Lo que sigue es un trozo de Europa barroca, una de las novelas que escribí hace ya tiempo. Es una novela bastante larga y de la que nunca he sabido si se llama como he dicho o más bien La aventura de las luces azules, pero el caso es que hay una parte (muy cerca del principio) que lleva precisamente por título Niños en noche de Reyes, y me ha parecido que es el momento de ponerlo por aquí a ver si a alguien se le ocurre echarle una ojeada. El trozo completo es más largo, pero tampoco hay que exagerar.
————————————-
[...]
La noche de Reyes también dormíamos en casa de la abuela, pero los últimos años, Claudia, que era muy mayor, ya no iba. La abuela se las veía y deseaba para explicarnos a los demás por qué Claudia no iba, aunque se inventó algunas historias muy curiosas, y luego fue el Cacho el que dejó de ir.
La noche de Reyes era una noche mágica en la que había que hacer ciertos preparativos, para los que la abuela se daba mucha maña.
–En un caldero se deja agua, para que beban los camellos, y en una mesa, turrón, para los Reyes.
Antes de irnos a dormir teníamos que colocar los zapatos, cada uno el suyo, en lugares estratégicos del salón, el salón del piano, que era la habitación más grande de la casa, un cuarto forrado de raso de colores y espejos y que raramente se abría, sólo en las fiestas.
Mi prima Anita y yo, los pequeños, éramos ayudados en aquellos menesteres por la abuela, los tíos, los jefes y las chachas, que eran quienes más disfrutaban con toda aquella historia, y nos hacían colocarlos en los mejores lugares.
–Ponlo aquí; esto está al lado del balcón y los Reyes entran por él; ya lo verás.
Nosotros debimos de ser de los últimos que hicimos estas cosas, pues ya por entonces tales celebraciones llevaban tiempo siendo sustituidas por otras parecidas y novedosas como la de Papá Noel. A mí, Papá Noel, no es que no me gustara, pero su escenografía no se podía comparar con la de los Reyes Magos. Ellos eran tres y llevaban séquitos, cabalgaban sobre camellos y elefantes y venían de países en donde crecían palmeras. Además, en su cielo, que era un cielo limpio y lleno de constelaciones refulgentes, un cielo propio de lugares secos y cálidos, brillaba una estrella con cola, una estrella que los guiaba y de la que hay quien dice que era el cometa de Halley en una de sus periódicas apariciones. Comparar todo esto con las estepas heladas, unos renos, un trineo y un gordo vestido de rojo, no tiene mucho sentido desde el punto de vista de un niño.
Los Reyes, como es de imaginar, en casa de la abuela se portaban harto generosamente. Cuando por la mañana del día 6 se abría la puerta y nos dejaban entrar en el salón grande –ceremonia que era preparada por la abuela con precisión militar–, aparecía todo el suelo sembrado de paquetes envueltos en papeles de colores, aquello era una auténtica exageración. En los lugares destinados a las personas mayores, en la pared del fondo, aún se podía advertir cierta moderación en el volumen y número de los envoltorios, pero en nuestra parte, la de los niños, los montones llegaban casi hasta el techo. [...]
————————————-
La foto está hecha en el Belén gigante que ponían (no sé si lo siguen poniendo) en El Escorial, en mitad del pueblo. Si no lo habéis visto nunca, os recomiendo que vayáis a verlo.
