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dios conm definit 400

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Este libro, de precio irrisorio (2,99 €, versión Kindle), es una novela de 400 páginas ambientada en la Edad Media española (final del siglo XII y principio del XIII, es decir, la época de las Navas de Tolosa). Narrada en primera persona por el protagonista (un protagonista bastante particular, puesto que medía más de dos metros), cuenta su vida entera, pródiga en lances, pues fue aprendiz de cantero, herrero, siervo, soldado, señor de la guerra y constructor de catedrales góticas. ¿Queréis batallas? Aquí las encontraréis. ¿Queréis ilustraros sobre la vida cotidiana de aquellos entonces? Leedla. ¿Queréis historias de amor?…, y digo, ¿cómo no va a haber historias de amor en una novela que se precie?

Los que quieran saber más pueden ir a esta dirección, en donde, acompañados con fotos, se dan muchos otros detalles, tanto acerca del libro en sí como del solitario y larguísimo camino que supuso su escritura:

https://diosconmigosite.wordpress.com/

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el viaje del morisco 1,2 500

Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este…–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?). Sea como fuere, pongo hoy este trozo que sucede durante el principio del verano de 1601, primer año del siglo XVII, cuando los protagonistas del viaje circulan desorientados por Castilla y acaban por llegar a Valladolid.

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Habíamos partido con cincuenta hombres y apenas nos quedaban treinta, pero Esteban opinó que eran suficientes para manejar la impedimenta, y que el resto no constituían sino un estorbo al que habría que alimentar sin ventaja alguna para la buena marcha de la empresa. Además, los que habían desertado, eran en buen parte desconocidos, criados que nos habían prestado para el caso Bartolomé y don Joaquín, y no nos contrarió vernos sin ellos, de forma que, habiendo cumplido lo que allí nos había llevado, volvimos de nuevo al camino que nos conducía hacia el norte.

Fue en Medina es donde supimos que el rey no acababa de partir hacia los reales de la cálida estación que se avecinaba, y que la corte seguía en Madrid, por lo que, tras consultarlo con Germán y los mayorales, nos encaminamos hacia aquella ciudad, en la que esperaba poder deshacerme del resto de la mercancía, por la que transcurrían los días sin cuento y en breve se encontraría tan deteriorada que difícil sería que alguien la quisiera.

–No nos vendrá mal este trueque –dije a Germán, que cabalgaba a mi lado–, pues aunque nos aparta de la ruta que habíamos prevenido, nos va a permitir examinar el estado de este importante camino real, el camino de Tordesillas a Madrid, que mucho han de recorrer nuestros correos, según se me ocurre –y cuando por aquella plana superficie, pues la vía que recorríamos se presentaba cuidada y sombreada por interminables filas de álamos, hasta el extremo de parecer durante leguas un paseo más propio de una gran ciudad, he aquí que tuvimos un encuentro que nos iba a enderezar de nuevo en el primitivo trayecto.

El convoy que conducíamos había quedado reducido a una veintena de carros que viajaban juntos, pues todos opinaron que en tierras como aquellas no eran de temer las asechanzas de peligrosas y nutridas bandas de salteadores. Recorríamos el corazón de Castilla entre poblaciones de tan sonoros nombres como Olmedo, Tordesillas o Valladolid, y la Hermandad se ocupaba de mantener expeditos los caminos, y durante algunas jornadas no tuvimos encuentros dignos de mención, pero una tarde soleada, a lo lejos, en la amable calzada carretera que recorríamos comenzó a pintarse una nube de polvo que vaticinaba la presencia de un grupo al menos tan grande como el nuestro, ¡y qué digo…!, pues resultó mucho mayor, decenas de carruajes precedidos de compañías de caballeros, soldados de brillantes uniformes que levantaban el polvo del suelo y al grito de ¡paso al rey! nos hicieron apartar. Desde los bordes del camino observamos el transcurrir del cortejo, numeroso de carrozas y carros cubiertos, cuyos conductores nos saludaron con abigarrado tremolar de banderolas y gritos procaces, en especial desde que vieron a las mujeres que con nosotros llevábamos, y no miento si digo que en algunos de los más pesados carromatos pudimos vislumbrar extraños animales enjaulados, algunos rugientes…

Uno de los emplumados capitanes, que recorría las filas, se detuvo sudoroso un momento ante el grupo que a pie firme formábamos Esteban, Germán y yo, y nos preguntó,

–¿Tienen sus mercedes agua? –y de inmediato le alargamos un odre, del que bebió en abundancia.

–Muchas gracias, señores –nos dijo–. ¿Adónde se dirigen?

–A la corte –respondí.

–¿A la corte…? Pues llevan camino equivocado. Dos semanas ha que la corte se encuentra en Valladolid, y allá nos dirigimos con parte del equipaje real –tras lo que levantó la mano y azuzando la montura tornó a su labor.

Al fin el cortejo se alejó, el polvo reposó en el suelo y la calma de la luminosa tarde volvió por donde solía, pues las mieses y los tiritones álamos se aplicaron en su melodioso susurrar, y las blancas y algodonosas nubes en sus continuas transformaciones.

–¿Qué les parece a sus mercedes esta revelación? –pregunté a quienes me rodeaban, el mayoral, Germán y algún arriero que se nos había agregado–. Resulta que perseguimos fantasmas…

Nos contemplamos confusos, pero al fin Germán dijo,

–Si su señoría no encuentra inconveniente, creo que es de rigor variar nuestro rumbo, como lo haría un barco en el océano. He tomado suficientes datos referentes a este Real camino, y nada nos impide dejarlo y dirigirnos a donde parece que más nos conviene…

Durante los días finales del mes de junio del año del Señor de MDCI, en el camino de Olmedo a Valladolid, la Vallisoletum de los clásicos, a las puertas y a la vista de esta ciudad que nos recibe con salvas de cañonazos que sin duda festejan y simbolizan la presencia del rey entre sus gentes

digo que sus innumerables torres descuellan sobre los campos que la circundan, extensas huertas y trigales, bosquecillos, riachuelos que corren de aquí para allá como las acequias de Andalucía, todo ello la adorna de muy enfática manera, y qué decir de las murallas, propias de ciudad de antaño… En las afueras y a la vera del camino que a ella conduce encuentran su asiento corraladas, barracones, posadas, casas de citas, unas encubiertas y otras descaradas, paradores y simples tabernas que alivian la sed de los viajeros, hornos de leña en los que se cuece el pan y ocasionalmente, cuando no todas las tardes, se asan cabritos cubiertos de dulces hierbas. Valladolid, urbe inmensa de largas calles soladas de piedra, sede ahora de la corte, según nos han dicho, emporio del teatro y de los pícaros que aún no han conseguido llegar a Sevilla ni pasar a las Indias, Babilonia de las Españas y revoltijo y ensalada de judíos, moros y cristianos, Valladolid de las torres y las enaltecidas casas de piedra plagadas de viejos blasones…, pues es esta una ciudad privilegiada por la imprevista llegada del rey.

Las calles están atestadas y en seguida se advierte el aire de fiesta. Después de dejar instalados los carros y dar las primeras y aceleradas disposiciones, con prisa me he internado, seguido por Esteban y Germán, entre la multitud que las puebla. A grandes zancadas hemos recorrido las calles que llevan a la plaza mayor sin detenernos en ninguno de los muchos lugares que nos han salido al paso, pues es harta mi prisa por encontrarme en el meollo de las Españas y observar si es cierto lo que de ellas se dice.

A este monumental coso hemos accedido por una enlosada y plagada de gentes rúa que finaliza en enorme arco ojival de piedra. Bajo él hemos pasado, y al fin desembocado en el más sobresaliente lugar de la ciudad entre los soportales iluminados por la luz del poniente sol que ilumina las fachadas, algunas de piedra labrada pero la mayor parte revestidas de ocre tierra. La plaza es grande, muy grande, y está ocupada, como las calles que la circundan, por un considerable gentío que sin cesar se desplaza de un lugar a otro, allá van los jaques de puñal en cinto y las hermosas, y los perros, en especial los mastines de luengas barbas y mirada cansada y los ratoneros de noble cuna y aposento, perrillos a los que ha sonreído la caprichosa fortuna y pasean majestuosamente prendidos de una correa, y los criados que se aburren pero no separan el ojo de lo que deben guardar, y algunas dueñas de redondas formas y costosos trajes, todos se saludan y se contemplan, ríen y gozan y se convidan entre sí, es la fiesta perpetua del atardecer, cuando el calor disminuye y los ociosos y dormilones despiertan para dar principio a su jornada.

Nos detenemos en una esquina, y entre el alboroto digo a mis acompañantes,

–Señores, resulta obligado restaurar fuerzas tras la cabalgada que nos ha traído hasta este ruidoso lugar. Propongo… –y no puedo terminar, pues Germán dice,

–En lo mismo estaba pensando yo. Acabo de ver el establecimiento que sin duda nos conviene. Acompáñenme sus mercedes…

… y con premura nos conduce hasta el más ruidoso y atestado de los figones que se asoman a las aceras, señalado por multitud de enhiestas cubas y a cuyo alrededor se apiñan personas de toda edad y condición que gritan, escupen con furia, beben y sin cesar expulsan los condenados humos azules de los ensalivados chicotes. Los criados van y vienen de continuo con frascos repletos y enormes y abrasadoras fuentes de barro que sin duda acaban de salir de algún horno, y los grupos aclaman cada nueva y humeante aparición.

Conseguimos hacernos un hueco en aquel campo de Agramante e interesar a uno de los atareados mozos…

[…]

 

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el viaje del morisco 1,2 500

Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este…–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?).

Sea como fuere, pongo hoy este trozo que se podría datar en la primavera del año 2041, pues es esta una historia que sucede durante dos épocas diferentes: la transición del siglo XVI al XVII y los años 40 del siglo que nos contiene.

Lo que sigue sucede durante un atardecer en un muelle industrial de Ucrania, seguramente a orillas del Ponto Euxino.

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Estoy en el puerto esperando a que vengan a buscarme, es un puerto industrial y sucio a orillas del mar Negro, con los zapatos trituro restos de carbón al caminar, carbón entre charcos, y observo que cierran las naves con estrépito de portones metálicos. He salido de un bar oscuro, la televisión vociferaba pero aún lo hacían más los parroquianos, ha acabado la semana y estos seres rubios y desaseados, gente joven que tiene dinero en el bolsillo y pocas ganas de volver a casa, se comunican en un idioma incomprensible, el de Ivana. Busco otro establecimiento, aunque tanto me da pues seguramente encontraré un lugar parecido, caras nuevas y a medio tiznar, miradas desencajadas por el temprano vodka, pero aquí cuentan sobre todo las carreras de motos, hay un chico de este país que es campeón del mundo y esta tarde compite en un lugar lejano, ¿es Malasia?, sí, o si no será Brasil o cualquier otro punto del vasto planeta, allí se enfrenta a sus rivales, la suerte será sólo para uno, pero poco importa porque la temporada es larga y la técnica hará justicia. ¿La técnica o las componendas? En todas partes cuecen habas, y los deportes no son tales sino amaños de las respectivas corporaciones de apuestas.

 

En el aeropuerto, más allá de las barreras que sólo franqueamos los pasajeros, se me ha acercado un policía y en un extraño inglés me ha dicho, venga conmigo, por favor. Le he seguido hasta una sala en la que esperaba un individuo con un grueso mostacho y vestido como yo, al que he entregado la abultada cartera que llevaba, y en seguida ha salido. Luego el policía me ha dicho, dentro de un momento le llevaremos a los muelles. Espere allí a que le llamen; verá que hay muchos bares abiertos, pues hoy es viernes…, y en la pausa que ha seguido he aprovechado para arrancarme el bigote. El policía sonríe…

 

Ya lo he encontrado. Parpadeantes letreros de neón de colores vivos lo denuncian, y en el interior hay chicas rubias y jóvenes detrás de la barra, se dirigen a ti como si te conocieran de toda la vida y en su incomprensible idioma te proponen el pacto del diablo, beer, please…, ьира…, y bebo rodeado por la muchedumbre, no es muy diferente este lugar de los que frecuenté hace una semana, cuando estos días pasados he estado en Londres, porque he estado allí. Hacía tiempo que no iba a esa ciudad y mi estancia ha sido corta, sólo un viaje de ida y vuelta o poco más, hay que amarrar los detalles y despistar a los mirones, varios enlaces que cogí por poco, el billete en el bolsillo y algún topo en el avión ucraniano, ¿quién será?, quizá esa señora o quizá ese que simula dormir, aquí no es difícil fiscalizar al pasaje porque las distancias son cortas, este no es un avión transoceánico lleno de orientales legañosos que llevan dos días de viaje, ¡ah, la Alhambra…!, dicen, ¡y esa Sevilla y ese Toledo…!, pero todo ha salido bien, al menos en apariencia, y en la capital de mi nación aproveché para pasear por lugares que conocí de joven, ahora iré a Portobello, ¿existirán aún las librerías que conocí antaño?, ¿y los pubs…?, algunos estaban allí, sí, y otros habían desaparecido, pero aquellos a los que entré habían sufrido reformas que los volvían irreconocibles, quince años son muchos y todo cambia de continuo, las mujeres envejecen…, ¿y los hombres?, en uno de aquellos lugares tuve un amigo cuando era joven y acababa de salir de la Academia, yo entonces iba con mi chica, él era el dueño de uno de los establecimientos y nos invitaba a las cervezas, no sé por qué, quizá se debiera a que Alison era guapa, rubia y sonriente y con los ojos azules, era jovencita y nos reímos mucho con sus cosas, estudiaba cocina internacional, la comida es lo más importante, ya, ya lo sé, ¿quieres trabajar aquí?, a lo mejor prosperaba si servía comidas en vez de bebidas, luego todo cambió y yo me fui de allí, a mi amigo no le volví a ver y ahora me han dicho que ha muerto, ¿se habrá muerto ella también?, no, estará cuidando niños en el campo y se habrá olvidado de mí como yo me olvidé de ella, la he recordado porque he estado en Londres…, y también hablé con Rebeca desde uno de aquellos muelles del Támesis, dame una semana más, le dije, haz lo que puedas, pero esta va ser la aventura de mi vida y no voy a dejarla pasar, cuando vuelva ya os contaré, y ella se va a portar, o eso creo.

Ahora estoy también en un muelle, un muelle oscuro, la noche cae y paseo por él, espero, y he bebido tanta cerveza que las facciones de Ivana surgen tras las inmóviles grúas y las nubes que van y vienen, ¿por qué las veo?, es misteriosa esta querencia de la mente pues lo mismo me sucedió en Londres, allí me sorprendí deseando volver…, y es que no tenemos arreglo. No importa que ella sea la mujer de tu amigo, anida en tu cabeza y surge donde menos te lo esperas, son muy traidoras las pasiones y te obligan a intentar burlar a quien quieres, aunque todos nos damos cuenta, unos hacemos como que no lo vemos, ¿no lo ves?, pues resulta evidente, y el resto mira hacia otro lado y escupe con sorna, me da igual, cada cual es cada cual, además, yo hago lo propio, todos lo hacemos, y quien esté libre de pecado…, pero en seguida me distraigo pues más allá de los barcos negros y humeantes emerge el creciente lunar, sucede durante el atardecer, el cielo está limpio y oscuro y el sol se ha ocultado, y tras las negras máquinas del puerto aparece esa línea curva de la que hablan las leyendas árabes, ¿son árabes?, creo que sí, en Arabia la pintan tras las palmeras de los oasis, luna tenue y recortada y precursora de la noche profunda que persigue al sol…

Al fin zumba el teléfono que tengo en el bolsillo y respondo cuatro palabras. En seguida llegarán aquellos a quienes aguardo, y entre ellos espero hallar alguna cara conocida.

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el viaje del morisco 1,2 500

Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?). Sea como fuere, y como de él aún no he colocado nada en internet, para remediar semejante olvido pongo hoy este trozo que sucede en 1601, primer año del siglo XVII, cuando el protagonista del relato (uno de ellos, Juan de Cádiz, morisco converso) sale de la cárcel de la Inquisición en Sanlúcar de Barrameda y es llevado a una fiesta para celebrarlo.

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Una de aquellas mañanas, cuando llevaba cerca de un mes en mi encierro, se presentaron dos alguaciles precedidos por el carcelero, quien me dijo,

–Prepárese su merced, que le esperan.

Entre aquellos dos individuos barbados, consumidos y vestidos de negro, descendí un tramo de escaleras y recorrí las galerías altas, a modo de claustro, por las que me condujeron. El edificio había sido seguramente en tiempos convento, pero a la sazón se adivinaba la incuria de sus poseedores, pues por todas partes se advertían desconchones, agujeros en las cubiertas y suelos malamente parcheados. En el extremo del corredor había una puerta de marco historiado, y en ella golpearon. Uno de ellos entró, y en seguida salió y dijo,

–Pase.

Crucé la cancela preguntándome a qué me enfrentaba, y me encontré en el extremo de una enorme, larga y desnuda habitación, cuyas paredes estaban ocultas por cortinajes rojizos, seguramente para enmascarar su mal estado. Al fondo había una gran mesa sobre un estrado, y a su alrededor varias sillas y sillones, algunos tapizados con terciopelo oscuro. En ellas se sentaban dos personas, que levantaron la cabeza cuando me vieron.

–Pase, pase por aquí, señor don Juan, y no se apure, que aquí no nos comemos a nadie –dijo uno de ellos con voz melosa, un obeso individuo que al parecer era quien llevaba la voz cantante.

Mientras avanzaba sobre la raída alfombra vi un enorme Cristo crucificado que desde un pedestal presidía la habitación y parecía seguirme con la mirada, y cuando estuve ante la mesa, encogido, como es de rigor, observé que el prelado, pues tal parecía por su indumentaria y la teja con que se cubría, era aún más grueso de lo que parecía desde el extremo opuesto de la habitación. Usaba anteojos, se cubría con una sobrepelliz y, por su luengo narigón, se le adivinaba procedencia judía, un converso elevado a la judicatura en el absurdo y nunca estipulado devenir de los negocios mundanos. Del otro, asimismo revestido de ropas talares, sólo podría decir que, quizá debido al frío, se cubría con un ridículo gorro que me recordó a los que usaba Fátima para dormir.

Ante la mesa había dos reclinatorios, y el procurador, tras contemplarme largamente, se levantó de su asiento con dificultad y ocupó uno de ellos.

–¿Sabe su merced rezar?

–Sí, señor.

–Pues bien, arrodíllese conmigo, humillemos nuestra cerviz ante el Señor y oremos.

Yo me apresuré a acompañarle, y durante un momento rezamos pidiendo perdón a Dios por nuestros muchos pecados, a lo que procuré contestar con tino…, pero pasaré por alto semejante ceremonia pues me resultó hipócrita hasta el extremo, dado que una de las alusiones más invocadas fue a la gula.

Tras aquella pausa, él, renqueante, ocupó de nuevo su sitial.

–Siéntese.

(Has sabido capear los temporales del mundo –pensé mientras lo hacía–, analfabeto dedicado a husmear en los entresijos de las personas, difícil tarea, pues hay que manejar los hilos de muchos espías. A unos los pagas y a otros no, y nunca sabes quiénes son los que te engañan, tienes que adivinarlo, pero vosotros lo conseguís, rara destreza producida por hartos años de experiencia) –aunque me libré muy bien de abrir la boca.

El personaje principal extendió un grueso cartapacio sobre la mesa y hojeó algunas páginas, y con el rabillo del ojo observé que el escribano me contemplaba con una sonrisilla maligna pintada en el rostro.

–Tenemos los mejores informes sobre su merced –principió el prelado–, pero precisamos detalles que sólo quien tiene trato con el acusado puede conocer.

Yo asentí con premura.

–Señor Juan de Cádiz –me preguntó–, ¿cuál era su nombre anterior?

–Abenasar.

Aquel individuo, togado por su arrimo a los poderosos, me contempló despacio.

–¿Sigue usándolo?

–No; su excelencia debe saberlo.

Hubo un nuevo pasar de páginas, y al fin, observándome agudamente, preguntó,

–¿Sabe su merced que la madre de su criado Sebastián fue condenada a la hoguera por bruja?

Yo negué con la cabeza y el prelado extrajo varios folios del expediente.

–Aquí constan los datos. En el año de…, y en la ciudad de Salamanca…, habiendo encontrado sonajas hechas con huesos de muertos en poder de la encausada… ¿Cuánto tiempo hace que le conoce?

–Diez o más años.

–¿Sabe su merced a qué se dedicaba antes?

–Tengo entendido que administraba rentas de un noble de Sevilla.

–¿Y antes?

–No lo sé.

De parecido tenor, e incluso con más intrincados y confusos términos continuó aquella conversación durante buena parte de la mañana, mientras el escribano, notario de secreto, tocado con su ridículo gorro de dormir y desde el otro extremo de la mesa anotaba cuanto decíamos…, pero no haré aquí mención de ello pues no se dijo nada de sustancia y lo he olvidado por completo. Poco me interesan los circunloquios y ambigüedades de quienes sacan provecho de la vana retórica, asignatura muy en boga en nuestros días y de la que nos libre el diablo, y así finalizaré con una sucinta relación de lo último que recuerdo, como fue el declamar con horrísona voz la Relación de los Autos, discurso a que se sintió obligado el procurador fiscal, pues en ello se cifraba su sueldo, y del que aún conservo retazos: Nos, los inquisidores…, fiel y diligentemente y con todo secreto, cuidado y solicitud, damos en decir que haréis y cumpliréis lo que por Nos será encomendado

Poco más hube de esperar en mi encierro, pues dos días después, con la caída de la tarde, preludiado por ruidos que no eran habituales a aquellas horas, se abrió la puerta y pude ver cómo don Joaquín, a quien en permanente reverencia seguía Mocejón, penetraba en la habitación y dedicaba un momento a contemplarla.

–De forma que es en este lugar donde le han tenido preso… –dijo al fin mirándome–. Bien, bien…

Yo le observé preguntándome si no sería aquel espectro parte del sueño.

–Pero ¿qué ha hecho usted, hombre de Dios? No se imagina la cantidad de vueltas que he tenido que dar para abrir esta puerta… –y como continuara contemplándole atónito, exclamó,

–¿A qué espera? ¿Cree que he venido para departir con su merced…? No, está usted libre, y espero que sea por bastante tiempo.

Mocejón, cejijunto, con un papel en la mano agachó la cabeza, que era su forma de asentir, y yo me apresuré a doblar los pliegos que había sobre la mesa, todo cuanto había escrito y dibujado durante aquellas semanas, hacer un rollo con ellos y embutírmelo bajo la camisa.

–Sentiré dejar de ver a su eminencia en esta su casa –dije con intención–, pero las circunstancias obligan. Cuídese, mi amigo, y no olvide que estoy libre –y tras una estudiada reverencia emprendí el camino tras don Joaquín, que abría la marcha.

Descendí las escaleras a grandes zancadas, pues mi urgencia por salir a la calle era grande, y cuando traspuse el principal portón de aquel antiguo y ruinoso edificio, ya sobre la calzada, respiré con todas mis fuerzas. En seguida llegó a mi lado don Joaquín, que se reía.

–Buenas me las ha hecho su merced pasar… ¿Cómo es posible que se haya dejado manchar por semejante albur?

–Su señoría lo sabrá, que lo sabe todo.

–Sí, y dé gracias a que tengo muchos amigos… Hay que tener amigos en todas partes, entérese, incluso en el infierno; o sobre todo, en el infierno. ¿Qué tal le han tratado?

–Ya su merced lo ha visto, don Joaquín. El alcaide, ese tosco individuo, comía en mi mano, actitud de la que no me cabe duda que ha sido alimentada por los dineros que le han llegado de donde no imaginaba. ¿Sabe su merced algo de esto? –y don Joaquín se rió.

–¿No iba a saberlo? Hace casi un mes que conferencio con su mujer. Tiene usted suerte de tener esa joya en casa…, pero, en fin, esto ha acabado, y ahora querrá su merced ver mundo tras este retiro…

En la calle había gente armada a caballo y una carroza con cuatro mulas.

–Su merced primero –y yo subí.

–Se lo agradezco.

–No me agradezca nada que tenemos muchos asuntos pendientes –y sacando la cabeza por la ventana del coche gritó,

–¡Vámonos de aquí!

En nada paré mientes cuando, por ruidosos caminos carreteros, nos encaminamos a Dios sabría dónde.

–¿Adónde vamos?

–No tema nada vuesa merced, que no le sorprenderá lo que encuentre –y cuando el chirriar de los ejes y el vino de la bota que don Joaquín me alargó me devolvieron a la vida anterior, una idea llegó a mi cabeza.

–¿Dónde está Sebastián? –y don Joaquín me miró sin mover un músculo.

–No he conseguido que le suelten, pues me han dicho que sobre él pesan cargos importantes. Pero ahora que está usted libre, podrá ocuparse de ello.

Al fin, tras una hora de traqueteo, accedimos a algún suburbio, pues el sonido de las ruedas del carro en el escaso empedrado así lo denunciaba.

–Ya estamos.

De aquella fachada oscura surgieron tres seres que al pronto no reconocí, del embozo que llevaban. Uno de ellos era Esteban, y al verle, sobresaltado le pregunté,

–¿Y en casa…?

–Todo bien, señor.

–Bueno, luego hablaremos de eso –y de allí dejé que Bartolomé y Pedro Salinas me abrazaran.

–¿No te lo decía yo? –voceó el primero–. ¡Esto iba a acabar bien…!

–Sí, pero no con tus métodos.

Entramos en la casa precedidos por don Joaquín, a quien el mayordomo que nos recibió hizo sumas reverencias, y de allí nos hicieron subir al piso superior, en el que había mucha gente y mucho ruido, lámparas encendidas en todos los rincones, música y un tufillo que no supe a qué atribuir.

–Vamos a cenar algo bueno –dijo don Joaquín, y en una de las habitaciones, cuyas paredes se presentaban decoradas con jeroglíficos de los libros sagrados, nos instalamos alrededor de una mesa baja.

Allí se celebraba una fiesta, que no otra cosa se podía deducir del tumulto y las carcajadas que nos llegaban desde los aposentos vecinos, y varios criados nos sirvieron como a invitados preferentes. Trajeron cordero, pasteles de verdura, panecillos recién horneados, de lo que comimos con ganas y buen humor, aunque a mí me parecía habitar en una nube…, y para finalizar unas tortas de almendras a las que llamaron quebrantahuesos. ¡Ay!, que aquello me llevó de vuelta a mis tiempos anteriores, pues en cuanto intenté probarlas supe cuál era la causa de los males que durante tanto tiempo me habían aquejado, aquello de la dentadura que me traía a mal traer y con el barbero había consultado, puesto que en la prisión no se estilaban tales finezas y me había olvidado de ello por completo.

–¡Diablos…!

–¿Qué sucede? –y yo me reí y aparté lejos el plato que tenía ante mí.

–Nada que su merced pueda entender, señor Bartolomé, que mejor es la nalga de puerco que estas porquerías destructoras de dientes y muelas. Todo sea… –y me contuve y concluí– por la salud.

Cuando acabamos don Joaquín dijo,

–Quizá sea el momento de unirse a la fiesta, pues tengo que saludar a algunos conocidos. ¿Me acompañan?

En la gran habitación vecina, que por varios pórticos se abría a los aires de la oscura noche, el tumulto era extraordinario. Aquí y allá se observaban grupos sedentes de personas mayores, unos gordos, otros flacos, extranjeros, berberiscos, nacionales…, los de allá vestidos a la morisca y los de acá a la castellana, pero todos riendo, hablando animadamente, cuando no gritando, y empinando sin sosiego vasos y copas. Una densa humareda impedía ver con claridad lo que sucedía en el fondo de la sala, y algunos chicos y chicas, ligeros de ropa, iban y venían entre las mesas llevando y retirando platos y fuentes.

Nos acomodaron en una mesa esquinera y al punto nos trajeron dulces, velones, copas y botellas. Don Joaquín se excusó y se dirigió al lugar que ocupaba uno de los grupos, en donde se sentó, y de inmediato colocaron sobre nuestra mesa un narguile.

–Un día es un día –dijo Bartolomé brindándome la boquilla–, y aunque sé que su merced no es partidario de semejantes expansiones, creo que las circunstancias son tan excepcionales que no me rechazará este placer.

Yo dudé, pero ¡qué diablos!, las palabras de mi amigo me convencieron y me dije, ¿por qué no?, tras estos días de retiro no me vendrá mal sobrepasar las puertas del Paraíso, o intentarlo, y que sea lo que Dios quiera.

Tomé lo que me ofrecía, que desde mis años jóvenes no había vuelto a probar, y aspiré hondamente los vapores del cáñamo, tan alejados de los que procuraban aquellos chicotes que venían de Las Indias y todo el mundo utilizaba con fruición.

Fumamos, y en seguida comencé a sentir los efectos que recordaba. No me extrañó el griterío que, confundido con la música, llenaba la gran estancia, ni el humo que en volutas sin fin subía hacia los adornados techos, ni los ojos enrojecidos de nuestros vecinos, algunos con el curvo puñal en la cintura, y la sonrisa, quizás estúpida, entre los dientes…

Pronto, como digo, comencé a tener visiones… ¿Eran aquellas visiones, o lo fueron las de días anteriores? Por mi desacostumbrada percepción atropelladamente penetraban los gritos, las músicas, las sonrisas, las palabras, los hedores de la multitud, las chicas que entre los asistentes bailaban y daban saltos desacompasados…, personas de desencajadas faces en las mesas de alrededor y risas de borrachos…

Aún hube de ver más desde el mullido asiento, como los tragafuegos que luego hicieron aparición, las beldades que raudas desfilaron provocando a los presentes con la miel que portaban en labios y manos, y el recitador que con el laúd en la espalda requirió silencio para declamar,

… que no hay cazuela,

relleno ni jigote,

 inglesas tortas ni pastel en bote,

mondongo, manjar blanco, almondiguillas,

chorizos, salchichones y morcillas

y otros compuestos de invenciones varias,

que no te ofrezcan ni te rindan parias.

Aquello fue muy aplaudido y coreado, y cuando cesó la algarabía que produjo, y las conversaciones y las risas volvieron a generalizarse, Pedro Salinas, que a mi lado se encontraba con los ojos como tizones, con la voz enturbiada por el vino exclamó,

–¡Parias…! Beneficios, ventajas, sinecuras…, qué lejos estáis de mí… Bartolomé, Juan…, cofrades míos, paréceme mentira que figuremos al lado de quienes nos rodean, personas serias, ¡quién lo diría!, mientras la peste negra se aproxima emboscada y con luengos pasos desde el más distante extremo del Mediterráneo.

–Aún no hay casos declarados en estas ciudades –dijo Bartolomé–, y no parece el momento de tratar según qué cuestiones.

Pedro bajó la voz.

–He oído que en Nápoles, Malta…, y en puntos más cercanos, como Denia o Vinaroz, se han instalado cordones sanitarios. En esta última ciudad se han regado con vinagre las calles, y el puerto ha sido cerrado con pesadas cadenas a las naves extranjeras. Y qué decir de Castilla, en donde el morbo ha entrado por la costa norte y hace estragos…

Unas muchachas que zascandileaban entre las mesas se acercaron a la nuestra y nos regaron con pétalos de flores que llevaban en cestillos.

–¡Alegría!, ¡vive Dios…! –casi gritó Bartolomé derrumbándose en su asiento, ya que él había sido el máximo beneficiado de tal agasajo, y obedeciendo a ello una imagen olvidada se pintó repentina en mi cabeza, pues a su interior, aportada por la celestial aparición de las chicas entre aquel corro de demonios vociferantes, llegó la de Inés, ser angelical cuyo recuerdo había casi arrinconado durante los largos días de mi cautiverio…

La impresión fue tal que los rubores acudieron repentinamente a mi cara y creí que las entrañas me ardían, lo que sin duda se vio favorecido por los humos del éxtasis. Allí, inmerso en el mayúsculo tumulto que alrededor de nosotros se cernía, entre parpadeantes luces, clamores y perfumadas nubes de inciensos y otras sustancias, con sorpresa entreví de nuevo su cara como si nunca la hubiera visto y no hube sino de pensar, ¿qué me sucede…?, esto es nuevo, a mi edad…, porque no recordaba haber experimentado jamás agitación parecida.

Tosí y carraspeé estruendosamente para disimular la emoción que súbita me asaltaba, y con alivio observé que mis compañeros, ajenos a mis inesperadas cuitas, se entretenían en jalear, acompañando a la multitud, a las huríes que el dueño de la casa había dispuesto para contemplación de los invitados…

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S - Fuentedé, camino del pico Tesorero 900 p

Hoy, para variar, voy a poner un trozo de una de mis abruptas novelas (esto de abruptas ya lo he oído más de una vez). Es un trozo de Las estaciones –libro que data de hace siete u ocho años y se puede ver aquí–, y reconozco que el párrafo es muy bestia, más de tres mil palabras sin un solo punto y aparte, pero es el discurso de un chaval de catorce años (Pipo) que intentó subir a un pico con el guardaespaldas de sus padres (Sean), un medio escocés que había sido policía pero lo dejó porque no tragaba con las mafias, y le tuvo que salvar (al guardaespaldas). Al final la cosa acabó bien, comoverá el que lea.

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PIPO

A ver si te atreves, que hay que andar, ¿eh, Pipo?, hay que andar, esto no es para señoras, no, ya, pero eso no es problema, yo ando todo lo que tú quieras, bueno, pues venga, el sábado subimos, y Patricia dijo que le apetecía venir pero que no iba a poder hacerlo porque dos días después tenía el último examen, un examen muy importante, y se iba a quedar a estudiar, que estudiaba casi todas las noches pero por lo visto no era suficiente, así que Sean y yo cogimos un día el coche grande y subimos al monte, y por el camino me fue hablando de cuando había montes de verdad y había ciervos y había osos y otros animales, yo no conocí aquellos tiempos pero da igual, antes los había y de ello hablan los libros antiguos, ya, pero en la finca también hay, sí, pero allí están cercados y sólo hay alguno, y osos ninguno, claro, osos ya no hay en ningún lado, sólo quedan diez o doce en el norte, de allí no pueden salir y no es lo mismo; antes había bosques en los que no había entrado nunca nadie, únicamente los animales y algunos cazadores que iban de vez en cuando, y ahora sólo hay autopistas y urbanizaciones y cabinas de teléfonos, todo avanza, y dentro de poco no quedarán ni los osos del norte porque en donde viven la gente habrá hecho estaciones de esquí y más carreteras, y al final sólo quedarán en Siberia o en Canadá, pero eso es porque como son tan grandes va ser difícil que las llenen de gente, y además hace mucho frío y nadie va a querer ir a vivir allí. Bueno, ya casi hemos llegado, mira ahí arriba, ¿ves aquel pico?, ¿cuál?, pues aquél, el de la izquierda, ¡ah, sí!, pues hasta ahí arriba vamos a subir, ¿hasta ahí…?, ¡ah!, ¿no decías que ibas a subir a donde yo dijera?, sí, sí, no, si subo…, y dejamos el coche en un sitio que había y cogimos las botellas de agua y las mochilas, nos las pusimos y echamos a andar por un camino que se metía entre los árboles, en el pinar, un camino que se fue empinando poco a poco, y Sean me dijo, Pipo, pon las manos agarrándote los tirantes de la mochila, como lo hago yo, ¿así?, sí, así, ¿y eso?, pues porque si vas braceando se te va la sangre a las manos y al cabo de un rato parece que las llevas dormidas, ¿y en los bolsillos?, sí, en los bolsillos también sirve, pero si te caes con ellas en los bolsillos no te da tiempo a sacarlas y te das en la cara con las piedras, ¿no te da tiempo a sacarlas…?, no, cuando te caes no te da tiempo a nada, así que no andes con ellas en los bolsillos, bueno, vale, y seguimos, y al cabo de bastante rato empezaron a escasear los árboles, cada vez había menos y llegó un momento en que no había ninguno, y los pocos que se veían se habían quedado atrás, abajo, y delante de nosotros todo eran piedras, piedras cada vez más grandes, aunque el sendero se notaba aún y en varios sitios estaba señalado por mojones, algunos pintados de blanco y rojo pero muy lejos unos de otros. Durante toda la mañana seguimos subiendo, y allá arriba, siempre muy lejos, se veía la cumbre a la que íbamos. A veces hacíamos alguna parada y mirábamos el paisaje, que debajo de nosotros y hasta donde alcanzaba la vista todo eran pinos y pinos, todo era un pinar gigantesco que parecía no acabarse nunca, y luego seguíamos, y cuando ya parecía que habíamos avanzado algo y el pico al que íbamos estaba más cerca, Sean dijo que podíamos comernos los bocadillos que llevábamos porque ya estábamos a mitad de camino, o más, y que para bajar se tardaba mucho menos porque se baja más deprisa, y nos sentamos en unas piedras y abrimos los paquetes, que eran de tortilla de chorizo o algo parecido, desde luego el mío estaba buenísimo, y cuando estábamos comiendo se me ocurrió llamar a Patricia para contárselo, pero luego pensé que estaría estudiando y que era mejor que lo hiciera a Rosana, y cuando cogí el teléfono me di cuenta de que no se podía llamar porque la pantalla se había quedado casi en blanco y ponía no sé qué, y además no se oía nada, y entonces lo dejé y pensé, bueno, ya la llamaré luego, o mañana, total, le va a dar igual…, y seguí comiendo el bocadillo, y cuando acabamos y bebimos agua Sean dijo, bueno, qué…, ¿seguimos?, porque todavía nos falta un buen trecho, que tenemos que llegar ahí arriba, ¿qué?, ¿seguimos?, sí, vamos, y nos levantamos y echamos a andar siguiendo aquel sendero entre las piedras que a veces desaparecía y a veces volvía a aparecer, señalado aquí y allá casi imperceptiblemente, escalando alguna peña…, bueno, escalando tampoco, sólo había que trepar un poco, y a veces recorrer el borde de unas piedras que parecían cornisas antes de llegar de nuevo a lo que era el sendero, y luego, en uno de aquellos sitios estrechos, Sean de repente tropezó y se cayó, yo no sé qué hizo porque Sean no se caía nunca y llevaba unas botas muy buenas, pero el caso fue que de repente tropezó, rodó aparatosamente por el terraplén y llegó hasta abajo, que menos mal que no fue muy abajo, y allí movió un brazo y yo creí que se iba a levantar, porque tampoco había sido para tanto, pero luego el brazo se le cayó, rodó otro poco y se quedó allí tumbado boca arriba, y cuando me fijé vi que parecía que tenía sangre en la cabeza, aunque como yo estaba arriba no lo veía muy bien, y además me había quedado mudo del susto y ni siquiera acertaba a distinguirlo con claridad, y entonces le llamé, ¡Sean…!, ¡oye, Sean…!, pero él no me contestó sino que siguió allí echado, ¡oye, Sean…!, y no se movió en absoluto, como si no me hubiera oído, y yo me dije, ¡jolín!, ¿y ahora qué hago?, tengo que bajar ahí a ver qué le pasa, y no podía hacer nada más que mirarle aterrado porque estaba allá abajo y no sabía cómo bajar, aunque tampoco era muy abajo, pero luego vi que por un sitio sí iba a poder hacerlo, era difícil pero no imposible, y dejé en el suelo la mochila y agarrándome a las peñas bajé por aquel sitio que parecía más fácil y en seguida estuve a su lado, y lo primero que hice fue intentar despertarle moviéndole, oye, ¡Sean…!, pero no se despertaba, y entonces me fijé en que se había hecho una herida en la frente por la que salía algo de sangre y estaba allí como muerto, quieto, aunque respiraba, y miré al cielo y pensé que ya era por la tarde, y luego, aunque todavía faltaba bastante, iba a ser por la noche…, ¿y qué hago yo ahora?, porque el teléfono no funcionaba y el suyo tampoco, de forma que me dije, jo, tengo que ir a algún lado a buscar a alguien…, pero ¿adónde?, bueno, puedo bajar por donde hemos subido, que a lo mejor encuentro a alguien, o si no acabaré llegando a la carretera en donde dejamos el coche y por allí seguro que pasa alguno, pero luego volví a mirarle, y como le salían gotas de sangre de la frente y le escurrían por la cara no sabía que hacer, a lo mejor si le echo un poco de agua…, y le eché un poco de la que quedaba en su botella por la cara pero ni por esas se despertó, ni siquiera pareció que lo notara, aunque sangre le salía menos, y entonces volví a decirme, ¡jo, tengo que hacer algo, que si no bajo ahora se va a hacer de noche y ya no voy a encontrar a nadie, y menos en este sitio!, ¿y ahora, cómo subo?, porque tenía que volver a la senda que nos había traído que pasaba por encima de aquellas piedras, así que tras muchos sudores y esfuerzos conseguí escalarlas, y cuando estuve arriba miré hacia abajo, que Sean seguía allí caído, y me dije, no mires más, venga, baja todo lo deprisa que puedas, y di media vuelta y poco menos que corriendo, aunque por allí era difícil correr porque había muchísimas piedras sueltas, eché a andar hacia abajo procurando no salirme de la senda, no, es por allí, que allí hay una piedra blanca, ¿y ahora…?, pero en seguida veía por dónde iba el camino, y mientras bajaba, casi corriendo y saltando en los lugares que podía, y otras veces medio agarrándome a las peñas, iba pensando si hacía bien porque a lo mejor debía haberme quedado con él, pero si me quedo no va a venir nadie, y ni siquiera sabía hacia dónde tenía que ir, si hacia arriba o hacia abajo, y menos mal que ahora no hay osos…, ¡ya, desde luego!, no, para arriba no, mejor para abajo porque así llegaré a algún sitio, aunque sea a alguna carretera, y encima me he dejado el teléfono de Sean ahí arriba, porque el mío se ha quedado sin batería, aunque da igual porque aquí no funciona, que no ha funcionado en todo el día, ¡jo, pero a lo mejor hubiera funcionado el suyo al llegar a la carretera…!, es que soy idiota, bueno, ahora ya da igual porque no voy a volver a subir a buscarlo, mejor sigo, y así hasta que llegué a los primeros pinos por el sendero que casi no se distinguía entre las piedras, pero llegué y me dije, ¡bueno, yo creo que ahora ya no va a ser tan difícil!, y miré a mi alrededor y vi que el sol había bajado mucho y los pinos proyectaban sombras bastante largas, bueno, voy bien, yo creo que es por aquí por donde hemos subido, y yo cada vez más acelerado porque por allí ya se podía correr mejor, y pasó muchísimo rato, aunque como era bajar no te cansabas nada, e iba pensando en esto cuando oí un ruido, ¿qué es eso?, y aunque ya llevaba las rodillas machacadas de todas las veces que me había caído intentando bajar de las piedras, y hasta me había torcido una muñeca, aunque sólo un poco, aún corrí como pude y vi que debajo del siguiente barranco, que no era un barranco sino como un terraplén, pasaba una carretera, yo creo que la carretera por la que habíamos subido, y un autobús acababa de pasar y se iba a lo lejos levantando polvo blanco, y yo iba a gritar pero no lo hice sino que pensé, lo que tengo que hacer es bajar hasta ahí y ponerme en medio, yo creo que en seguida pasará alguien y a lo mejor lleva teléfono, y llegué a la carretera y estuve esperando un buen rato mientras el sol se iba, qué tarde es y no viene nadie, ¡pues vaya carretera!, y yo venga a mirar en las dos direcciones con ansia, y luego, cuando empezaba a pensar si no sería mejor andar un poco porque a lo mejor estaba cerca de algún sitio, a lo lejos apareció un coche bastante grande, de esos que andan por los montes, y paró porque yo me puse a dar saltos y a hacer toda clase de gestos, fui corriendo hacia él y me puse delante, y el señor que iba dentro me preguntó qué me pasaba y yo le dije, es que Sean se ha caído de una piedra y se ha hecho una herida en la cabeza y no se despierta, está ahí arriba, y el señor salió del coche porque creía que era allí al lado pero yo le dije que no, no, que lo que yo quiero es que llame usted por el teléfono, sí, bueno, pues llame a alguien, no sé, a un helicóptero de esos, o si no a mi padre, ¿dónde está tu padre?, no, mi padre estará en casa, pero es que hay que llamar a alguien y él tiene muchos amigos, ¿pero no dices que…?, no, es que Sean está lejos, que yo vengo de allí andando y he tardado como dos horas o más, ¡ah!, ¿dos horas…?, oye, ¿y qué le decimos al del helicóptero?, porque nos va a preguntar que dónde está, sí, es que hay una cosa roja, es mi mochila, que la dejé allí para no cargar con ella, ah, bueno, espera, vamos a llamar, y se puso y en seguida le contestaron, sí, hay una cosa roja, es la mochila del chico que se cayó allí, ¡no, que se cayó no…, que yo no me caí!, bueno, da igual, esa es una buena referencia, pero de noche no la van a ver, bueno, pero seguramente llegarán antes de que se haga del todo de noche, pero si no vienen, vamos nosotros a buscarle, ¿eh?, o por lo menos voy yo, sí, hombre, no te preocupes, si no vienen en seguida o no nos contestan, subimos nosotros, ¿tú vas a poder llegar?, sí, seguro, me sé el camino, sólo he pasado una vez, ahora, a la bajada, pero no puedo dejar ahí a Sean, bueno, tranquilo, y el sol bajaba cada vez más y ya estaba cerca de los pinos que había en el horizonte cuando de verdad que apareció un helicóptero que estuvo por allí revoloteando, lejos, y al cabo de un rato sonó el teléfono de aquel señor, y cuando estaba hablando con ellos, que por lo visto eran los que iban en el helicóptero, me preguntó si el sitio era por allí, ¿por donde está el helicóptero?, sí, pues no sé, igual más hacia acá, que ellos están muy lejos, y luego dejamos de oírlo, como si se hubiera parado, y estuvimos muchísimo rato esperando, yo mirando hacia allá pero sin atreverme a decir a aquel señor que los llamara otra vez a ver qué estaban haciendo, y cuando estaba pensando en eso apareció de nuevo el helicóptero, pero esta vez muy cerca, casi encima de nosotros, y volvió a sonar el teléfono y el señor dijo, no, si os estoy viendo, estáis casi encima, mira, y salió al centro de la carretera y se puso a hacer señas con la mano, y el helicóptero comenzó a bajar, y cuando aterrizó y se paró del todo, que lo hizo un poco más allá, en donde había una explanada grande, como un aparcamiento, resultó que salió Sean de él con una venda en la cabeza y cojeando un poco, vino hasta nosotros con un señor y me dijo, ¡Pipo, qué bien lo has hecho!, que si no es por ti me paso la noche en el monte, aunque ahora ya no hace frío y hubiera visto las estrellas y los planetas, ¿eh?, pero es mejor así, ¿pero no te pasa nada?, bueno, sí, un poco atontado sí estoy, y me duele una rodilla, pero ahora voy a llamar a casa para que vengan a buscarnos, que tú estarás cansado, ¿no?, y yo, como al final todo se había resuelto bien, incluso mejor que bien, de película, hasta con un helicóptero, dije, ¡qué va!, ¡si me lo he pasado muy bien…!, y Sean fue a dar las gracias al señor que había parado su coche, que estaba allí, y luego a los del helicóptero, que eran tres que iban de verde, como de uniforme, y me habían traído hasta la mochila, y luego uno de ellos se montó en nuestro coche con nosotros, que estaba allí al lado, dos curvas más allá, y lo llevó bastantes kilómetros hasta un sitio en el que había varias casas en la punta de un monte, en donde la carretera ya no subía más y por los dos lados se iba hacia abajo, todo lleno de pinares, y el helicóptero ya estaba allí esperándole y todo el mundo mirando porque era sábado y había bastante gente y pocas veces se ve aterrizar un helicóptero en un sitio de esos, así que el señor aparcó el coche delante de una de las casas y se despidió de nosotros y a mí me dio la mano y me dijo, ¡muy bien, chaval, muy bien!, y se fue, se subió al helicóptero y este despegó levantando mucho polvo y desapareció, y nosotros y más gente entramos en aquella casa, que era un bar, y como ya se había hecho de noche casi del todo Sean me dijo, bueno, ahora vamos a esperar a que venga tu padre, así que como tendrás mucha hambre, y yo también, vamos a cenar, ¿vale?, hombre, sí, claro, porque la verdad es que sí tenía hambre porque sólo habíamos comido el bocadillo cuando subíamos, y nos sentamos en una mesa de aquel comedor tan bonito, como antiguo, todo lleno de vigas de madera pintadas de rojo y de verde y no demasiada gente –aunque casi todos miraron porque Sean llevaba la venda en la cabeza–, y nos comimos unos trozos de carne grandísimos que me gustaron mucho, y Sean entonces dijo, está buena, ¿verdad?, ¡jo, sí, buenísima!, bueno, pues eso es porque es de oso, ¿síii…, de oso…?, y Sean se rió, no, hombre, ¡cómo va a ser de oso si ahora ya no hay osos…!, pero después de lo de esta tarde te puedes imaginar que es de oso, ¿a que sí?, y así te sabe mejor, y yo lo pensé, mastiqué un poco y de verdad que me pareció de oso, aunque yo no hubiera comido nunca oso, pero, como decía Sean, después de lo de aquella tarde me podía creer cualquier cosa, y luego, cuando habíamos acabado y Sean estaba tomando un coñac, apareció mi padre con el tío Mary, que habían venido en el Testarrosa, y entonces sí que miró la gente, sobre todo por el ruido que hacía, y el tío Mary se empeñó en que le contáramos lo que había pasado y cómo había sido la cosa, y mientras tanto se bebió dos gin-tonics y mi padre me pasaba la mano por la cabeza y decía lo mismo que el guardia, muy bien, Pipo, muy bien, de forma que al final llegamos a casa tardísimo y mamá estaba despierta y esperándonos, y Patricia y Azucena también, y les tuvimos que contar la historia otra vez, aunque ayudados por el tío Mary, que lo contaba como si él hubiera estado allí, o casi si como el que se hubiera caído por el barranco hubiera sido él, y además no hacía más que mirar a Patricia, como siempre.

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Este es un trozo de uno de mis libros (el denominado Dios conmigo, ambientado en la Edad Media), y refiere cómo un personaje de fines del siglo XII, en el curso de sus aventuras se bañó en el Atlántico africano, seguramente por la parte sur de Marruecos.

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[…] y una vez que hubimos instalado el campamento en una solitaria ensenada de aquella costa, lugar en el que comenzaba un larguísimo arenal que se prolongaba hasta el lejano horizonte, tras dejar allí la tropa y recomendarles que me aguardaran…

…comencé a caminar por la playa hasta que perdí de vista a mis acompañantes. Hacia cualquier lado que mirara sólo veía la roja tierra de la ribera y el mar, pero al fin, armándome de valor, bajo el sol me despojé de todos aquellos atalajes y con suma precaución me dirigí hacia las alborotadas aguas marinas. No eran aquéllas mansas como las del Mare Nóstrum que conocí una buena tarde y tantas veces te he narrado, sino encrespadas por la fuerza de los constantes vientos, pero deseando dejar atrás cuanto antes mis dolencias, con infinitas precauciones y no sin haber rogado a Dios que me conservara a salvo en lo que pretendía, me introduje en su seno, en donde permanecí durante largo rato dejando que las tumultuosas olas me derribaran una y otra vez. No pienses que resultó incómodo, pues antes al contrario disfruté como nunca con el contacto del agua salada, y a cada momento creía percibir que seres de ese mundo, los tritones y nereidas que lo habitan, me acompañaban en mis torpes evoluciones. Tan sólo eché en falta tu presencia, que bien seguro sé que hubieras disfrutado en aquel lugar solitario como disfruté yo.
Más tarde anocheció con los mil colores del ocaso, pero no me apeteció volver al campamento sino permanecer allí, bajo el cielo de un lugar extraño, y observar fenómenos celestes en los que quizá encontrara alguna novedad. No fue tal el caso, pues acudieron las lumbreras del cielo que conocemos y todo pareció transcurrir dentro de la mayor de las armonías, aunque quizá mi vigilia fue favorecida por un mayor número de estrellas errantes. Aproveché las horas nocturnas para repetir mis inmersiones, y cuando amaneció me sumergí por última vez, y al mismo tiempo de ver nacer desde las aguas el astro rey pensé que aquellos achaques, aquellos sudores fríos que durante días me habían mantenido lisiado, se los habían llevado los habitantes del mar, por lo que les estoy agradecido. Después, sintiéndome totalmente curado, me rehice en mis vestiduras y me dispuse a presentarme de nuevo ante mis semejantes.
Dame noticias de nuestros hijos por este mismo conducto, y cuéntame cómo va todo y si ha sucedido alguna novedad que deba conocer. Nuestra travesía no se dilatará mucho más, pues lo que vinimos a tratar está cumplido y es seguro que en breve regresaremos…

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Esta es la historia de Pipo y Azucena, dos hermanos de trece y catorce años que, conducidos por la mulata Patricia, una chica jamaicana guapísima a la que tienen de institutriz, hacen un viaje por Castilla la vieja aprovechando las vacaciones de Semana Santa.
Pertenece a una de mis novelas, la que lleva por nombre «Las estaciones», y, dadas las fechas, me ha parecido apropiado para meterlo aquí.
Si se mira bien, resulta que este fragmento también podría ser una glosa de las excelencias de la región aludida, o una página de la mejor publicidad sobre ella, tales son las cosas que se dicen.

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Vacaciones de Semana Santa

A los pocos días nos dieron las vacaciones de Semana Santa, pero antes nos dieron las notas, y como a Azucena le suspendieron no sé cuántas, mamá le dijo que de irse con Rosana y sus padres a la costa, nada, que mi hermana ya se las prometía muy felices y se quedó bastante triste, y entonces, al día siguiente, Patricia dijo que ya estaba bien de desgracias y de malas caras y de jugar con el ordenador –sobre todo a aquello de Némesis del Espacio Profundo, aunque seguía sin poder dejar a mi gusto a la mulata que allí salía y mucho menos ganar, que era lo bueno y cuando podías desvestir a la que habías elegido–, que me iba a quedar tonto y lo que teníamos que hacer era irnos a algún lado, a la playa o a cualquier otro sitio que estuviera lejos de casa, que andando por esos caminos se aprenden muchas cosas que vosotros no sabéis, así dijo, y ya que estás ahí, ante esa máquina, busca algún sitio al que podamos ir, y estuvimos mirando en internet y encontramos muchísimos, todos con fotos, y entre ellos uno que se llamaba El Confital, Azucena decía la confitería, la Casa de los Coroneles, una casa que, según Patricia, era como alguna de su pueblo, allá en Jamaica, en el Caribe.
–¿A que no sabes lo que es el Caribe?
–¡Hombre, no…! Un mar. El mar de tu tierra.
–Muy bien, Pipo, muy bien… Bueno, y ahora, ¿a que no sabes lo que es la ruta del románico?
–¿Del qué?
–¡Ah! ¿Ni siquiera sabes lo que es el románico?
–No. ¿Qué es?
–Pipo, no me extraña que te suspendan… Es un estilo arquitectónico del siglo XII.
–¿Y qué?
–Nada. A ver, busca la ruta del románico.
… y yo lo busqué y encontramos muchas cosas que a Patricia le interesaron, incluso montones de fotos con el cielo muy azul, y entonces ella se puso de acuerdo con mamá y al día siguiente por la mañana nos montamos en el coche los tres y nos fuimos de viaje, aunque no a la playa sino a aquello de la ruta del románico que yo no sabía lo que era, a Castilla la Vieja, que es muy grande y muy ancha y hay muchísimos sitios bonitos para ver. ¿Tú crees…?, le dijo Azucena, que no quería ir y separada de su amiga Rosana estaba bastante enfurruñada, y Patricia le contestó, pues claro, mujer, ya verás qué cantidad de pueblos y sitios nuevos vamos a encontrar, y Azucena dijo, ¡jo, pues vaya rollazo!, y Patricia, que no quería discutir, dijo, bueno, bueno, ya veremos, y como mi hermana llenó una maleta de ropa, Patricia le dijo que ni hablar, ¿quieres ir cargando con todo eso por el campo…?, porque nos vamos al campo, ¿eh?, y allí no te va a ver nadie; no, déjalo todo ahí, ponte unos zapatos buenos y unos vaqueros, coge unas camisetas y andando, y entonces Azucena dijo, ¡sí, anda, todos los días con lo mismo!, pero Patricia la convenció, y durante aquellos días, que no fueron muchos, sólo cinco o seis, Azucena fue vestida igual, que era raro, pero aquella vez lo hizo, y como de todas formas los vaqueros eran apretados y un poco cortos, o sea, que se le veían los calcetines y un trozo de pierna y le quedaban bien, estuvo todo el tiempo mirándose en los escaparates y en los cristales de los coches que estaban aparcados y casi no protestó. Luego resultó que lo que más le gustaba era un jersey de Patricia que le quedaba bastante grande, le sobraba por todas partes, sobre todo de largo y por las mangas, pero dijo que era lo que más le gustaba y que no se lo iba a quitar, y luego le preguntó que si se lo regalaba y Patricia se quedó sorprendida, ¿lo quieres?, pues para ti, mujer, ¡ay, sí, sí, gracias…!, ya verás, no me lo voy a quitar en todo el camino, ¡jo, es que es más guay…!, y no hacía más que mirarse en el espejo de la habitación y darse vueltas.
Patricia quería conocer Castilla porque decía que era el sitio en donde se había desarrollado buena parte de la historia de nuestro país, ese país tan grande y complicado que se llama España, la historia que ella estaba estudiando, que le interesaba mucho, y allá fuimos, pero a Patricia no le gustaban las ciudades, que decía que nunca sabía qué hacer en ellas con aquel coche tan grande y que dejándolo por ahí nos iban a romper un cristal y a robar todo lo que llevábamos, que en realidad no era casi nada, y con aquello resultó que a ciudades fuimos a pocas y estuvimos todo el tiempo de pueblo en pueblo. Llegábamos a uno, dejábamos el coche en una calle y nos íbamos a andar por él y a buscar el barrio antiguo y la plaza, y si es mayor, mejor, porque en todos estos sitios hay plaza mayor; fijaos, ayer estuvimos en dos en los que había plaza mayor, hasta una llena de soportales de piedra y con una iglesia muy antigua en un extremo, y hoy vamos a ver otras, ¿no?
En el coche había un mapa y Patricia fue todo el tiempo mirándolo, dando vueltas y diciendo, y ahora vamos a ir a Madrigal, y ahora a Peñaranda, y ahora a no sé dónde, y luego decía otros nombres y fuimos a todos, desde luego hicimos muchísimos kilómetros en aquellos días y vimos varias procesiones de las que hay en Semana Santa, la primera de casualidad porque la encontramos al llegar a uno de los pueblos, un sitio en el que no dejaban pasar a los coches y nos tuvieron bastante rato parados, y luego, buscándolas y preguntando en dónde había las más raras, nos encaminaron a un lugar que estaba por allí cerca y en el que la procesión era en las afueras, en mitad del campo, y además había que levantarse muy temprano, cuando amanecía o antes, y resultó que en aquel pueblo no había ningún hotel ni nada que se le pareciera, pero una señora de un bar nos dijo que si queríamos podíamos dormir en su casa, que tenía un cuarto con tres camas y que si aquello nos convenía que fuéramos, ustedes verán, y Patricia nos dijo, qué, ¿os atrevéis a dormir en una casa de un pueblo de verdad?, y Azucena le contestó, sí, ¿por qué no?, pero cuando entramos lo entendimos porque la casa era viejísima y todos los suelos rechinaban como si se fueran a hundir y tragarnos para siempre. La señora nos llevó a la habitación, que era enorme y muy baja, encendió la luz, una luz que colgaba del techo, y dijo, aquí es, ¿les gusta?, y aunque el sitio era bastante raro nosotros dijimos que sí, que claro, y nos fuimos a pasear por el pueblo, en donde cenamos.
Luego, cuando volvimos, a Azucena y a mí nos extrañó todo, los muebles, los cuadros llenos de polvo, las mantas de las camas, que eran como antiguas, y hasta las mismas camas, que estaban muy frías, y cuando hubimos revisado los objetos que contenía aquella gran habitación, Patricia dijo, niños, cada uno a su cama, y entonces Azucena casi chilló, ¡ah, no, que yo no me desvisto delante de ése!, y Patricia apagó la luz y dijo, venga, que ahora no te ve, y riéndose añadió, ¡venga, niña, que enciendo…!, y se oyó a Azucena desvestirse a toda velocidad y gritar, ¡ayyy…!, ¡oye, no, espera, espera…!, y luego dijo, ¡ya!, y cuando Patricia encendió la luz ella estaba tapada hasta el cuello y yo en mi cama. Entonces Patricia nos dijo, esto sí que es raro, ¿verdad? Fijaos, estamos en medio de Castilla la Vieja, en un pueblo perdido que casi no tiene luz, porque la han debido de poner hace poco, ni carretera ni nada…, ¡oye, carretera sí tiene!, que nosotros hemos venido por ella, bueno, sí, pero no es una carretera importante sino sólo una carretera que viene a este pueblo, o sea que por aquí no pasa nadie y no hay turistas ni nada de eso, sólo los de aquí y los de los pueblos de al lado que han venido a ver la procesión de mañana. Estamos casi como en el siglo XII, o el XIII, cuando aquello de la Reconquista y estas tierras cambiaban de dueño todos los años y los reyes de León y Castilla las repoblaban con gentes que traían de otras partes para que los musulmanes no volvieran a instalarse en ellas… ¿No os habéis fijado en que no se oye ni un ruido?, y nosotros prestamos oído y tuvimos que convenir en que era verdad porque no se oía nada, sólo algún golpe lejano de vez en cuando, que seguramente era la señora de la casa trajinando, un perro que ladró un par de veces y un coche que pasó a lo lejos, aunque casi ni se le oyó. Sí, no se oye nada, dijo Patricia, como en los lugares encantados, y menos ese rumor que se escucha siempre que estás en una ciudad, todos los coches lejanos y los motores de la civilización…, y allá arriba estarán las estrellas como siempre han estado y a nuestro alrededor los enormes bosques, esos pinares llenos de animales salvajes que llevan viviendo aquí desde el principio de los tiempos…, y ahora, fijaos en esto, y nosotros miramos y Patricia abrió las contraventanas de madera vieja, encendió unas velas que había encima de un mueble y apagó la luz, y entonces, con todas aquellas sombras y luces temblequeantes sí que de verdad me pareció que habíamos retrocedido en el tiempo y estábamos en algún lugar de los que aparecen en los programas de ordenador, en los de misterio…, bueno, y en los libros, para qué voy a decir otra cosa, que son de los pocos sitios en donde uno puede encontrar mundos nuevos, más rodeados por todos aquellos muebles viejísimos, y a través de la ventana, que era muy pequeña, vi que parpadeaban unas luces, esas luces que en la ciudad y entre sus nieblas casi nunca puedes distinguir…
Luego Patricia dijo, niño, ponte mirando a la pared, y yo pregunté, ¿para qué?, y ella dijo, venga, date la vuelta que ahora me toca a mí desvestirme, y yo hice como que hacía lo que me mandaba pero procuré no perder del todo el punto de vista, aunque ella se dio cuenta, claro, y dijo, Pipo, ¿quieres ponerte mirando a la pared?, y no me quedó más remedio que hacerlo, y luego, cuando estábamos los tres en la cama, pasamos horas hablando y riéndonos porque las camas eran rarísimas, muy antiguas y llenas de bultos, y ellas no sé, pero yo, desde luego, estuve la noche entera dando vueltas.
Por la mañana, que estaba todo oscuro, Azucena sí que protestó un poco porque decía que casi no había dormido, pero Patricia le quitó las sábanas y ella, aunque se enfadó y gritó, se tuvo que levantar, más que nada porque sólo tenía puesta una camiseta y unas bragas y decía que yo la miraba, y yo, para hacerla rabiar, me puse a mirarla y ella intentó darme, pero yo me aparté, y entonces, de pura rabia, llamó a Patricia no sé qué y Patricia hizo como que se enfadaba y le mandó que se levantara y se diera prisa, que si no, nos íbamos a perder la procesión, y al final fuimos, ellas bastante serias, que estaba todo nublado y como si fuera a llover. Nos pusimos al borde de una carretera estrecha, sentados en una tapia, aunque cuando aparecieron los primeros nos levantamos y los vimos pasar de pie, y al cabo de un rato desfiló la procesión entera, que era un montón de señores con la cara tapada, vestidos de negro y descalzos, todos con las velas apagadas y humeando porque hacía bastante viento, y entre ellos varios que tocaban el tambor, unos tambores grandes y en los que sólo daban un golpe, ¡pum!, y al cabo de un rato otro, ¡pum!, y luego otra vez, y todos callados y como mirando hacia el suelo y andando muy despacio, y al final, entre varios, traían una cruz de madera que debía de pesar bastante. Todos pasaron por allí, por la carretera, y se perdieron en dirección al pueblo, y nosotros y más gente que había mirando los seguimos y acabamos en una plaza que estaba atestada y en una de cuyas esquinas había una iglesia viejísima con toda la piedra carcomida por el agua –y por el tiempo; eso, y por el tiempo–, y allí se metieron los que pudieron, aunque la mayor parte de la gente se quedó en la calle, nosotros entre ellos, mientras la campana de la iglesia sonaba a cada poco, como antes los tambores, y luego no sé qué ocurrió que salieron todos otra vez y la gente entró en los bares que había por allí y Patricia dijo, bueno, pues habrá que desayunar, ¿no?, y entramos también nosotros en uno que estaba lleno de gente gritando, incluso algunos de los de la procesión, aunque entonces ya no llevaban la cara tapada, y pedimos cola caos y unas galletas muy raras y estuvimos en aquella mesa durante mucho rato mirando lo que sucedía a nuestro alrededor, toda la gente bebiendo copas y hablando en alto, y a Azucena, con lo del cola cao y el griterío, que en vez de las ocho de la mañana parecía que eran las doce, se le pasó todo y dijo a Patricia, oye, perdona, ¿eh?, que es que lo de antes no te lo quería decir…, y luego me miró bastante seria y dijo, y tú cállate, ¿eh?, que no estoy hablando contigo, y yo seguí con mi taza y las galletas e hice como que no la había oído, pero ellas se arreglaron y se pasaron el día entero andando cogidas de la mano, Azucena de lo más cariñosa y haciendo tonterías, que seguramente se había arrepentido de su arrebato y debía de querer hacer méritos, y por la tarde, sin que viniera a cuento, cuando estábamos viendo la puesta de sol en mitad de la llanura infinita y subidos en unas peñas, como ella estaba sentada a mi lado, fue y me dio un beso, yo creo que se lo había dicho Patricia, me cogió por un hombro y me dio un beso en la cara y luego se quedó mirándome mucho rato, seguramente a ver qué decía yo, pero yo no dije nada porque la había entendido de sobra, y es que Azucena es mi hermana, y aunque es bastante bruta, eso me da igual porque es mi hermana.
Luego continuamos aquella excursión tan larga y atravesamos casi todos los pueblos, bosques, páramos y barrancos de Castilla, y cada vez que encontrábamos un pantano o un río Patricia paraba el coche, ¡vaya sitio más bueno…!, e íbamos hasta la orilla, y aunque a veces daba marcha atrás y decía que de bañarse en aquel sitio ni hablar, que nos podíamos ahogar los tres, otras veces, sobre todo en los ríos que tenían piedras en las orillas, decía que sí, y que si no teníamos mucho frío que nos metiéramos en el agua, y una tarde, en un sitio precioso y lleno de arboledas sin fin, al borde de un canal, porque aquello no era un río sino una presa pequeña que había en un canal, Azucena dijo que no le apetecía ponerse el traje de baño y que si se podía bañar así, ¿cómo así?, pues me quito la ropa y con la de debajo…, y Patricia dijo, bueno, si a tu hermano no le importa…, pero a Azucena aquello le daba igual, bueno, si le importa que se fastidie, además, ¡como no hace más que mirar…!, y se quitó las botas, luego los calcetines, luego los pantalones, todo esto haciéndose la desentendida, y luego, ya mirándome, también la camiseta, y aunque me miraba a ver si yo la miraba, me hice el loco y dije, ah, pues yo también, ¿para qué me voy a poner el traje de baño?, total, los calzoncillos son como un bermudas, ¿no?, ¿no qué?, que los calzoncillos son como unos bermudas de esos y a mí me da igual, bueno, pues báñate como quieras, y le dije, ¿y tú?, y entonces Azucena se rió, ¿lo ves?, ¿lo ves?, si es que no quiere más que verte…, pero Patricia dijo, no, yo así, y se quitó la ropa y ella sí que llevaba debajo un traje de baño, y nos metimos en el agua que estaba helada, vamos, estaba congelada y sólo pudimos entrar y salir, pero mientras estuvimos allí vinieron los pájaros a vernos y estuvieron todo el rato saltando y haciendo ruido en los árboles que había encima de nosotros, y luego salimos y Patricia dijo que no nos vistiéramos con la ropa mojada, que nos la quitáramos y nos pusiéramos la que traíamos, y Azucena le dijo, ¿pero así, sin nada debajo?, sí, qué más da, ahora te secas, y luego, cuando vayamos al hotel, te duchas y te vuelves a poner a tu gusto, ¡ya, pero es que no me voy a desnudar delante de éste…!, y Patricia dijo, no, delante no, os volvéis de espaldas y así ninguno ve al otro, ¡venga, niños!, que os vais a quedar helados, y de aquella manera fue la cosa. Azucena se volvió a encasquetar los vaqueros y el jersey grandísimo y dijo que iba a ir siempre vestida así, sin nada debajo, que era mucho mejor, y como tenía el pelo mojado hasta yo la encontré bien, el día que digo estaba más guapa que en otras ocasiones, cuando se maqueaba y pintaba para ir a la discoteca, aunque fuera poco.
Aquellos días fueron fantásticos, todo el tiempo de pueblo en pueblo y parando en todas partes, recorriendo calles y plazas y castillos y ruinas sin parar y Patricia haciendo fotos de todo lo que veía, algunas veces con nosotros delante y otras sólo el paisaje, comiendo sopas gordísimas y una cantidad de carne como nunca habíamos comido, sobre todo cordero churruscante, que era lo que más me gustaba, y también chuletas enormes, pero es que aquella carne era de la buena porque alrededor de nosotros todo eran mieses y relucientes campos con rebaños de vacas, y hasta Azucena, que al principio no quería venir, cuando el domingo por la mañana Patricia dijo que teníamos que volver a casa, contestó que no le apetecía nada y que prefería quedarse a vivir por allí, y entonces Patricia le dijo, oye, ¿y tu ropa?, porque estarás deseando cambiarte y ponerte algo más elegante, ¿no?, y Azucena dijo que no, que no le importaba nada y que prefería estar así vestida, con las botas y los pantalones vaqueros y el jersey grandísimo, que se estaba muy bien, y luego añadió, ¡jo!, es que ahora…, otra vez, volver a la ciudad, y a casa…, y Patricia movió los hombros, ¿qué pasa?, nada, que se está muy bien aquí, y se puso medio ñoña, se agarró a Patricia y le dijo, oye, ¿para qué vamos a volver?, nos podemos quedar unos días más, ¿no…?, ¡anda, llama a mamá y se lo dices!, pero Patricia dijo que ni hablar, ¡niña, que tienes que ir al colegio!, y tu hermano también…, ¡qué más quisiera yo que quedarme!, pero no puede ser…, y además, ¿no decías que no te gustaba esto y que era una pesadez?, y Azucena tuvo que reconocer que lo había pasado muy bien. Bueno, pero volvemos a la noche, ¿eh?, que hasta la noche aún podemos ir a algún sitio y comer en un bar de esos…, ¿de cuáles?, pues de esos de los pueblos, que la comida de aquí está buenísima, y Patricia se reía aún más, ¡pero, niña!, ¿se te han olvidado ya las pizzas…?

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Como dije hace un par de meses, he conseguido poner punto final a un nuevo libro. Se llama Ojos azules por algo que tiene que ver con las leyes de Mendel, pues es un esbozo de la historia de la evolución de las personas.
Dado que en él se intentan ilustrar algunos de los acontecimientos de la sinfín cadena que nos ha traído hasta aquí, los episodios que se narran suceden durante épocas muy diversas, desde hace cien millones de años hasta nuestros días. El trozo que va a continuación pertenece a La actualidad, el último capítulo, y está casi al final del libro.

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LOS PIRATAS DE LAS GAFAS DE SOL

Los piratas de las gafas de sol son mayores, deben de tener alrededor de cincuenta años, pero la chavala, la chavala rubia que casi siempre les acompaña –aunque a veces acompañe al correcaminos–, no; ella sigue joven. La chavala, como es marciana, o medio marciana, es azafata –pero es que es guapísima, como su madre–, y como además es mutante, no tiene miedo de que se caiga el avión porque sabe volar. Si el avión se cae ella busca una escotilla y la rompe con el puño de hierro, y de ahí en adelante todo es coser y cantar. Los pasajeros se estremecen ante la súbita bajada de presión y algunos vomitan, pero esto da igual porque de todas formas van a morir en seguida y nadie va a mirar al vecino y decirle, oiga, ¿qué hace?, más educación, por favor, que me ha puesto perdido; están todos muy ocupados con su agonía. Luego, cuando el avión se ha estrellado y ya nadie habla, ni siquiera piensa, ella planea hasta los restos y espera a que llegue el grupo de rescate, y cuando llegan, que está subida sobre los restos del fuselaje, les dice, soy la única que se ha salvado, ¿se lo quieren creer ustedes?, ¡soy la única que se ha salvado!, y entonces los de la misión de rescate avisan a la policía. La policía tarda en llegar porque ellos no tienen helicópteros, o por lo menos no tienen tantos como los de los grupos de rescate, y cuando llegan no saben qué decir y ponen cara seria, como de no saber qué está pasando allí. Pero, señorita, ¿me dice usted que…?, y Hannah…!, o sea, María de los huevos, vestida de azafata cósmica contesta, sí, aunque le parezca raro, que a mí también me lo parece, no se crea, pero el caso fue que mientras el avión caía yo me sentía flotar, me sentía como si estuviera dentro de un avión en caída libre, nada se acercaba a mí, quiero decir, ningún objeto material, sino que todo flotaba por allí cerca, se movía muy despacio, no había peligro de choque, y luego, al final, cuando ya se adivinaba lo que iba a suceder, comenzó a percibirse un fenómeno extraordinario, o por lo menos yo nunca había visto una cosa tal. Era como una burbuja que me iba envolviendo, una burbuja de jabón, aunque debía de ser antimateria, y cuando llegamos al suelo, o sea, cuando se oyó una explosión horrísona y todo se incendió debido a los vapores de la gasolina, la burbuja me protegió como el escudo de Luc Skywalker y me encontré a salvo, ¿no se lo cree?, pues aquí me tiene, y la respiración artificial no se la he hecho a ninguno porque ya ve usted cómo está la cosa; entonces salí por mis propios medios, aunque la burbuja no me abandonaba, qué va, allí estaba, a mi alrededor, y me instalé encima de los restos del aparato para ver cuanto antes cuándo llegaba el equipo de rescate, y entonces sí empezó a disolverse, cuando me vio a salvo, y al cabo de un rato se había ido del todo, y ahora…, voilà!, aquí me tienen.
Los policías pensaron que estaba loca pero no se atrevieron a llamar a los loqueros, y en vez de eso me llevaron a un hospital en donde hubo una escena chunga cuando quisieron que me desvistiera, porque Hannah…! no se desviste nunca, no, que se habla mucho de ello pero nunca lo hace, y ya digo, entré y lo primero que me dijeron fue que me quitara la ropa, y Hannah…! se moría de risa, sí, anda, que me quite la ropa, que me desvista, eso es lo que quieres tú, el que está disfrazado de médico, o de enfermero, yo qué sé, ¡tú estás mal!, ¿y no quieres que saque la lengua?, ¡si sólo me he caído del avión!, ¿para qué quieres que me quite la ropa si lo único que sucedió fue que se cayó el avión y a mí no me sucedió nada?, ¿qué culpa tengo yo?, o no, mejor, ¿cuál es la causa que precede al efecto?, ¿lo sabe usted, eminente doctor?, oiga, yo me voy que aquí hace mucho calor, y entonces entró una chica vestida de blanco y le dije, este señor quiere que me quite la ropa y lo único que ha sucedido es que soy la única superviviente de un trágico accidente de aviación como los que suceden a veces, ¿usted cree que tengo que quitarme la ropa?, ¿a que no?, mejor que no, porque como llegue a sus ojos la luz que ilumina las tinieblas es probable que quieran meterme en la cárcel; bueno, eso no se lo dije porque para qué, no lo iban a entender y ya estaba la cosa suficientemente liada, aunque no creo que lo hubieran conseguido porque seguro que nunca han intentado meter en la cárcel a alguien que tenga brazo elástico, y mucho menos puño de hierro.
–Sí, eso fue así –dije yo–, y al final la dejaron irse a su casa, claro, porque con Hannah…! no hay quien pueda –y los piratas de las gafas de sol dijeron,
–No, hizo bien –y yo seguí,
–Y de todo esto no nos hemos enterado por los periódicos, nunca se ha dicho, ni de muchas otras cosas por el estilo que llevan sucediendo durante los últimos años, porque semejantes noticias no aparecen nunca en los diarios, en donde están muy ocupados fabricando las suyas propias. Ahora es lo de la duodécima crisis nuclear y dentro de poco será otra diferente, otra paranoia colectiva, de las que yo, a mi avanzada edad, ya he asistido a varias.
–Nosotros también –dijeron los piratas de las gafas de sol, que habían llegado en sus motos–, pero eso ahora no importa, es lo de menos, que lo importante es que Hannah…! sigue bien después de tantos años. Ya nos lo imaginábamos nosotros porque se le veía cara de lista. Oye, ¿tenéis cerveza?, que aquí también hace calor… Si no, podemos llegarnos hasta el bar.
–No, no hace falta, que tenemos de todo, y además tenemos una nevera nueva buenísima que las pone en su justa temperatura. Hannah…!, oye, tráenos unas cervezas y deja de trajinar. Siéntate, mujer, y haznos compañía en este crepúsculo tan particular, cuando han venido tus amigos a verte –y Hannah…!, que andaba mulliendo cojines, por una vez me hizo caso y vino adonde estábamos.
–Sí, ya arreglaré esto otro día. En realidad no importa, ahora que habéis venido vosotros… ¿Estáis bien, estáis cómodos? –y los piratas, por supuesto, dijeron,
–Muy bien, muy bien; venga, no te preocupes de nosotros y siéntate. Podíamos hacer un canuto de lo bueno, ¿no?, que tenemos una hierba superior.
Los piratas de las gafas de sol son mayores, claro, como el correcaminos, y es que el tiempo pasa para todos, pero como modificadores de la percepción siguen utilizando la hierba y la cerveza, como tiene que ser.
–Sí, es lo más reconstituyente, lo he dicho siempre, pero se nos ha olvidado el gazpacho, que es la tercera de las sustancias obligatorias.
–¡Anda, es verdad…! ¿No tendréis gazpacho también?
–Por supuesto que tenemos, más en estas latitudes. Hannah…!, enróllate y ponnos unos gazpachos, ¿no?, que no vamos a dejar a estos señores sin merendar.
–Es verdad… De inmediato –y Hannah…! se levantó y volvió con unas tazas y una jarra llena.
–Ya está todo, no os mováis. ¿Dónde habéis estado estos años? Ya os estábamos echando en falta.
–Pues por ahí, de playa en playa…
Los piratas de las gafas de sol llegaron en sus motos, dos motos parecidas a las chopper pero con algo especial, no sabría decir qué, entraron y se encontraron con Hannah…! que estaba regando las plantas del invernadero. Los piratas de las gafas de sol llegaron y dijeron,
–Hola, tú eres Hannah…!, la de los ojos azules, ¿verdad…? ¡Hija mía, si no has cambiado nada!, por ti no pasa el tiempo, ¿eh?, ¡hay que ver…!, bueno, ¿y qué es de tu vida? Cuando te trajimos, ¿te acuerdas?, aquella vez de la carrera transeuropea –y eso que han transcurrido veinticinco años, que no es cualquier cosa–, te dijimos que pasaríamos por aquí, pero la verdad es que hemos estado bastante ocupados y no hemos podido volver hasta ahora. Espero que no sea mal momento… –y Hannah…! dijo,
–¡Qué va…! Si precisamente ahora mismo estaba pensando en vosotros, y en lo de la música para viajar.
–¡Ah, ya…! ¿Te acuerdas de aquello?
–Hombre, claro.
… y es que lo de la música para viajar tiene tela.

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(Música para viajar es el título de uno de los capítulos anteriores de este libro, que habla de unos niños cantores en la Venecia dieciochesca).

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En uno de mis libros (Siglo de las luces, el segundo de las aventuras de Juan Evangelista, personaje que vivió trescientos años y cuyas aventuras se detallan aquí), el protagonista, que a la sazón tiene casi cien años pero aparenta veinticinco, y a quien todo el mundo llama Salamanca, se encuentra en alguno de los innumerables riscos de la imponente cordillera de Los Andes. Esto sucede hacia 1760, más o menos, y él forma parte de una expedición que por aquellos andurriales se dedica a realizar los trabajos preliminares para la determinación del grado de latitud terrestre, medición que se efectuó por aquellas fechas. El jefe de la partida, buen amigo suyo, pues fueron muchas las tierras que recorrieron juntos, un hombre de mediana edad y también un ilustrado de la época, se llama Mendoza.

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Una mañana arribamos a una aldea perdida en la fragosidad de las montañas, y Mendoza, tras hablar con los lugareños, me dijo,
–Prepare usted sus entendederas, sí, y abra bien los ojos y los oídos, que va a observar algo que se presencia escasas veces. ¡Acompáñeme, hombre, póngase en marcha!
Nos sumamos a un grupo de indios, y tras una larga caminata que nos llevó a una enorme hondonada entre picachos, nos escondimos entre las peñas y pasamos la mayor parte del día al acecho.
–¿Al acecho de qué?
–Del mensajero de los Dioses, ya que quiere usted que le destripe el cuento. Pero no atienda a las palabras sino a los acontecimientos. ¡Fíjese…!, ahí viene –y una enorme sombra surgida de los aires nos sobrevoló dirigiéndose hacia el señuelo.
Aquel formidable animal –mensajero de los Dioses– tocó la tierra al lado del cordero despeñado y observó sus alrededores con desconfianza. Luego, cuando parecía ir a hacer ademán de hincar su monstruoso pico en la carne de la presa, los indios salieron de sus escondites y con toda confianza se dirigieron hacia él. El cóndor, que no otro era nuestro botín, intentó de inmediato alzar el vuelo, pero, ¡ay!, las paredes del embudo pedrero a que había sido conducido eran demasiado altas para él, y sus desesperados aleteos no le sirvieron para remontar el vuelo sino tan sólo para desplazarse de un lugar a otro, preso en la encerrona que no había imaginado. Los indios lo persiguieron con risas y cánticos por aquel fondo rocoso y se hartaron de tirarle piedras que no consiguieron sino enfurecerlo, pero luego, cuando el animal daba muestras de cansancio, se aproximaron a él y, con un capuz, le taparon la cabeza. A continuación, y usando de una caña hueca, le dieron a probar un licor cuyo nombre desconozco…
Nuestra llegada al pueblo con la enorme ave supuso el comienzo de la fiesta que durante el día siguiente iba a tener lugar y que comenzó con una misa, una misa presidida por el cóndor, al que, convenientemente sujeto, colocaron en sitio preferente, el primero de los bancos, al lado del alcaide y otros notables entre los que nos contamos, pues Mendoza era conocido en aquel lugar. La aldea al completo asistió a la función, función que se alargó durante varias horas, pues al objeto de que el cóndor guardara en su memoria cuanto sucedía, los cantos sagrados y las ceremonias se repitieron hasta la saciedad.
El cóndor, que observaba cuanto se desarrollaba a su alrededor con toda reverencia y expresión de curiosidad, y en ningún momento intentó escaparse, fue llevado al mediodía hasta la gran explanada que hacía las veces de plaza en aquel poblado entre montañas, y tras el banquete que en su honor se sirvió –cuyas mejores tajadas fueron devoradas por él mismo–, conducido en volandas de la multitud hasta lomos de un toro azabache que aguardaba en un cercado. Con las dificultades que son de suponer, pues aunque el toro estaba trabado de pies y manos bufaba furiosamente, fue encaramado encima y convenientemente amarrado, y cuando tras la orden del alcaide, el bovino liberado de sus cadenas, pudimos contemplar uno de los más aparatosos espectáculos que nunca me fue dado ver.
¡Sí, era la ceremonia del toro alado! Cabalgando sobre un toro corveteante y agitando con desesperación las alas, pues quería separarse de aquel bruto, el cóndor semejaba algún mitológico y fantástico animal dotado de múltiples miembros, y de verdad parecía que en cualquier momento pudiera emprender el vuelo… La música redobló su velocidad, y todos cuantos allí estábamos nos dimos en seguir el ritmo in crescendo que llevaban los tambores. Ante el parsimonioso fondo de las montañas, el sordo y lento golpeteo que parecía provenir de las entrañas de la quebrada tierra que nos hospedaba fue el perfecto acompañamiento a tanto grito y baile desbocado, rasguear de charangos y pifiar de ruidosas siringas y zampoñas, ruda sinfonía con la que yo también me embriagué.
Al atardecer, tras aquellos momentos de confusión y profuso trance báquico, cuando todos, incluidos el cóndor y el toro, habíamos agotado nuestras fuerzas, cesó la música, y la población al completo, en forma de abigarrada procesión, se encaminó a una de las cercanas cimas que nos rodeaban, una cima que daba sobre un vertical precipicio. El cóndor fue colocado sobre la más alta de las peñas y liberado de sus ataduras, y acto seguido…
–¡Allá va… –dijo Mendoza–, el mensajero de los Dioses!, de vuelta al cielo para narrar a sus dueños cuanto ha sucedido en las últimas horas. Las ceremonias, las comidas y bebidas y los cantos multitudinarios… ¡A reclamar benevolencia a quienes pueden desparramarla a manos llenas y a solicitar un diluvio de días venturosos…! Sí, amigo Salamanca, esta es la forma en que los indios se comunican con los Dioses…, pues, ¿de qué otra forma iban a hacerlo, sino por mediación de un mensajero?

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Me he sacado de la manga un nuevo libro, que no es mala manera de comenzar un nuevo año. En realidad no es que me lo haya sacado de la manga, sino que he dedicado el 2011 entero a escribirlo.
Por sus páginas desfilan flores, omómidos, australopitecos, neandertales (hasta aquí antecesores de las personas), nómadas, agricultores, guerreros, fenicios, romanos, bárbaros, clérigos y nobles, piratas en Tierra Firme, venecianos dieciochescos, especímenes del Homo ludens y androides, y cada uno de ellos cuenta su particular aventura…, o lo que es lo mismo, es un libro compuesto de episodios en el que, a muy grandes rasgos, se describe la evolución de nuestra especie.
Al principio se llamaba Eslabones de una cadena, y poco después Cómo hemos llegado hasta aquí (dado que es una sucesión de aventuras, también lo podría haber titulado Cuadros de una exposición), pero como todo lo anterior me parecía muy complicado y lo que engarza las diversas historietas es el hecho (esto son las leyes de Mendel) de que sus protagonistas, que descienden unos de otros, tienen los ojos azules, al final (un mes antes de acabar) le cambié el nombre y con ese (Ojos azules) se ha quedado.
Aquí debajo pongo un par de páginas del texto. Es el final de la aventura de los australopitecos, famélicos seres que, hace cinco millones de años y en las orillas de un lago, andan buscando cualquier cosa que les sirva de merienda.

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Australopitecos en las orillas de un lago (final)

[…]
A media tarde, cuando los rayos del sol declinan hacia el ocaso y el tropel de desconfiados seres comienza a preludiar la retirada hacia los cuarteles nocturnos, un nuevo golpe de suerte que completará tan provechosa jornada surge inopinado ante sus ojos. En el embarrado fondo de una de las angosturas que festonean las aguas lacustres se muestra, descarado y reciente, un sucio y monstruoso nido semejante al que acaban de devastar. Sin embargo, algo retiene a aquellos seres famélicos, que lo contemplan indecisos desde las peñas que circundan el lugar. Debajo de ellos reposa el deseado trofeo blanco y oval, inmóvil, a su inmediato alcance, pero ninguno se atreve a dar el primer paso y ventean el aire como si temieran una asechanza. Dudan, y alternativamente dirigen su mirada hacia el nido y el cielo, pero es tal su privación que al fin uno de ellos, seguramente el más hambriento, harto a regañadientes se descuelga por las rocas hasta casi rozar la charca, y alargando uno de los brazos intenta alcanzar el huevo más próximo. No lo consigue, y tras contemplarlo frunciendo los ojos y torciendo la cabeza repetidamente, regresa con prisa junto a sus expectantes compañeros en lo alto de la peña.
Es entonces el joven de pelo rizado quien toma la iniciativa. Resoplando con vigor desciende por la pared de piedra hasta el fondo del embudo y se arroja de pie a la poza. Allí mantiene precariamente el equilibrio, pero ahora los huevos están a su alcance, y tomando el más cercano hinca en la cáscara los dientes con avidez. Desde su interior se derrama la apetecida sustancia, cuya mayor parte cae sobre el agua cenagosa, y él levanta la vista hacia los demás, que le contemplan anhelantes, con un malicioso ademán de triunfo…, pero he aquí que la naturaleza, tan generosa en ocasiones, se muestra pérfida y cruel en otras, y nuestro personaje –héroe de aquel día, que dijimos– siente de improviso cómo bajo sus pies se descubre una oculta y quién sabe cuán profunda sima…
El suelo no existe –piensa entre nieblas–, sino sólo la amarillenta sustancia capaz de saciarme. Es hora de absorber los dones que a costa de sudor y lágrimas de sangre encontramos los más fuertes, los más capaces
Sus pies se hunden imperceptiblemente en el viscoso asiento, y mientras toma con avaricia otro de los huevos y lo tritura ruidosa y apresuradamente, algunos de quienes desde arriba le observan comienzan a darse cuenta de que algo no va bien. La inmovilidad los atenaza, y sus bocas permanecen abiertas por el asombro, pero de ellas sólo brotan apagados estertores en los que puede advertirse la alarma.
Un significativo burbujear surge de la laguna, y quien se deleita engullendo con regodeo la amarillenta y monstruosa yema se tambalea hasta casi perder el equilibrio, aunque se rehace, y con gesto feroz toma un nuevo huevo y lo levanta hacia el cielo. Luego, mientras se hunde en la ciénaga hasta las rodillas, lo estrella con rabia contra su cabeza dejando que los líquidos que contiene le chorreen cuerpo abajo, y al fin, tras soportar impávido y atragantado la avalancha, emite un ruido agudo y discordante que recuerda a la estúpida risa de los borrachos.
Los que observan la escena, antes envidiosos pero ahora enmudecidos, rebullen a cada momento más inquietos, y luego, como obedeciendo a una señal, prorrumpen en un coro de gritos desesperados que presagian la catástrofe final.
Ya el agua polvorienta llega hasta la cintura de quien en ella está sumergido, pero nuestro personaje ha entrado en un rapto de enajenación que le impide darse cuenta de lo que sucede. Arrebatado por una emoción difícil de definir, y ofuscados sus sentidos ante los elementos que le aferran, encadena histéricos e irracionales movimientos que recrudecen su comprometida situación, pues atiborrado por el hartazgo de la deseada sustancia, atropelladamente destroza los huevos acompañado de mayúsculo desenfreno, y mientras vociferando los tritura y disemina la sustancia en las aguas, otros se los arroja por encima y deja que el contenido se derrame sobre sus hirsutas y ensortijadas greñas. Su cuerpo se hunde a cada nuevo golpe en el charco de barro que parece absorberlo, y pronto no es sino la cabeza y los hombros y los brazos alzados al cielo lo que sobresale de la marisma.
Es aquella escena de gran confusión, y a la vez que el accidentado se debate desesperada e inútilmente, los espectadores se encogen y ni por asomo se les ocurre prestarle la necesaria ayuda, y mientras unos descienden de la peña por la parte trasera y clamando como energúmenos se internan en la espesura, otros se agrupan sobre ella y desde allí contemplan huraños y retraídos el último acto del infausto y disparatado drama.
Al final, entre burbujas y espumarajos desaparece en el barro la última mano gesticulante manchada de yema y sólo quedan delatoras trazas de color amarillo que flotan durante unos instantes sobre el agua turbia, y quienes desde la peña aún observan lo sucedido, olvidados al instante de la tragedia que se ha abatido sobre ellos gruñen de nuevo descontentos y con avidez, pues evocan con precisión las extraordinarias cualidades de la sustancia que irremediablemente se pierde.
Poco a poco se apartan y descienden de la piedra por lugar seguro, y volviendo repetidamente la mirada atrás regresan hacia el bosque, en cuyas fragosidades se encuentra el cubil que frecuentan durante aquellas noches, y cuando el último de los errantes y cariacontecidos seres desaparece entre la fronda, sólo queda el escenario silencioso, las lejanas y traidoras aguas del lago y sus orillas cenagosas, el aún burbujeante charco de barro, la selvática espesura y los pájaros que a todas horas revolotean sobre ella; la naturaleza indiferente, en suma, que nunca cesa en su eterno manifestarse, y es tal la quietud del paisaje, y su inalterable monotonía, que de verdad parece que nada ha sucedido.

 

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