semejante escenario, las calles y casas y familias madrileñas de entonces…, algo sobre lo que sabemos mucho menos de lo que nos imaginamos.

La leí hace bastantes años, pero la he releído hace poco y he confirmado lo que recordaba, que es un monumento, y no he podido resistir la tentación de hacer una lista de los personajes (ya digo que son más de doscientos) y un cierto análisis de la estructura del libro, que no es lo que parece al principio sino algo mucho más complejo, y las consecuencias que he sacado (que quizá se puedan considerar como un despiece del contenido, una cosa cortita, vamos, que no se asuste nadie) lo he colocado en internet a disposición del que tenga curiosidad por ello. Es un archivo que se puede descargar (o simplemente ojear) en la siguiente dirección:

https://sites.google.com/site/sancamilo1936/

 Ah, y no dejéis de leerla, que si sois aficionados a la lectura no os vais a arrepentir. Hoy no se leen (ni se escriben) cosas como estas, y si se escriben, me da la impresión de que se quedan en algún disco duro, pues la mayor parte de las editoriales –en la actualidad– no están para fantasías sino para ganar dinero con libros de adorno y consumo pronto. (Aquí se podría añadir, ¡vivan los Marcial Lafuente Estefanía del tercer milenio!). ¡Qué ruina!, pero bueno, no iba a sustraerse el noble arte de contar historias al correr de los tiempos, y en este terreno, como en el de la música, también existen unos cuarenta criminales que marcan la pauta a iletrados y televidentes diversos.

(La foto que he puesto es la portada de una edición del año 2001 que hizo El Mundo y vendía con el periódico. La ilustración es de Cristina García Ganga).

 

Quien nunca haya estado en este lugar creerá que está en las antípodas, pues no es habitual encontrar por las cercanías (las cercanías y las antípodas de la casa de cada uno, me refiero) escenarios tan deslumbrantes. Y es que, en efecto, no falta casi nada. Los elementos que nos vende el sistema aparecen en todo su esplendor: el verano, por ejemplo, y sus cielos azules, o las aguas del mar y las arenas que las circundan; las personas que se arremolinan sobre ellas y a su disposición tienes botes y canoas y tablas de windsurf, y eso sin decir nada de la construcción que preside el cuadro y parece casi casi de cuento de hadas… ¿Habría que mencionar la terraza sobre la playa (con toldos rojos) que se ve a la izquierda? ¿Y el bosque…?

Para muchos de quienes nunca han estado ahí es uno de los paisajes soñados que proponen las agencias de viajes (aunque estos señuelos suelen ser caros y mentira, eso ya se dijo otras veces), pero este es real, y aunque sólo en ocasiones presenta este mayúsculo aspecto, existe. ¿Dónde está? Muy sencillo: está en Europa, en España, y más concretamente, en su costa norte; es la playa y el palacio de La Magdalena en la ciudad de Santander, y las aguas que se ven son las de su bahía. Esta ciudad es una plaza eminentemente turística, y se distingue por el permanente verdor de los campos (clima marítimo y atlántico) y la moderación de las temperaturas, puesto que raramente hace más de 25ºC o menos de 15, y eso durante todo el año.

 

Baño al atardecer

 

Aprovechando que decae el verano (ya se nota que el ocaso se presenta más temprano), coloco aquí esta foto, una de las de la estación que declina. Y aprovechando que pongo esta imagen (trucada hasta lo inverosímil, pues ni yo sé lo que he hecho durante alguna de las noches que nos han precedido), me largo uno de mis textos, que en esta ocasión es una de las múltiples escenas de el Viaje al verano. (Uno de los primeros libros que escribí, que data de 1996).

 

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Pablito clavó un clavito era un periodista del corazón más simple que un ser unidimensional y con peores ideas que un caimán del Caribe. Pablito clavó un clavito creía en la redención del género humano por los ordenadores, y tenía en la cabecera de la cama una foto del Reverendo Microondas, un broker significado. Gastaba chaqueta de cuadros y gafas de montura de titanio, y a sus escasos años ya se le adivinaba una alopecia importante. Pablito clavó un clavito paraba a veces por el establecimiento de Paco el negro, nadie sabía para qué. Cuando, una de aquellas veces, vio a Laura bailando en el bar, una noche en que por casualidad estaba allí antes de irse a acostar, primero se sobresaltó, y luego una luz, cosa rara, se encendió en su cerebro.

–(La próxima vez me traigo la cámara) –pensó, y eso fue lo que hizo.

Al día siguiente se colocó con pinzas una cámara de espía detrás de la corbata y se acercó a «El Paraíso Terrenal» a probar fortuna. Laura, aquella noche, no hizo acto de presencia porque estaba cenando en la suite amarilla con Tamara, que era una de sus preferidas, y un banquero.

Tamara, que era rubia, de un rubio pajizo, y tenía los ojos verdes, estaba como loca.

–Fíjate, ¡es como si tuviéramos una niña…! –le decía al banquero.

Éste no acababa de entender.

–Oye, pero que yo venía…

Tamara se levantaba de la silla a todo correr y le tapaba la boca con la mano.

–Para el carro, tritón…, que hay moros en la costa.

Laura, que se estaba metiendo entre pecho y espalda una perdiz a la souvaroff –rellena de foie-gras y trufas–, se divertía muchísimo con aquellas escenas.

–Otra vez, ¡házselo otra vez…!

El banquero estaba como acogotado. No había ni empezado su perdiz.

–¡Come! –le decía Laura–. Venga, ¡come…!

El banquero miraba alternativamente a Tamara y a Laura y no daba crédito a sus ojos. No entendía nada, pero nada, y Tamara se escandalizaba.

–Pero bueno, ¿es que a ti no te gustan las cosas nuevas?

(Al día siguiente, el banquero se lo contaba en el ascensor a su director general, mientras subían. «Si le digo a usted lo que me sucedió anoche…». El director general se interesó bastante. «¿Y dónde dice usted que hacen esos números?»).

Pablito clavó un clavito volvió la noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente…, pero Laura no aparecía nunca. Los de la puerta estaban bastante moscas.

–No sé qué demonios quiere ese tipo de la chaqueta de cuadros. Se sienta ahí, en la barra…

–Déjale, será un voyeur. Mientras pague…

Al fin, una noche, Laura pasó delante de él de la mano de Vanesa, que era una negra como de dos metros y vestida de cuero de pies a cabeza. Pablito clavó un clavito se puso tan nervioso que tapó el objetivo con las manos y las pocas fotos que pudo hacer no salieron en absoluto. Sin embargo, por pura casualidad, en una de ellas se adivinaba algo, algo se veía. Luego, convencido de que iba a ganar un montón de puntos, se la llevó a su director. El director, que ya tenía sus tablas, no se creyó ni una palabra.

–¿Y dices que esta foto es de una niña que trabaja en una casa de putas? ¡Venga ya!

–Señor director, por mis muertos…

–Mira, Pablito, ¿tú quieres que me quemen el periódico?

Pablito clavó un clavito no quería descubrir sus fuentes, pero su proverbial torpeza no le dejó otra alternativa.

–Pero, señor director, si lo he visto con mis propios ojos… ¡Si es en «El Paraíso Terrenal»…! ¡Y ya he ido catorce veces!

Al oír aquello el director aguzó el oído. ¿En «El Paraíso Terrenal»? ¡Vaya! ¿Cuánto tiempo hacía que no iba por allí…? Bueno, mientras la cosa se definía, podía encargar un trabajillo acerca de aquello a Pérez. Pérez sí que…

–Y óigame, Pérez, óigame bien… ¡Mucho cuidado!, ¿eh?, mucho cuidado, que ya sabe cómo las gasta esa gente.

Pérez, que era igualito que Humphrey Bogart, sólo que más bajo y bastante más feo, chasqueó los dedos y se tocó el ala del sombrero.

–Tranquilo, hefe, usté tranquilo…

A Pablito clavó un clavito, que tenía sus contactos en la capital del reino –en la figura de un colega, que en lo calvo y lo inútil era talmente como su hermano gemelo–, y convencido como estaba de que aquel asunto era de los de pelas, le faltó tiempo para enviarle la foto y añadir una nota de cuatro líneas.

La agencia de su colega, que se dedicaba no ya a materias del corazón, sino del recto, recibió la nota y la fotografía como una más de las muchas que llegaban al cabo del día. El director, que se pasaba la vida revisando noticias que sólo tenían interés para sus autores, bramaba.

–¡A la basura, envíelo usted a la basura!

El colega de Pablito clavó un clavito, que superficialmente tenía aspecto de no haber roto un plato en toda su vida, tampoco veía nada de particular en aquella historia, y mucho menos en la fotografía. Lo que a él le gustaba eran las noticias relacionadas con el bestialismo y, si podía ser, la coprofagia, y con las fotos bien detalladas. La pederastia, ¡estaba tan pasada de moda…! Sin embargo, por hacer bulto lo acabó metiendo en la lista del teletipo.

Lo que sucedió fue que a un periódico del otro extremo del país le falló un asunto de publicidad relacionado con unas pastillas milagrosas, y para rellenar el hueco lo metieron a última hora, de mala manera y como un suelto. ¡Qué cosas tiene la vida! A la mañana siguiente, aquel periódico del otro extremo del país decía en su página duodécima: «¡Una niña trabajando en una casa de putas!», con foto y a una columna. De ahí a una revista de ámbito nacional no hubo más que cuatro días. En la revista de ámbito nacional, además, figuraba la firma: «Texto y foto: Pablo de Borja Bermúdez».

Pablito clavó un clavito, que era gilipollas al cubo y ni por lo más remoto se enteraba de lo que sucedía a su alrededor, estaba muy orgulloso de su hazaña.

–¡Sí, hombre!, es que estas cosas hay que denunciarlas…

Luego, ya más sereno, añadía,

–Esto puede ser el principio de mi carrera –y lo decía a quien quisiera oírle.

Invitó a la peña con la que solía reunirse, y todos brindaron en la barra del bar por la carrera de aquel joven periodista del corazón de provincias…

Pablito clavó un clavito, del que ya decimos que no se enteraba de nada, se encontró, al salir del bar, con que alguien le había rajado las cuatro ruedas del coche. En la puerta del conductor, a media altura, grabado con una llave, o con una navaja, podía leerse: «No duermas». A Pablito clavó un clavito le dio tal ataque de histeria que acabaron viniendo hasta los guardias, y si no llega a ser porque los rezagados del bar le echaron una mano, aquella tarde hace merienda cena en comisaría en compañía del cabo yudoka. Luego cogió el dos y desapareció.

Pérez, por su parte, apareció una mañana flotando en el río, y el caso de la niña que trabajaba en una casa de complacencia se convirtió en «El misterioso asesinato del reportero Pérez», suficiente para un periódico modesto. El director, que había vendido treinta y cinco mil ejemplares extras de una tacada, no abrió la boca, pero el subsiguiente revuelo se lo llevó todo por delante. [...]

 

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Más cosas relacionadas con el verano: la foto que va a continuación, que habla por sí sola, y el siguiente enlace:

 

El verano (película de 1′ 03″)

 

Me ha dado por escribir una nueva historia. Esta no es como las anteriores, que o bien eran un refrito de artículos sin destino claro, o bien la narración de la vida de alguien; biografías noveladas… No; esta está a medias entre los documentales de TV y una solemne perorata sobre la evolución de la materia.

No de toda la evolución de la materia, pues para eso habría que remontarse al Big Bang, hace quince mil millones de años, pero sí de la materia viva en la Tierra. Baste decir que el primer capítulo está relatado por una flor que, junto a una cascada y hace quinientos millones de años, piensa…, o medita sobre lo que advierte en sus más inmediatos alrededores y lo cuenta…, y el último se llama Mutantes en la exosfera y está narrado por una chica que está a punto de salir de nuestro planeta en un viaje a los espacios siderales, lo que se podría fechar alrededor de 2050 o algo más.

Es, por tanto, una historia que se extiende durante los últimos quinientos millones de años, y por ella, aparte de flores y mutantes, desfilan australopitecos junto a un lago, nómadas en la llanura amarilla, fenicios en busca de minas de estaño o niños en la Venecia dieciochesca, y todo para llegar a la conclusión de siempre, es decir, que los humanos, que tan importantes nos creemos, somos únicamente eslabones de una cadena, la cadena de la evolución de la materia.

Una página de lo que se podría llamar Neandertales en la boca de una cueva figura a continuación. Está recién escrita, o sea que imagino que estará fatal, pero da igual; lo pongo por si alguien se enrolla con ello.

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Más tarde aún oscurece como si cayera la noche, y del oscuro dominio se desprenden misteriosas y fluctuantes luces, ora verdes y relampagueantes, ora erizados y fugaces destellos rojos o amarillos que se muestran acá y allá sobre la arbolada llanura y retumban con el fragoroso estruendo propio de los fenómenos eléctricos. Pocos son los capaces de soportar semejante visión, y la mayoría se refugia en lo más profundo de la gruta, vociferando, cubriéndose los ojos con las manos y esperando resignadamente el fin del mundo, pero los que desde la peña resisten la acometida de los elementos son testigos de un acontecimiento excepcional. Una deslumbrante luz, algo que los ciega por completo y los obliga a apartarse, acompañada del más estrepitoso ruido que jamás pudieron escuchar se despliega efímera y atronadoramente en sus más cercanas proximidades iluminando cuanto les rodea. Todos caen al suelo abatidos por la descarga, y durante un momento parece no suceder nada, fuera de los ecos del horrísono estruendo que los ha derribado, pero luego, cuando el fragor ha decrecido y se atreven a levantar la vista, con sorpresa observan cómo, poco a poco, algo se incendia allá abajo, en el oscuro sotobosque, y aparecen por doquier las luces y los humos delatores de lo que pronto será impetuoso fuego.

La conmoción que el suceso les ha producido es mayúscula, y durante algunos instantes permanecen aturdidos sin comprender lo acontecido, pero luego, cuando avivado por el fuerte viento el incendio prospera y algunos arbolillos comienzan a arder lanzando su acre humo hacia el cielo, de un brinco se ponen en pie, lo contemplan estupefactos, y al fin patalean y se contorsionan como aquejados de incontenible frenesí. La agitación se lee en sus caras, y los quejidos de terror son pronto sustituidos por alaridos de alegría que recorren el aire y anuncian a los demás el acontecimiento. Quienes se ocultaban en la cueva salen de ella y contemplan deslumbrados las incipientes llamas que les proporciona el azar, y cuando una cercana arboleda comienza a humear, y luego, contagiada por el incendio y el viento, se consume en gigantescas candeladas, algunos de ellos bajan corriendo y gritando por la ladera pese al huracán que aviva furiosamente las llamas, y cuando las alcanzan cabriolean y brincan alrededor de los árboles ardientes.

Los más atrevidos toman ramas llameantes y corren con ellas en las manos, mientras otros, arrebatados de una actividad extrema, comienzan a amontonarlas en la linde del bosque, en donde acaban por levantar una cuantiosa pira ante la que danzan durante largo rato. Cuando comienza a arder se postran ante ella sin osar levantar la mirada en clara actitud de veneración, pero luego gritan, la contemplan fijamente, parecen querer taladrarla, y al fin, arrodillados en el suelo, prorrumpen en apagados apóstrofes que le dirigen, imprecaciones de las que desconocemos por completo el significado.

Durante toda la tarde el bosque se quema como una enorme tea atizada por el furor del viento huracanado…

 

Como ya he escrito muchas novelas, el otro día hice un inventario de los personajes.  Me salieron muchísimos, en vista de lo cual abrí una página y coloqué en ellos a los más sobresalientes. De algunos he puesto sus retratos, y pese a que cada cual se imagina sus caras de una manera (al leer el libro, me refiero), he dado aquí mi particular punto de vista sobre la cuestión. Muchas de estas fotos las tuve delante mientras escribía, y supongo que algo habrá quedado de tales imágenes en la escritura.

El enlace para ver esta página, “Personajes de mis novelas”, es el siguiente:

https://sites.google.com/site/personajesdemisnovelas/

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Sobre estas líneas se puede ver a Nastasia y a Crucita, dos hermanas que se llevan veinte años y cuentan su vida con toda clase de pormenores en las novelas llamadas “La efímera vida de Nastasia” y “Crucita y yo”.

Este es un trozo del último libro de las memorias de Juan Evangelista, personaje de mis novelas que vivió trescientos años y del que ya he hablado mucho en este y otros blogs. En estas líneas se cuenta algo de lo sucedido a finales del siglo XIX, cuando, casado con una lebaniega, ella contrajo una tuberculosis, enfermedad entonces incurable. Esta página dice así:

Mi mujer de aquellos tiempos, Elvira, la Diosa razón, pese a nuestros esfuerzos no mejoraba de su crónica enfermedad, como no mejoraba nadie que contrajera tan terrible mal, para el que entonces no existía cura. Ella intuía un trágico desenlace, y aunque no solía hablar de ello, se aferró a la idea de contemplar la llegada del nuevo siglo, término que daba por bueno, como así sucedió.

Llegó el año 1901, y con él las celebraciones que son de rigor en nuestra vieja sociedad. Pasamos aquellas fiestas con los abuelos en la casa de Santander, y aunque Elvira precisaba muchos cuidados, ello no nos impidió celebrarlas como en ocasiones anteriores, con la abuela y sus artes delante de los fogones. La noche en que iba a amanecer el nuevo siglo preparamos todo cuidadosamente, y habiendo dejado acostados a los abuelos y al niño, como si estuviéramos haciendo algo prohibido abordamos un coche que nos esperaba en la calle y nos dirigimos a las playas, al otro lado de la ciudad, y desde la ribera, aquellas dunas llenas de juncos que miraban hacia el este, esperamos entre las mantas a que saliera el sol, suceso que hizo llorar silenciosamente a Elvira…

Cuando llegó la primavera y parecía que sus males remitían, aun de forma momentánea, un nuevo empeoramiento nos obligó a volver a la ciudad, y allí sucedió lo inevitable. Nunca he olvidado la primavera de 1901, la primera del siglo, porque durante ella Elvira murió en el hospital, y entre mis brazos. Mientras transcurrían las últimas semanas mantuvimos largas conversaciones, coloquios que de nuevo me dieron indicios sobre cuanto guardaba en la cabeza, que era mucho más de lo que aparentaba, y como yo no solía saber qué añadir a sus palabras, ni qué argumentos emplear para darle ánimos, ella finalizaba con consideraciones que me dejaban absorto.

–No digas nada, porque no me importa morir. Lo que tenía que hacer, lo hice, y creo que bien, y Pedrín y tú os quedáis para recordarme. Yo he conocido el nuevo siglo, y siento que no puedo pasar de este lugar. Los tiempos que vendrán serán mejores, y no habrá mujeres a las que obliguen a casarse contra su voluntad, aunque a mí los Hados me vinieran de cara. Sí, todos habéis sido muy buenos conmigo, y estoy contenta por ello, aunque sé que el fin está cerca…

Elvira, mi Diosa razón de aquellos tiempos, la mujer que me dio asilo como consecuencia de sucesos que nunca hubiera podido imaginar, murió mansamente una noche de abril. Yo estaba sentado en el borde de su cama, contemplándola, y de repente despertó del ensueño que le procuraban las medicinas. Se irguió repentinamente y dijo,

–Ven…

La abracé como si quisiera retenerla en este mundo, pero en seguida me di cuenta de que era tarde. Elvira respiró por última vez y se desmadejó lentamente, y me encontré sosteniendo un cuerpo del que al fin había huido el último vestigio de esa fuerza que llamamos vida. Nada latía en su ser, y su cara iba poco a poco tomando el color de la cera… Luego la coloqué cuidadosamente sobre las almohadas y me puse en pie, y allí, ante su cuerpo transformado, durante largo rato dejé que transcurrieran los minutos sin pensar en nada. Al cabo me senté en el sillón que había enfrente, el sillón desde el que tantas horas había pasado contemplándola, y observé que en su cara comenzaba a pintarse la paz que en los últimos meses la había abandonado, lejos del rictus que la ensombreció durante los tiempos que entonces y de manera abrupta finalizaban. Sin poder dejar de mirarla, con la manos cruzadas y el gesto crispado dije para mí,

–Elvira, Ramona Elvira que me quisiste sin yo merecerlo, novio viejo que te dio el Destino…, te has ido como antes se fueron tantos…

… pero nadie podía contestarme, y sólo el runrún de mi cabeza me respondió con aquellas palabras que innúmeras veces oí y decían,

–Una vez más, Juan Evangelista, que de nuevo lo eres porque aquí se acaba esta comedia, estás solo. Tienes al niño, pero él crecerá y correrá a vivir su vida; a ti te toca continuar la travesía. ¿Cuántos años te quedan y cuánta gente se cruzará desde ahora en tu camino? Sin duda que mucha, como siempre sucedió…, y allá nos veremos.

Enterramos a Elvira en el pueblo, y advertí que la tristeza se había extendido a los vecinos, tal había sido su predicamento en aquella cerrada sociedad. Pedrín fue quien más sintió lo sucedido, y durante meses se encerró en un mutismo del que resultaba difícil sacarle. Don Ambrosio y yo hicimos lo posible por distraerle, llevándole a cuanto lugar se nos ocurrió, y éste, un día, me contó que mi hijo había decidido ingresar en un seminario.

–Créame que yo no he influido en ningún aspecto –me dijo con cierto aire de disculpa–, pero me ha parecido que usted debería saberlo. ¿Qué le parece la idea? Es buena carrera para un chico, y Pedrín seguramente la hará, pues tiene disposiciones para ello. Además, ¡cómo oponerse a una vocación…! Dígale algo, si le parece bien, pues después de lo de su madre se ha quedado muy alicaído.

… y yo hice como decía mi amigo el cura, que amigo fue durante aquellos tiempos, y de los buenos, y aprovechando que llegaba el verano, el primer verano del siglo XX, y que en el pueblo todos nos miraban como a damnificados, en su compañía me trasladé a las playas asturianas que tanto gustaban a su madre, lugar en el que permanecimos dos meses.

Él se mostró taciturno y ensimismado, pese a estar allí, en aquel lugar al que tantas veces habíamos ido, pero observé que encontraba enorme placer en sumergirse en el mar, a lo que le habíamos habituado desde pequeño, y en escuchar mis historias de tiempos anteriores, lugares distantes en los que antaño viví y de los que tanto podía contar, y de verdad que en ocasiones logré interesarle pues por un momento olvidaba sus sombrías evocaciones, e incluso una vez, tras escucharme atentamente, con los ojos brillantes, suma exaltación e insospechado entusiasmo, dijo,

–Sí, yo también viajaré a países lejanos…

… aunque luego, inapelablemente, le volvía la morriña, pues, como yo bien sabía, su preferida era su madre, que ya no estaba…

Una de aquellas tardes, esperando en una terraza de la playa a que regresara, pues aprovechaba para bañarse hasta última hora, me entretuve observando la puesta de sol. El astro rey se ocultaba tras el desusadamente límpido horizonte marino, lo que allí resultaba difícil de observar, porque estos lugares, como es lógico, son húmedos y brumosos y el vapor de agua enturbia la atmósfera… Sin embargo, aquel día, al lado de la botella de vino vi ponerse el sol por el mar, justo por el mar, y el tránsito fue claro y preciso. El espectáculo resultó admirable, tan admirable como cuando de joven me había complacido en observar idéntico cuadro desde las cumbres de los majestuosos Andes…, y allí, sentado en la desierta terraza de madera de aquel establecimiento anónimo y disfrutando del crepúsculo que siguió, caí de repente en la cuenta de que todo había acabado y estaba obligado a comenzar una nueva vida…

Una vez más había descendido el telón…

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Nota final: dada la enorme cantidad de aventuras que se narran en los libros sobre la vida de este personaje (son 1200 páginas), quizá resulte desconcertante leer un trozo suelto, así, sin más, pues todo tiene su antecedente, pero qué le vamos a hacer, pues no puedo poner estas cosas de otra manera. De todas formas, y para mayor información, puede verse el enlace anterior, en donde quizás se aclaren algunos puntos.

 

Después de darle muchas vueltas (y lo que queda, pues falta muchísimo retoque) he colocado una página nueva en internet. Se trata de una recopilación de fotos hechas por mi abuelo, mi padre y yo. Entre los tres cubrimos el siglo entero, y me ha parecido que a alguien podría interesarle verlas. A guisa de explicación, copio alguna cosa que allí se dice:

Estas fotos no son nada del otro mundo (no aparecen en ellas personajes famosos, ni las situaciones que pintan han pasado a la historia), sino que más bien se trata de una recopilación de fotografías cotidianas (podríamos decirlo así) que describen unos tiempos en que semejante afición no era tan común como lo es hoy. Me imagino, sin embargo, que pese a su fragmentario estado y enormes lagunas, constituyen un mínimo retrato de cómo, en líneas generales, fueron las cosas durante los años que digo, algunos ya muy lejanos (etc.).


El enlace para verlo es:

El siglo XX español en fotos

Esta es la chica (o la situación) en la que continuamente estamos todos pensando. A ello ayuda bastante el paisaje, claro es, y el ambientillo que se adivina bajo las sales de plata, porque, al igual que sucede con las novelas que molan (en general las antiguas, puesto que las modernas no participan de tales habilidades), es bastante más transparente y descriptivo lo que se insinúa que lo que se dice. A menudo sucede, en esto de los retratos, que no es preciso enseñar la cara de nadie para que todo el mundo entienda lo que tiene que entender.

La foto está hecha en Mojácar, provincia de Almería, durante un mes de abril, en una de esas excursiones que a veces se llevan a cabo y en las que todo parece salir redondo.

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