Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Uncategorized’ Category

el viaje del morisco 1,2 500

Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este…–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?).

Sea como fuere, pongo hoy este trozo que se podría datar en la primavera del año 2041, pues es esta una historia que sucede durante dos épocas diferentes: la transición del siglo XVI al XVII y los años 40 del siglo que nos contiene.

Lo que sigue sucede durante un atardecer en un muelle industrial de Ucrania, seguramente a orillas del Ponto Euxino.

————————————————

Estoy en el puerto esperando a que vengan a buscarme, es un puerto industrial y sucio a orillas del mar Negro, con los zapatos trituro restos de carbón al caminar, carbón entre charcos, y observo que cierran las naves con estrépito de portones metálicos. He salido de un bar oscuro, la televisión vociferaba pero aún lo hacían más los parroquianos, ha acabado la semana y estos seres rubios y desaseados, gente joven que tiene dinero en el bolsillo y pocas ganas de volver a casa, se comunican en un idioma incomprensible, el de Ivana. Busco otro establecimiento, aunque tanto me da pues seguramente encontraré un lugar parecido, caras nuevas y a medio tiznar, miradas desencajadas por el temprano vodka, pero aquí cuentan sobre todo las carreras de motos, hay un chico de este país que es campeón del mundo y esta tarde compite en un lugar lejano, ¿es Malasia?, sí, o si no será Brasil o cualquier otro punto del vasto planeta, allí se enfrenta a sus rivales, la suerte será sólo para uno, pero poco importa porque la temporada es larga y la técnica hará justicia. ¿La técnica o las componendas? En todas partes cuecen habas, y los deportes no son tales sino amaños de las respectivas corporaciones de apuestas.

 

En el aeropuerto, más allá de las barreras que sólo franqueamos los pasajeros, se me ha acercado un policía y en un extraño inglés me ha dicho, venga conmigo, por favor. Le he seguido hasta una sala en la que esperaba un individuo con un grueso mostacho y vestido como yo, al que he entregado la abultada cartera que llevaba, y en seguida ha salido. Luego el policía me ha dicho, dentro de un momento le llevaremos a los muelles. Espere allí a que le llamen; verá que hay muchos bares abiertos, pues hoy es viernes…, y en la pausa que ha seguido he aprovechado para arrancarme el bigote. El policía sonríe…

 

Ya lo he encontrado. Parpadeantes letreros de neón de colores vivos lo denuncian, y en el interior hay chicas rubias y jóvenes detrás de la barra, se dirigen a ti como si te conocieran de toda la vida y en su incomprensible idioma te proponen el pacto del diablo, beer, please…, ьира…, y bebo rodeado por la muchedumbre, no es muy diferente este lugar de los que frecuenté hace una semana, cuando estos días pasados he estado en Londres, porque he estado allí. Hacía tiempo que no iba a esa ciudad y mi estancia ha sido corta, sólo un viaje de ida y vuelta o poco más, hay que amarrar los detalles y despistar a los mirones, varios enlaces que cogí por poco, el billete en el bolsillo y algún topo en el avión ucraniano, ¿quién será?, quizá esa señora o quizá ese que simula dormir, aquí no es difícil fiscalizar al pasaje porque las distancias son cortas, este no es un avión transoceánico lleno de orientales legañosos que llevan dos días de viaje, ¡ah, la Alhambra…!, dicen, ¡y esa Sevilla y ese Toledo…!, pero todo ha salido bien, al menos en apariencia, y en la capital de mi nación aproveché para pasear por lugares que conocí de joven, ahora iré a Portobello, ¿existirán aún las librerías que conocí antaño?, ¿y los pubs…?, algunos estaban allí, sí, y otros habían desaparecido, pero aquellos a los que entré habían sufrido reformas que los volvían irreconocibles, quince años son muchos y todo cambia de continuo, las mujeres envejecen…, ¿y los hombres?, en uno de aquellos lugares tuve un amigo cuando era joven y acababa de salir de la Academia, yo entonces iba con mi chica, él era el dueño de uno de los establecimientos y nos invitaba a las cervezas, no sé por qué, quizá se debiera a que Alison era guapa, rubia y sonriente y con los ojos azules, era jovencita y nos reímos mucho con sus cosas, estudiaba cocina internacional, la comida es lo más importante, ya, ya lo sé, ¿quieres trabajar aquí?, a lo mejor prosperaba si servía comidas en vez de bebidas, luego todo cambió y yo me fui de allí, a mi amigo no le volví a ver y ahora me han dicho que ha muerto, ¿se habrá muerto ella también?, no, estará cuidando niños en el campo y se habrá olvidado de mí como yo me olvidé de ella, la he recordado porque he estado en Londres…, y también hablé con Rebeca desde uno de aquellos muelles del Támesis, dame una semana más, le dije, haz lo que puedas, pero esta va ser la aventura de mi vida y no voy a dejarla pasar, cuando vuelva ya os contaré, y ella se va a portar, o eso creo.

Ahora estoy también en un muelle, un muelle oscuro, la noche cae y paseo por él, espero, y he bebido tanta cerveza que las facciones de Ivana surgen tras las inmóviles grúas y las nubes que van y vienen, ¿por qué las veo?, es misteriosa esta querencia de la mente pues lo mismo me sucedió en Londres, allí me sorprendí deseando volver…, y es que no tenemos arreglo. No importa que ella sea la mujer de tu amigo, anida en tu cabeza y surge donde menos te lo esperas, son muy traidoras las pasiones y te obligan a intentar burlar a quien quieres, aunque todos nos damos cuenta, unos hacemos como que no lo vemos, ¿no lo ves?, pues resulta evidente, y el resto mira hacia otro lado y escupe con sorna, me da igual, cada cual es cada cual, además, yo hago lo propio, todos lo hacemos, y quien esté libre de pecado…, pero en seguida me distraigo pues más allá de los barcos negros y humeantes emerge el creciente lunar, sucede durante el atardecer, el cielo está limpio y oscuro y el sol se ha ocultado, y tras las negras máquinas del puerto aparece esa línea curva de la que hablan las leyendas árabes, ¿son árabes?, creo que sí, en Arabia la pintan tras las palmeras de los oasis, luna tenue y recortada y precursora de la noche profunda que persigue al sol…

Al fin zumba el teléfono que tengo en el bolsillo y respondo cuatro palabras. En seguida llegarán aquellos a quienes aguardo, y entre ellos espero hallar alguna cara conocida.

Read Full Post »

… de Segovia, naturalmente, ciudad castellana.

La primera de las fotos describe la iglesia de la Vera Cruz, en las afueras de esta ciudad

segovia vera cruz 2137-19 800 2

… y la segunda es una vista general del caserío y su coronación, la catedral; al fondo se ve la sierra de Guadarrama.

 

segovia - rimg1459 recorte mej col 900 pix

No cabe duda de que este lugar, la torre del alcázar, es un lugar magnífico para hacer fotos, y también, según dicen, para contemplar las puestas de sol, cuyo colorido tiene fama.

 

Read Full Post »

mapa provincia sant con trasmiera

En la esquina nordeste de la provincia de Santander, entre la bahía de esta ciudad y la ría de Oriñón, se encuentra la renombrada región a la que desde muy antiguo (quizá desde el siglo VIII o IX) se conoce como Trasmiera, nombre que equivale a más allá del Miera, río que la delimita por el oeste, según se puede observar en el mapa adjunto.

Es esta una demarcación de verdes y húmedos campos, buena productora de hortalizas (pimientos, alubias) y antaño sede de las mejores ganaderías de vacas frisonas que hubo en este país, cuyos ejemplares ganaban todos los concursos que se celebraban en lo que durante años fueron Ferias del campo, acontecimientos que tenían lugar en Madrid.

Hoy no queda ni traza de aquello, pues nuestra entrada en la Comunidad Europea trajo numerosos quebrantos, como el capricho de franceses y otros europeos de quedarse en exclusiva con el negocio de la leche, pero subsisten el paisaje y las glorias pasadas, y se me ha ocurrido ilustrarlo con unas cuantas fotos que van aquí debajo.

Quien tenga ocasión de visitarlo comprobará que no ha perdido el tiempo, por lo bonito que es, aunque pocas vacas va a encontrar…

iglesia de santa mª de bareyo - capitel de vaca RIMG47632

Exif_JPEG_PICTURE

casa en Entrambasguas RIMG54254

casa en La Cavada RIMG53760

 

Read Full Post »

el viaje del morisco 1,2 500

Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?). Sea como fuere, y como de él aún no he colocado nada en internet, para remediar semejante olvido pongo hoy este trozo que sucede en 1601, primer año del siglo XVII, cuando el protagonista del relato (uno de ellos, Juan de Cádiz, morisco converso) sale de la cárcel de la Inquisición en Sanlúcar de Barrameda y es llevado a una fiesta para celebrarlo.

———————————————————

Una de aquellas mañanas, cuando llevaba cerca de un mes en mi encierro, se presentaron dos alguaciles precedidos por el carcelero, quien me dijo,

–Prepárese su merced, que le esperan.

Entre aquellos dos individuos barbados, consumidos y vestidos de negro, descendí un tramo de escaleras y recorrí las galerías altas, a modo de claustro, por las que me condujeron. El edificio había sido seguramente en tiempos convento, pero a la sazón se adivinaba la incuria de sus poseedores, pues por todas partes se advertían desconchones, agujeros en las cubiertas y suelos malamente parcheados. En el extremo del corredor había una puerta de marco historiado, y en ella golpearon. Uno de ellos entró, y en seguida salió y dijo,

–Pase.

Crucé la cancela preguntándome a qué me enfrentaba, y me encontré en el extremo de una enorme, larga y desnuda habitación, cuyas paredes estaban ocultas por cortinajes rojizos, seguramente para enmascarar su mal estado. Al fondo había una gran mesa sobre un estrado, y a su alrededor varias sillas y sillones, algunos tapizados con terciopelo oscuro. En ellas se sentaban dos personas, que levantaron la cabeza cuando me vieron.

–Pase, pase por aquí, señor don Juan, y no se apure, que aquí no nos comemos a nadie –dijo uno de ellos con voz melosa, un obeso individuo que al parecer era quien llevaba la voz cantante.

Mientras avanzaba sobre la raída alfombra vi un enorme Cristo crucificado que desde un pedestal presidía la habitación y parecía seguirme con la mirada, y cuando estuve ante la mesa, encogido, como es de rigor, observé que el prelado, pues tal parecía por su indumentaria y la teja con que se cubría, era aún más grueso de lo que parecía desde el extremo opuesto de la habitación. Usaba anteojos, se cubría con una sobrepelliz y, por su luengo narigón, se le adivinaba procedencia judía, un converso elevado a la judicatura en el absurdo y nunca estipulado devenir de los negocios mundanos. Del otro, asimismo revestido de ropas talares, sólo podría decir que, quizá debido al frío, se cubría con un ridículo gorro que me recordó a los que usaba Fátima para dormir.

Ante la mesa había dos reclinatorios, y el procurador, tras contemplarme largamente, se levantó de su asiento con dificultad y ocupó uno de ellos.

–¿Sabe su merced rezar?

–Sí, señor.

–Pues bien, arrodíllese conmigo, humillemos nuestra cerviz ante el Señor y oremos.

Yo me apresuré a acompañarle, y durante un momento rezamos pidiendo perdón a Dios por nuestros muchos pecados, a lo que procuré contestar con tino…, pero pasaré por alto semejante ceremonia pues me resultó hipócrita hasta el extremo, dado que una de las alusiones más invocadas fue a la gula.

Tras aquella pausa, él, renqueante, ocupó de nuevo su sitial.

–Siéntese.

(Has sabido capear los temporales del mundo –pensé mientras lo hacía–, analfabeto dedicado a husmear en los entresijos de las personas, difícil tarea, pues hay que manejar los hilos de muchos espías. A unos los pagas y a otros no, y nunca sabes quiénes son los que te engañan, tienes que adivinarlo, pero vosotros lo conseguís, rara destreza producida por hartos años de experiencia) –aunque me libré muy bien de abrir la boca.

El personaje principal extendió un grueso cartapacio sobre la mesa y hojeó algunas páginas, y con el rabillo del ojo observé que el escribano me contemplaba con una sonrisilla maligna pintada en el rostro.

–Tenemos los mejores informes sobre su merced –principió el prelado–, pero precisamos detalles que sólo quien tiene trato con el acusado puede conocer.

Yo asentí con premura.

–Señor Juan de Cádiz –me preguntó–, ¿cuál era su nombre anterior?

–Abenasar.

Aquel individuo, togado por su arrimo a los poderosos, me contempló despacio.

–¿Sigue usándolo?

–No; su excelencia debe saberlo.

Hubo un nuevo pasar de páginas, y al fin, observándome agudamente, preguntó,

–¿Sabe su merced que la madre de su criado Sebastián fue condenada a la hoguera por bruja?

Yo negué con la cabeza y el prelado extrajo varios folios del expediente.

–Aquí constan los datos. En el año de…, y en la ciudad de Salamanca…, habiendo encontrado sonajas hechas con huesos de muertos en poder de la encausada… ¿Cuánto tiempo hace que le conoce?

–Diez o más años.

–¿Sabe su merced a qué se dedicaba antes?

–Tengo entendido que administraba rentas de un noble de Sevilla.

–¿Y antes?

–No lo sé.

De parecido tenor, e incluso con más intrincados y confusos términos continuó aquella conversación durante buena parte de la mañana, mientras el escribano, notario de secreto, tocado con su ridículo gorro de dormir y desde el otro extremo de la mesa anotaba cuanto decíamos…, pero no haré aquí mención de ello pues no se dijo nada de sustancia y lo he olvidado por completo. Poco me interesan los circunloquios y ambigüedades de quienes sacan provecho de la vana retórica, asignatura muy en boga en nuestros días y de la que nos libre el diablo, y así finalizaré con una sucinta relación de lo último que recuerdo, como fue el declamar con horrísona voz la Relación de los Autos, discurso a que se sintió obligado el procurador fiscal, pues en ello se cifraba su sueldo, y del que aún conservo retazos: Nos, los inquisidores…, fiel y diligentemente y con todo secreto, cuidado y solicitud, damos en decir que haréis y cumpliréis lo que por Nos será encomendado

Poco más hube de esperar en mi encierro, pues dos días después, con la caída de la tarde, preludiado por ruidos que no eran habituales a aquellas horas, se abrió la puerta y pude ver cómo don Joaquín, a quien en permanente reverencia seguía Mocejón, penetraba en la habitación y dedicaba un momento a contemplarla.

–De forma que es en este lugar donde le han tenido preso… –dijo al fin mirándome–. Bien, bien…

Yo le observé preguntándome si no sería aquel espectro parte del sueño.

–Pero ¿qué ha hecho usted, hombre de Dios? No se imagina la cantidad de vueltas que he tenido que dar para abrir esta puerta… –y como continuara contemplándole atónito, exclamó,

–¿A qué espera? ¿Cree que he venido para departir con su merced…? No, está usted libre, y espero que sea por bastante tiempo.

Mocejón, cejijunto, con un papel en la mano agachó la cabeza, que era su forma de asentir, y yo me apresuré a doblar los pliegos que había sobre la mesa, todo cuanto había escrito y dibujado durante aquellas semanas, hacer un rollo con ellos y embutírmelo bajo la camisa.

–Sentiré dejar de ver a su eminencia en esta su casa –dije con intención–, pero las circunstancias obligan. Cuídese, mi amigo, y no olvide que estoy libre –y tras una estudiada reverencia emprendí el camino tras don Joaquín, que abría la marcha.

Descendí las escaleras a grandes zancadas, pues mi urgencia por salir a la calle era grande, y cuando traspuse el principal portón de aquel antiguo y ruinoso edificio, ya sobre la calzada, respiré con todas mis fuerzas. En seguida llegó a mi lado don Joaquín, que se reía.

–Buenas me las ha hecho su merced pasar… ¿Cómo es posible que se haya dejado manchar por semejante albur?

–Su señoría lo sabrá, que lo sabe todo.

–Sí, y dé gracias a que tengo muchos amigos… Hay que tener amigos en todas partes, entérese, incluso en el infierno; o sobre todo, en el infierno. ¿Qué tal le han tratado?

–Ya su merced lo ha visto, don Joaquín. El alcaide, ese tosco individuo, comía en mi mano, actitud de la que no me cabe duda que ha sido alimentada por los dineros que le han llegado de donde no imaginaba. ¿Sabe su merced algo de esto? –y don Joaquín se rió.

–¿No iba a saberlo? Hace casi un mes que conferencio con su mujer. Tiene usted suerte de tener esa joya en casa…, pero, en fin, esto ha acabado, y ahora querrá su merced ver mundo tras este retiro…

En la calle había gente armada a caballo y una carroza con cuatro mulas.

–Su merced primero –y yo subí.

–Se lo agradezco.

–No me agradezca nada que tenemos muchos asuntos pendientes –y sacando la cabeza por la ventana del coche gritó,

–¡Vámonos de aquí!

En nada paré mientes cuando, por ruidosos caminos carreteros, nos encaminamos a Dios sabría dónde.

–¿Adónde vamos?

–No tema nada vuesa merced, que no le sorprenderá lo que encuentre –y cuando el chirriar de los ejes y el vino de la bota que don Joaquín me alargó me devolvieron a la vida anterior, una idea llegó a mi cabeza.

–¿Dónde está Sebastián? –y don Joaquín me miró sin mover un músculo.

–No he conseguido que le suelten, pues me han dicho que sobre él pesan cargos importantes. Pero ahora que está usted libre, podrá ocuparse de ello.

Al fin, tras una hora de traqueteo, accedimos a algún suburbio, pues el sonido de las ruedas del carro en el escaso empedrado así lo denunciaba.

–Ya estamos.

De aquella fachada oscura surgieron tres seres que al pronto no reconocí, del embozo que llevaban. Uno de ellos era Esteban, y al verle, sobresaltado le pregunté,

–¿Y en casa…?

–Todo bien, señor.

–Bueno, luego hablaremos de eso –y de allí dejé que Bartolomé y Pedro Salinas me abrazaran.

–¿No te lo decía yo? –voceó el primero–. ¡Esto iba a acabar bien…!

–Sí, pero no con tus métodos.

Entramos en la casa precedidos por don Joaquín, a quien el mayordomo que nos recibió hizo sumas reverencias, y de allí nos hicieron subir al piso superior, en el que había mucha gente y mucho ruido, lámparas encendidas en todos los rincones, música y un tufillo que no supe a qué atribuir.

–Vamos a cenar algo bueno –dijo don Joaquín, y en una de las habitaciones, cuyas paredes se presentaban decoradas con jeroglíficos de los libros sagrados, nos instalamos alrededor de una mesa baja.

Allí se celebraba una fiesta, que no otra cosa se podía deducir del tumulto y las carcajadas que nos llegaban desde los aposentos vecinos, y varios criados nos sirvieron como a invitados preferentes. Trajeron cordero, pasteles de verdura, panecillos recién horneados, de lo que comimos con ganas y buen humor, aunque a mí me parecía habitar en una nube…, y para finalizar unas tortas de almendras a las que llamaron quebrantahuesos. ¡Ay!, que aquello me llevó de vuelta a mis tiempos anteriores, pues en cuanto intenté probarlas supe cuál era la causa de los males que durante tanto tiempo me habían aquejado, aquello de la dentadura que me traía a mal traer y con el barbero había consultado, puesto que en la prisión no se estilaban tales finezas y me había olvidado de ello por completo.

–¡Diablos…!

–¿Qué sucede? –y yo me reí y aparté lejos el plato que tenía ante mí.

–Nada que su merced pueda entender, señor Bartolomé, que mejor es la nalga de puerco que estas porquerías destructoras de dientes y muelas. Todo sea… –y me contuve y concluí– por la salud.

Cuando acabamos don Joaquín dijo,

–Quizá sea el momento de unirse a la fiesta, pues tengo que saludar a algunos conocidos. ¿Me acompañan?

En la gran habitación vecina, que por varios pórticos se abría a los aires de la oscura noche, el tumulto era extraordinario. Aquí y allá se observaban grupos sedentes de personas mayores, unos gordos, otros flacos, extranjeros, berberiscos, nacionales…, los de allá vestidos a la morisca y los de acá a la castellana, pero todos riendo, hablando animadamente, cuando no gritando, y empinando sin sosiego vasos y copas. Una densa humareda impedía ver con claridad lo que sucedía en el fondo de la sala, y algunos chicos y chicas, ligeros de ropa, iban y venían entre las mesas llevando y retirando platos y fuentes.

Nos acomodaron en una mesa esquinera y al punto nos trajeron dulces, velones, copas y botellas. Don Joaquín se excusó y se dirigió al lugar que ocupaba uno de los grupos, en donde se sentó, y de inmediato colocaron sobre nuestra mesa un narguile.

–Un día es un día –dijo Bartolomé brindándome la boquilla–, y aunque sé que su merced no es partidario de semejantes expansiones, creo que las circunstancias son tan excepcionales que no me rechazará este placer.

Yo dudé, pero ¡qué diablos!, las palabras de mi amigo me convencieron y me dije, ¿por qué no?, tras estos días de retiro no me vendrá mal sobrepasar las puertas del Paraíso, o intentarlo, y que sea lo que Dios quiera.

Tomé lo que me ofrecía, que desde mis años jóvenes no había vuelto a probar, y aspiré hondamente los vapores del cáñamo, tan alejados de los que procuraban aquellos chicotes que venían de Las Indias y todo el mundo utilizaba con fruición.

Fumamos, y en seguida comencé a sentir los efectos que recordaba. No me extrañó el griterío que, confundido con la música, llenaba la gran estancia, ni el humo que en volutas sin fin subía hacia los adornados techos, ni los ojos enrojecidos de nuestros vecinos, algunos con el curvo puñal en la cintura, y la sonrisa, quizás estúpida, entre los dientes…

Pronto, como digo, comencé a tener visiones… ¿Eran aquellas visiones, o lo fueron las de días anteriores? Por mi desacostumbrada percepción atropelladamente penetraban los gritos, las músicas, las sonrisas, las palabras, los hedores de la multitud, las chicas que entre los asistentes bailaban y daban saltos desacompasados…, personas de desencajadas faces en las mesas de alrededor y risas de borrachos…

Aún hube de ver más desde el mullido asiento, como los tragafuegos que luego hicieron aparición, las beldades que raudas desfilaron provocando a los presentes con la miel que portaban en labios y manos, y el recitador que con el laúd en la espalda requirió silencio para declamar,

… que no hay cazuela,

relleno ni jigote,

 inglesas tortas ni pastel en bote,

mondongo, manjar blanco, almondiguillas,

chorizos, salchichones y morcillas

y otros compuestos de invenciones varias,

que no te ofrezcan ni te rindan parias.

Aquello fue muy aplaudido y coreado, y cuando cesó la algarabía que produjo, y las conversaciones y las risas volvieron a generalizarse, Pedro Salinas, que a mi lado se encontraba con los ojos como tizones, con la voz enturbiada por el vino exclamó,

–¡Parias…! Beneficios, ventajas, sinecuras…, qué lejos estáis de mí… Bartolomé, Juan…, cofrades míos, paréceme mentira que figuremos al lado de quienes nos rodean, personas serias, ¡quién lo diría!, mientras la peste negra se aproxima emboscada y con luengos pasos desde el más distante extremo del Mediterráneo.

–Aún no hay casos declarados en estas ciudades –dijo Bartolomé–, y no parece el momento de tratar según qué cuestiones.

Pedro bajó la voz.

–He oído que en Nápoles, Malta…, y en puntos más cercanos, como Denia o Vinaroz, se han instalado cordones sanitarios. En esta última ciudad se han regado con vinagre las calles, y el puerto ha sido cerrado con pesadas cadenas a las naves extranjeras. Y qué decir de Castilla, en donde el morbo ha entrado por la costa norte y hace estragos…

Unas muchachas que zascandileaban entre las mesas se acercaron a la nuestra y nos regaron con pétalos de flores que llevaban en cestillos.

–¡Alegría!, ¡vive Dios…! –casi gritó Bartolomé derrumbándose en su asiento, ya que él había sido el máximo beneficiado de tal agasajo, y obedeciendo a ello una imagen olvidada se pintó repentina en mi cabeza, pues a su interior, aportada por la celestial aparición de las chicas entre aquel corro de demonios vociferantes, llegó la de Inés, ser angelical cuyo recuerdo había casi arrinconado durante los largos días de mi cautiverio…

La impresión fue tal que los rubores acudieron repentinamente a mi cara y creí que las entrañas me ardían, lo que sin duda se vio favorecido por los humos del éxtasis. Allí, inmerso en el mayúsculo tumulto que alrededor de nosotros se cernía, entre parpadeantes luces, clamores y perfumadas nubes de inciensos y otras sustancias, con sorpresa entreví de nuevo su cara como si nunca la hubiera visto y no hube sino de pensar, ¿qué me sucede…?, esto es nuevo, a mi edad…, porque no recordaba haber experimentado jamás agitación parecida.

Tosí y carraspeé estruendosamente para disimular la emoción que súbita me asaltaba, y con alivio observé que mis compañeros, ajenos a mis inesperadas cuitas, se entretenían en jalear, acompañando a la multitud, a las huríes que el dueño de la casa había dispuesto para contemplación de los invitados…

Read Full Post »

polaciones - mirador del jabalí RIMG48915

En la costa norte de España se encuentran la ciudad de Santander y su provincia, hoy conocida como «Comunidad Autónoma de Cantabria». Pongo aquí el enlace a una guía turística que he colocado en internet a disposición de quien quiera verlo. Todo son fotos como la que encabeza esta entrada (el mirador del Jabalí, en el valle de Polaciones), acompañadas de un par de mapas que ilustran la substancia de este lugar, sito en el corazón de lo que se ha llamado «España verde».

Ahí podéis ver variados aspectos de la costa, las villas marineras, las playas, la ciudad, las montañas, la cordillera cantábrica, los Picos de Europa, las diversas comarcas como Trasmiera, Liébana, Campóo…, los valles perpendiculares a la costa, como el de Toranzo, el de Cabuérniga, el del Miera, etc., y tantos otros lugares y paisajes que hay en esas tierras, que merecen visitarse. Si os gusta la fotografía, podéis hartaros de disparar la cámara.

El enlace es:

https://docs.google.com/presentation/d/1NetBRgfFux5v1H8jPbI9KXdWDBJ2mKpTrz5UCWzEQZE/

Read Full Post »

En 1575 se publicó en Alemania el libro llamado Civitates orbis terrarum, una colección de postales sobre muchas ciudades europeas, y entre ellas aparece Santander.

1575 - Civitates - RIMG50144 pic rtc rcrt pintada 2

Gracias a semejante circunstancia tenemos una visión de primera mano de cómo era entonces la ciudad, y si a ello le sumamos las numerosas relaciones históricas de todo orden que aún se conservan (registros de ayuntamientos, de parroquias, censos, etc.), podemos intentar trazar un croquis de aquella zona.

santander siglo XVI 800

 

Una ampliación de lo que es el recinto amurallado del croquis anterior se puede ver debajo.

1575 - santander siglo XVI RIMG50370

El núcleo original de la ciudad, que se remonta a la Alta Edad Media, se instaló a la sombra de la colegiata (hoy catedral), sobre una loma (desaparecida tras el incendio de 1941) que se internaba en las aguas. A un lado quedaba la ría (hoy, calle de Calvo Sotelo), y al otro las aguas de la bahía, y todo ello estaba al socaire de lo que durante mucho tiempo se conoció como la sierra, otra loma bastante más alta que la defendía de los vientos del norte y cuya cumbre no es otra que la que hoy recorre el llamado paseo del Alta o General Dávila.

Tan escaso núcleo, seguramente ocupado por pescadores, fue aumentando de tamaño durante el transcurrir de los siglos, hasta que en el XV lo encontramos amurallado y convertido en una de las más importantes villas del cantábrico, reductos que defendían la costa norte española. Dentro de los muros estaban contenidas la puebla vieja (o alta) y la puebla nueva (o baja), y en el exterior se formaron dos arrabales, el de la Mar (actuales calles del Arrabal, Enmedio y Hernán Cortes hasta la calle del Martillo), y el de Fuera la Puerta (la puerta de San Pedro, una de las de la muralla), que encajaba en lo que hoy es el primer tramo de la calle Alta.

La línea costera de entonces no se correspondía con la actual, pues durante los últimos 400 años se han sucedido los rellenos para ganar terreno a las aguas. Sin embargo, no es difícil adivinar por donde corría en aquellos tiempos, pues basta seguir la curva de nivel. El acantilado sobre la bahía era el declive que desciende desde la actual calle Alta hasta las estaciones, Peña del Cuervo incluida, acantilado que acababa en donde está el Banco de España. Luego entraba una ría por lo que hoy es Calvo Sotelo, y la línea de costa iba por Hernán Cortés hasta la calle del Martillo (delante de este tramo había una playa). Desde allí seguía por Pedrueca, pasaba por detrás de la iglesia de Santa Lucía (que entonces no existía; la plaza de Cañadío era un marjal infecto), salvaba la peña Herbosa, es decir, las calles de Daoiz y Velarde y Peña Herbosa, y acaba en Molnedo, vulgo Casimiro Sainz, en lo que actualmente es entrada del túnel y donde debió de existir otro playazo. Bordeaba luego la peña por la que se empina la calle de Canalejas, y se alargaba hasta la cuesta del Gas. De ahí en adelante era parecido a lo que hoy podemos ver, pues el talud en que se asienta la actual avenida de Reina Victoria (entonces inexistente, por supuesto) era el cantil.

El resto del territorio estaría salpicado aquí y allá por granjas y alquerías dispersas, y tampoco serían raras las huertas que extramuros de la ciudad cultivaran los pobladores, en especial los viñedos, que, mirando al sur, existieron en gran cantidad (según dicen las crónicas).

Y en cuanto a la bahía, esta no presentaría el aspecto actual, sino que abundaría en arenales que cubrirían la mayor parte de su superficie y cambiarían continuamente de lugar con las mareas y las ocasionales avenidas del Miera (río Cubas). La canal, el lugar que se draga para que puedan entrar los barcos mayores, no estaba en donde está hoy, es decir, en medio de las aguas, sino que pasaba junto a la costa, lo que constituía una salvaguardia ante los corsarios y los ataques de franceses, ingleses y holandeses, por aquellos tiempos en perpetua pelea con España, puesto que fue entonces (a finales del s. XVI) cuando se construyeron los castillos de Ano (en la península de La Magdalena) y de San Martín. Este último se encontraba a escasa distancia de la citada canal, y cualquier barco que pretendiera entrar en el puerto había de vérselas con sus cañones, por lo que pocos lo intentaron 1 . El arenal de El Puntal (no sé si entonces, pero posteriormente conocido como banco del bergantín), aún hoy continuamente cambiante, probablemente estaría donde lo vemos, aunque sería mucho más extenso, y las rías que desembocan en el fondo de la bahía, las de Solía, Pontejos, Guarnizo, etc., aportarían año tras año el limo que fertiliza… Es seguro, por tanto, que con tal exuberancia de páramos, riberas, marismas y ensenadas, la cantidad y calidad de moluscos, ostras y almejas que se recolectaban en la bahía, sería de las que ya nos gustaría tener hoy.

 

1 En cierta ocasión (hablamos de finales del s. XVI), una flotilla de diez naves holandesas con seiscientos soldados a bordo intentó la aventura de saquear la ciudad, pero los santanderinos les salieron respondones y sucedió lo siguiente: uno de los barcos que intentaron la primera acometida fue desarbolado por los cañonazos del fuerte de San Martín y acabó encallando en los páramos. Ante tal pérdida, y viendo que por allí no podían entrar, desembarcaron en las playas del actual Sardinero, entonces campos de dunas, y se dirigieron hacia la ciudad. Pero no habían contado con que en ella se encontraba una escuadra castellana que había entrado a pertrecharse, en su mayor parte formada por vizcaínos, y mucha gente de armas. La mitad de aquel ejército plantó cara a los holandeses en las cercanías de lo que hoy es Alto de Miranda, que no esperaban semejante resistencia, y la otra mitad descendió hasta la ensenada de El Sardinero y tomó las naves enemigas, escasamente protegidas. El resultado final fue la completa prisión de los soldados asaltantes y la apropiación por la Corona de los barcos de la armada. Uno de los holandeses consiguió eludir el cerco y durante meses fue perseguido como guerrillero por las lomas cercanas, en donde se hizo famoso por sus hazañas y la gran cantidad de hijos que sembró, pero al fin logró escapar y pasar a Indias por el puerto de Lisboa, lo que conocemos por su biografía, Abdomen Lubricatus Terrorum Maris Castellae, extensa y curiosa narración hoy difícil de encontrar.

 

(En fin, esto último [1] ha sido una broma fruto de la invención, ustedes perdonen…, aunque yo conozco personas en Santander que podrían ser tataranietos del personaje aludido, o sea que la cosa tampoco va tan descaminada).

 

Read Full Post »

Hoy voy a hablar de los garbanzos, legumbre típicamente española y que tanto juego ha dado durante la historia.
El garbanzo es el Cícer arietinum, planta rastrera y propia de Castilla, Zamora, Salamanca…
Algunos escritores extranjeros que viajaron por este país en siglos anteriores, como Alejandro Dumas, los encontraron muy duros…, pero no hay que hacerles caso.

Para cocer en condiciones esta legumbre es preciso hacer uso del bicarbonato. Se añade media cucharadita al agua del remojo, y luego se hacen en la olla a presión (una vez bien espumados, pues se observará que cuando comienzan a cocer aparece muchísima sobre el agua…, pero no hay problema, pues se quita con una espumadera) durante 20 minutos (si son buenos), o media hora si no lo son tanto. Si se hacen en cazuela, como sucede con los garbanzos con acelgas, hay que tenerlos de dos horas y media a tres.

———————————————–

Potaje de garbanzos con acelgas
Esta forma de cocinar garbanzos es la más adecuada si por razones de edad –o de cualquier otra clase– se quiere que el guiso no tenga grasa. A los niños, cosa rara, les gusta.
Medio kilo de garbanzos remojados con bicarbonato, bastantes acelgas picadas, cebolla, ajo, zanahoria, nabo, patata, salsa de tomate y aceite de oliva.
En una cazuela se ponen a cocer los garbanzos con el agua del remojo, y cuando hierven se espuma. Una vez establecido el hervor se añaden zanahorias en discos, nabos en trozos, una cebolla y varios dientes de ajo, todo picado; muchas acelgas (todo, lo blanco y lo verde) picadas, un buen chorro de aceite de oliva y dos o tres cucharadas de salsa de tomate.
Cuando llevan dos horas cociendo a fuego lento –con la cazuela tapada y que se vea que aquello tiene bastante agua–, se añade una patata entera y se deja otra hora. Al cabo de tres horas debe estar hecho perfectamente, lo que se nota en que los garbanzos siguen enteros pero resultan como mantequilla. A continuación se deja reposar hasta el día siguiente, en que se recalienta (a fuego lento para que no se agarre, aunque como queda con bastante caldo no se suele agarrar) y se come.
Estos garbanzos, una vez hechos, están buenísimos si se mezclan con un poco de purrusalda hecha aparte.

Potaje de garbanzos con espinacas y bacalao
Igual que el anterior pero sin tanta historia de verdura, y media hora de antes de acabar se le añaden unos hilos de bacalao. Algunos dicen que muchos –y que algún trozo entero no le va mal–, pero otros dicen que muy pocos (hilos), que casi no se note.

Garbanzos con calamares (u otros pescados)
Se hacen unos calamares en tinta como se dice en su receta; véase este enlace.
En la olla a presión se hacen garbanzos con mucha agua (para que haga caldo) y una cebolla, ajos y un puerro, todo muy picado. Además se añaden unas zanahorias enteras y unas patatas, y algo de nabo si se tiene; también una hoja de laurel y un poco de aceite de oliva. Deben quedar blandos pero enteros, luego si los garbanzos son buenos y se hacen con bicarbonato, con 15 o 20 minutos tienen de sobra.
Se separa la verdura, pues para la mezcla final sólo se echan los garbanzos que se necesiten, caldo de ellos y una zanahoria cortada en rodajas. El resto se aprovecha para otras cosas, pues quedará más zanahoria, patata, nabo, caldo y garbanzos, con lo que se puede hacer un potaje superior.
Se mezclan ambas preparaciones al recalentarlo para comer. Quedan mejor si los calamares tienen mucha tinta y está la salsa bastante espesa.
Esto pasa por ser típico de Asturias, aunque en Cádiz y otros lugares hacen lo mismo; o si no lo mismo, algo muy parecido.

——————————————

Cocido madrileño
Se pone medio kilo de garbanzos en remojo con media cucharadita de bicarbonato durante ocho horas. (Medio kilo dan para una comida de cinco o seis personas, luego actúe en consecuencia).
El día anterior a comer el cocido se hace lo siguiente:
Se cuece en olla exprés ultrarrápida, con más de un litro de agua y durante una hora, medio kilo de morcillo de vaca, un cuarto (muslo y pata) de gallina, un hueso de vaca, otro de jamón muy viejo y salado y una punta grande de jamón. Una mano de cerdo amarrada le da un toque buenísimo, y no digamos unos trozos de rabo de vacuno o cualquier otra carne por la que se tenga capricho.
Cuando pase la hora se deja escapar el vapor, y el contenido de la olla –el caldo y las carnes– se echa en un recipiente. El hueso se tira, aunque si es de buena calidad sirve para comerse el tuétano (colesterol puro) untado en pan.
En la olla vacía, a continuación, se echan los garbanzos (con el agua del remojo, que deberá ser bastante para que aquello quede con caldo, y si no, se añade más) y se pone a cocer destapada. Cuando hierve se espuma completamente, conseguido lo cual se añade una cebolla y varios dientes de ajos (todo picado), un par de zanahorias y un nabo (pelados y enteros). Se tapa, se tienen en la olla durante veinticinco minutos (si los garbanzos son muy buenos, durante veinte), se abre y se deja enfriar.
Mientras se hacen todas estas cosas, con bastante agua y en una cazuela se pone a cocer repollo picado (cantidad a voluntad), un par de patatas medianas peladas y enteras, una morcilla (la mejor es la asturiana) y dos chorizos de los buenos, y cuando todo ello lleve cociendo tres cuartos de hora, un trozo grande de calabaza pelado. Se tiene un cuarto de hora más, y si el repollo está cocido se destapa y se deja enfriar. También deberá quedar con bastante líquido, puesto que es el tercer caldo.
Se deja que se enfríen estas tres preparaciones y, una vez frías, se meten en la nevera para que reposen durante toda la noche.

A la mañana siguiente se recuperan los tres recipientes de la nevera y se desgrasa el caldo de la carne con una cuchara (los otros no). Toda la grasa estará arriba, formando una capa en la superficie, de forma que se quita muy fácilmente (y a continuación se tira, como ya se ha dicho). Luego se limpia la gallina de pieles y huesos y se guarda la carne en trozos lo más grandes posibles.
En una cazuela grande se echan dos cacillos de caldo (o más, eso ya se ve) de cada una de las preparaciones (caldo de la carne, de los garbanzos y del repollo), de forma que haya bastante líquido. A ello se añaden tantos cacillos de garbanzos como comensales, y trozos de carne y demás tropiezos carnívoros (rodaja de chorizo, de morcilla, trozo de jamón, de gallina limpia, etc.) en cantidad similar. Todo ello se calienta, y cuando hierva se baja el fuego al mínimo y se siguen añadiendo trozos, uno por comensal, de la verdura que se haya hecho, zanahoria, nabo, calabaza, patata, etc. En fin, lo que se tenga.
En una sartén, aparte, se rehoga, con bastante ajo y algo de pimentón, el repollo que vaya a usar.
Se deja que se acabe de calentar a fuego mínimo y llega el momento de servirlo.
Cada comensal debe tener ante sí un plato y, encima, un cuenco, aparte cuchara, cuchillo y tenedor. Los cuencos se llenan con el cacillo de caldo hirviente, y se añade en cada uno unos cuantos garbanzos y unos hilos de carne, lo que constituye el primer plato, caldo de cocido, pero caldo de cocido de verdad, no como ese que se ve en tantos sitios.
Una vez tomado el caldo se apartan los cuencos, y en cada plato, con la espumadera para que aquello esté bien escurrido, se colocan suficientes garbanzos humeantes, y alrededor y artísticamente un trozo de carne, un poco de gallina, una rodaja de chorizo, otra de morcilla, un trozo de patata, zanahoria, calabaza y nabo, un poco de «bola», etc., lo que se tenga en la cazuela. Y en el borde del plato, algo de repollo rehogado y escurrido. ¡Que aproveche!
También pueden colocarse los garbanzos secos, es decir, sin caldo –aunque humeantes–, en pirámide en una fuente, y alrededor de ellos las carnes en trozos: la vaca, la gallina, el jamón y el chorizo…, amén de las patatas, zanahorias y nabo, todo artísticamente dispuesto y bien limpio de huesos y pieles. Esta forma de servirlo es más fina, pero tiene el inconveniente de que mientras se toma el caldo se enfría lo que hay en la fuente, y el cocido debe tomarse muy caliente.

————————————-
Otros cocidos (lebaniego, maragato, gitano, gallego o de cura)

Cocido lebaniego
Es como el madrileño, pero con garbanzo legítimo de Liébana y cecina de cabra, aparte de todo lo demás. Si no, no sabe a lo que tiene que saber.

Cocido maragato
Igual, pero con productos típicos de la Maragatería. Se come al revés, esto es: de primero natillas; luego carne, garbanzos y verduras, y por fin, de postre, la sopa.

Cocido gitano
Como el madrileño, pero la gallina debe ser robada. (Lo decía Cela en uno de sus libros).

Cocido gallego (o de cura)
Como los anteriores, pero con lacón y orejas y hocico de cerdo. En el Breviario del cocido se dice que, para servirlo, se utilizan tres fuentes. Una lleva el cerdo con la verdura; otra, la carne y la gallina, y, por último, otra con los garbanzos, los chorizos y las patatas.

—————————————

Humus

El humus es una especie de puré, o paté, que se hace, sobre todo, con garbanzos; pertenece a la cocina árabe y, aparte de ser de muy fácil confección, le gusta a todo el mundo.
Se toman los garbanzos de uno de esos botes de cristal que venden en los supermercados y vienen ya cocidos, y se lavan en un colador para quitarles todos los conservantes y demás compuestos exóticos. (Por supuesto, es mejor hacerlo con garbanzos cocidos en casa en la olla exprés según se dice más arriba).
Se echan en el vaso de la minipimer, y se añaden 3 dientes de ajo pelados y picados; algo de comino; sal y pimienta; el zumo de un limón; una cucharadita de pimentón; 2 cucharaditas de semillas de sésamo tostadas (las venden en las herboristerías) y aceite de oliva del mejor, un buen chorro o dos.
Se mete la minipimer y se convierte el contenido del vaso en una masa, masa que se come con pan, o también untada sobre trozos de tomate de un tamaño que uno se pueda meter entero en la boca.
Una alternativa es utilizar lentejas en vez de garbanzos; también queda muy bueno.

————————————–

Se pueden ver cosas por el estilo en esta dirección:

http://sites.google.com/site/lacocinaespanoladesiempre/

————————————–

Read Full Post »

Este terrible y chapucerísimo fotomontaje (esto es sólo para hacerse una idea; pido perdón a los entendidos) intenta mostrar cómo sería hoy la actual avenida de Calvo Sotelo de Santander, ciudad en el norte de España, si el centro antiguo no hubiera ardido durante el incendio que lo destruyó por completo en febrero de 1941.

Esta calle, en realidad, no se llamaba así, este es el nombre que le dieron en la posguerra, sino que durante siglos llevó el muchísimo más bonito y enjundioso de Atarazanas, calle de Atarazanas o de las Atarazanas, y ello debido a que en el extremo del fondo (de la foto) hubo unas atarazanas, o lo que es lo mismo, unos astilleros en donde durante los siglos XIV y XV se construyeron muchos de los galeones que formaban las escuadras castellanas que defendían la costa cantábrica. Luego, en 1936, hubo un alcalde del Frente Popular, quien (según dicen los libros) se empeñó en tomarse el cargo a lo grande, y una de las primeras cosas que se le ocurrieron fue cambiar el nombre de esta calle por el de Avenida de Rusia, ni más ni menos, y para engrandecerla y todo eso, derribó el puente, pues decía que estorbaba para la vida moderna. Este puente llevaba allí desde tiempo inmemorial (seguramente desde los siglos XII o XIII), y conectaba las dos pueblas, la vieja o alta, que se apiñaba en torno a la abadía (hoy catedral), y la nueva o baja, al otro lado de la ría, porque la calle que se observa en la foto fue una ría por donde los barcos construidos aguas arriba salían a la mar (a las aguas de la bahía, en realidad). Todo esto se observa bastante bien en la segunda foto, que es el celebérrimo grabado de Braun recortado, iluminado y etiquetado.

Si Santander no se hubiera quemado ni tenido un alcalde del Frente Popular con afición a la piqueta, hoy seguramente tendríamos ahí el puente, el puente de Vargas, uno de los muchos nombres que durante su larga vida llevó, que conectaba los barrios más antiguos de la ciudad. Seguramente quedaría bonito, y esta sería una zona que habría pasado a ser peatonal, como se ha hecho en otras ciudades, pero el hombre propone y Dios dispone…, y lo digo porque los edificios que se observan en la foto (de arquitectura neo herreriana, cosas de finales de los años 40 del pasado siglo, puesto que toda esa zona fue reconstruida después del incendio citado) tampoco estarían ahí, sino que continuarían los antiguos, de tres o cuatro plantas y cubiertos de las típicas balconadas y miradores que aún pueden observarse en otras partes de la ciudad y en la foto de abajo.

Otras elucubraciones sobre este asunto, cómo sería Santander si no hubiera ardido durante el famoso incendio, pueden verse aquí, aquí y aquí.

Read Full Post »

Hacer sopa que esté buena es bastante fácil y rápido, contra lo que se suele suponer. Aquí voy a exponer el procedimiento (que es muy parecido) para hacer tres sopas diferentes: de pescado, de cebolla y de gallina.
Lo primero, en cualquier caso, es freír en una cazuela mucha cebolla picada groseramente; no vale la pena perder el tiempo con virguerías, puesto que luego vamos a meter el minipimer. Se puede añadir también ajo y puerro, todo ello picado, y dejarlo que se haga un buen rato (una hora a fuego lento). No hay que estar allí mirando, de forma que esta etapa es descansada.
Una vez conseguido el pochado, que es la base de todo, lo que resta es coser y cantar.

1 – Para la sopa de cebolla: se tritura más o menos lo que hay en la cazuela (minipimer) y se hace puré (tampoco del todo), al que se le añade el caldo del que se disponga. El mejor es el de verduras, pero también vale el de carne; si no se tiene, se echa agua, pero el resultado final no es tan bueno.
Se hace cocer (deberá estar bastante líquido) y se añade zanahoria en rodajas, pan duro en trozos, un puñado de arroz, algo de salsa de tomate (ya hecha) y un par de huevos enteros, que se dejan un cuarto de hora para que se pongan duros; luego se sacan y se dejan enfriar.
Esto se tiene cociendo una hora, más o menos, tapado y a fuego lento, y al final se pican por encima los huevos y se añade, si se quiere, queso rallado o en trozos, que se revuelve en el líquido hirviente para que se deshaga.
Está mejor de un día para otro, por lo que cuando se recaliente, cuidado con el queso, que tiene tendencia a agarrarse al fondo.

2 – Para la sopa de pescado: igual que la anterior, pero se añade caldo de pescado que debe tenerse preparado. Este caldo se hace con cabezas y espinas de rape, merluza, algo de congrio…, etc., aparte de mejillones. Una vez cocido, el caldo se cuela y se utiliza como se dice más arriba, y el pescado se deja enfriar, se limpia de espinas y pieles (de estas cabezas suele salir bastante carne, y si se tiene paciencia para desespinarlo escrupulosamente, del congrio también), y todo ello se añade al final sobre el líquido hirviente.

3 – Para la sopa de gallina: es lo mismo que las anteriores, pero debe tenerse prevenido caldo de gallina (se cuece gallina en la olla exprés durante una hora, el caldo se deja enfriar y se desgrasa, y la carne se desmenuza y se añade al final a la sopa).

—————————-

Para seguir leyendo cosas parecidas sobre las sopas pueden ir a esta dirección:

https://sites.google.com/site/lacocinaespanoladesiempre/sopas-y-pures

Read Full Post »

Estas son recetas de cocina que aparecen en algunos de mis libros, pues en las novelas, en especial si son de aventuras, cabe todo.

————————————–

Sobre la vichyssoise.

Esto lo dicen Eduguá y Sandy en La aventura de las luces azules:

Eduguá:
[…] Una de aquellas noches en el Puerto de las Nieves, Louis nos enseñó a los demás a hacer vichyssoise, esa especie de sopa que dicen que inventaron los franceses  y constituye el mejor depurativo de la sangre que nunca he conocido. Nos bebíamos litros. Para desayunar, después de una noche sin dormir, no hay nada que se le pueda comparar; quizá el chocolate con churros y compota de manzana, pero eso allí era difícil de conseguir. A él le había enseñado a hacerla su madre, que era francesa, y luego yo enseñé a otras personas, porque estas cosas no conviene que se pierdan. […]

Sandy:
[…] Eduguá, además, fue quien me enseñó a hacer vichyssoise; a él le enseñó su amigo Louis, que también estaba muy bien, y a Louis, su madre, que era francesa, de la parte de Lyon. Está tirado. Se cuece en caldo puerro, cebolla y patata, todo picado, y luego se mete la batidora y se le añade leche para aclararlo. La vichyssoise está buenísima fría, sobre todo para desayunar. […]

——————————————

Sobre la fabada:

Receta de fabada que cuenta el Rockero en Crucita y yo:

[…]
Uno de aquellos días Crucita cometió la imprudencia de decir a Monticola lo siguiente.
–Oye, ¿cuándo nos vas a hacer una fabada? Llevas años diciéndome que vas a hacer una y aún no la he probado –y entonces el Rockero hilvanó una de las suyas.
–Hacer una fabada es muy fácil, escúchame bien, yo sólo te digo tres cosas: las fabes deben brillar. Si su piel es mate te han engañado, te han vendido del ejercicio anterior; esa es la primera… Oye, ¿no me has dicho que te lo cuente? Pues escucha. ¿Tú sabes qué es un cerdo granillero? Pues es el cerdo que necesitas, un cerdo que se ha alimentado de las bellotas y castañas caídas en el suelo; esta, la segunda. Te costará encontrarlos, pero cuando tengas ambos ingredientes, ya puedes ponerte a cocinar. Con un poco de cebolla, otro poco de ajo y unos chorros de aceite de oliva, no puedes fallar, te quedará bien hasta el pantruque. Y al final, cuando vayas a servirla, ten en cuenta que las fabes se sacan a la mesa en una sopera del siglo XVIII, una sopera del Barroco; si no, no es lo mismo… ¡Ah!, y la tercera, que se me olvidaba. Si se toma café debe ser de puchero, y, en plan de rizar el rizo, es mejor tomarlo por el culo; hace muchísimo menos daño. Sí, no os riáis. El café, a partir de ciertas edades, es mal admitido por el estómago y se debe tomar directamente por el intestino grueso en forma de lavativa. ¿Os seguís riendo? Bueno, ya os enteraréis de mayores de lo que vale un peine. ¡Qué atrevidas sois las jóvenes! […]

—————————————–

Carta de un restaurante y manejos culinarios que Juan Evangelista cita en el último libro de sus aventuras, Perpétuum móbile.

[…]
¿Qué decir, por ejemplo, de las patatas meneás, cuyos únicos condimentos son ingredientes tan humildes como el laurel y el pimentón, o del limón de la Peña de Francia, esa inhabitual ensalada de los días de fiesta en las remotas dehesas de mis antepasados? Aquello, seguramente, se aderezaba ya a finales del siglo XVII, y cuando la probé percibí una oleada de viejos recuerdos que me trasladaron hasta mi más antigua infancia.
Allí estaba el aya, y a su lado la cocinera que oficiaba en casa de mis padres, señora de abundante aspecto y ojos llenos de curiosidad. Las dos me contemplaban con asombro, pues mis tempranas anomalías, de las que tanto dije, eran la mayor preocupación de cuantos habitaban en mi primera morada, pero cuando vieron que aceptaba sin reparos lo que en aquella ocasión habían preparado, que no habían sido pocos los experimentos anteriores que rechacé –y ello sin decir nada de la repugnancia que me provocaba la leche materna–, el clamor nació en el primer piso, ¡el niño ha comido!, ¡el niño ha comido…!, se trasladó a los cuartos de la servidumbre y desde allí llegó a la planta baja, a la ingente cocina y sus dependencias, a la huerta, los cobertizos, almacenes y tinglados que había adosados a la altísima pared de piedra que nos separaba del mundo exterior, y como todo ello sucediera un buen día a la hora del Ángelus, fue tomado como un prodigioso signo de la voluntad divina y celebrado con raciones extras para la servidumbre y el ganado, y poco faltó (ahora que lo pienso) para que repicaran también las campanas de la vecina catedral.
¿Y qué era ello? Antes le di el farragoso nombre de puré de la manzana del amor añadido de tenues, abundantes y transparentes tirillas de jamón, pero hoy, cavilando sobre ello, creo que se le podría aplicar otro más parco y acorde con su índole, cual es el de gazpacho de pastor, pues tal es la forma en que actualmente se conoce esta mixtura en los restaurantes y lujosos paradores de mi país.
Tiempo me faltó, una vez que recordé con precisión semejante episodio, para poner manos a la obra, y armado de batidoras y afilados cuchillos dar punto acertado a tan suculento manjar, por supuesto desconocido en nuestras latitudes, lo que constituyó uno más de los experimentos que por aquellos tiempos llevé a cabo y culminé bautizando como origen de la vida, golosina que disfrutó de perdurable éxito entre la clientela extranjera, que nunca había podido imaginar algo semejante.
Luego inventé la paella de ajo, simple conjunción del arroz mediterráneo y la sopa de ajo, que llegó a mi cabeza como descendida de los cielos durante una de mis habituales ensoñaciones de perpetuo insomne, y más tarde puse a punto la olla ferroviaria, que se componía de carne, patatas, alubias y berza, y que quienes hayan seguido mis pasos recordarán como producto de aquella noche en que, habiendo comenzado a nevar de manera inopinada, nos quedamos atascados en la locomotora del ferrocarril que nos trasladaba por las llanuras norteñas de la provincia de Palencia, cuando hicimos el potaje con carne de lobo.
Pocas comidas de enjundia son típicas del país que entonces me acogía, pero fiado en mis artes y recuerdos, pues una larga vida aporta multitud de conocimientos, transformé la carta que había escrito la negra en historiado documento, y allí se daban cita y se encontraban los orígenes de la vida con el nuégados y el alajú, las costradas con los ajoarrieros y las sopas de bestia cansada, y los lomos y perniles, puro magro añejo de gigantesco cerdo negro como los que en aquellos tiempos hozaban en libertad en los encinares y dehesas de los campos que me vieron nacer, con las chuletas del campo charro, que mis corresponsales de la vieja Miróbriga, con quienes me había puesto en contacto, me enviaban por avión.
Pero no quiero seguir con fastidiosos comentarios acerca de lo que de sí puede dar una cocina, de forma que, saltándonos buena parte de lo que cabría decir, hablemos para finalizar de la leche búlgara.
–Tómese este bebedizo, que le arreglará el cuerpo.
El pipío Marlowe miraba con prevención el vaso que le presentaba.
–¿Qué es esto?
–Lactobacíllum bulgáricum con mermelada de tomate. Le aseguro que se parece a la droga de la eterna juventud, y aunque a usted no le importe semejante extremo, le sentará de maravilla a su hígado.
El pipío Marlowe lo probó, hizo una mueca y apuró lo que quedaba. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano.
–¿Puede ponerme un poco más? Creo que me vendrá bien antes de las cervezas. Ta güeno, cuñao…
–Sí, claro, y le pondré también un acompañamiento de gajos de mandarina, que es usted cliente distinguido de la casa; ya lo sabe. Además, ¿le parece si nos tomamos esas cervezas en la terraza? Creo que la brisa de hoy nos refrescará.
… pero a la postre mis manejos eran muy limitados, sobre todo si los comparaba con las cosas que pude leer en los libros que trataban tales asuntos, a los que pronto me aficioné. El gran Leonardo da Vinci, por ejemplo, que siempre desatendió su trabajo de artista pues no le producía sino sinsabores, distinguía sobre todas las cosas el artefacto mecánico para confeccionar espaguetis, que era su invento preferido; tenía en la más alta estima su labor como jefe de cocinas de Ludovico Sforza, Gran Duque de Milán, y para los banquetes contrataba a cuantos escultores podía y los empleaba en tallar zanahorias y nabos en forma de caballitos de mar, y, en fin, con ocasión de algún regio y nupcial acontecimiento, confeccionó con mazapán un modelo del Palacio Ducal del tamaño de un campo de tenis. Díganme ustedes si tan altas empresas admiten comparación con mis modestos tejemanejes, pero ello nunca me desanimó y procuré en todo momento superarme. Y ahora, dejémonos de comentarios y prosigamos con el interminable cuento, del que aún restan algunas secuencias.
[…]

————————————-

También pueden verse estas direcciones:

Libros para viajar

La cocina española de siempre

Read Full Post »

« Newer Posts - Older Posts »