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el viaje del morisco 1,2 500

Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este…–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?). Sea como fuere, pongo hoy este trozo que sucede durante el principio del verano de 1601, primer año del siglo XVII, cuando los protagonistas del viaje circulan desorientados por Castilla y acaban por llegar a Valladolid.

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Habíamos partido con cincuenta hombres y apenas nos quedaban treinta, pero Esteban opinó que eran suficientes para manejar la impedimenta, y que el resto no constituían sino un estorbo al que habría que alimentar sin ventaja alguna para la buena marcha de la empresa. Además, los que habían desertado, eran en buen parte desconocidos, criados que nos habían prestado para el caso Bartolomé y don Joaquín, y no nos contrarió vernos sin ellos, de forma que, habiendo cumplido lo que allí nos había llevado, volvimos de nuevo al camino que nos conducía hacia el norte.

Fue en Medina es donde supimos que el rey no acababa de partir hacia los reales de la cálida estación que se avecinaba, y que la corte seguía en Madrid, por lo que, tras consultarlo con Germán y los mayorales, nos encaminamos hacia aquella ciudad, en la que esperaba poder deshacerme del resto de la mercancía, por la que transcurrían los días sin cuento y en breve se encontraría tan deteriorada que difícil sería que alguien la quisiera.

–No nos vendrá mal este trueque –dije a Germán, que cabalgaba a mi lado–, pues aunque nos aparta de la ruta que habíamos prevenido, nos va a permitir examinar el estado de este importante camino real, el camino de Tordesillas a Madrid, que mucho han de recorrer nuestros correos, según se me ocurre –y cuando por aquella plana superficie, pues la vía que recorríamos se presentaba cuidada y sombreada por interminables filas de álamos, hasta el extremo de parecer durante leguas un paseo más propio de una gran ciudad, he aquí que tuvimos un encuentro que nos iba a enderezar de nuevo en el primitivo trayecto.

El convoy que conducíamos había quedado reducido a una veintena de carros que viajaban juntos, pues todos opinaron que en tierras como aquellas no eran de temer las asechanzas de peligrosas y nutridas bandas de salteadores. Recorríamos el corazón de Castilla entre poblaciones de tan sonoros nombres como Olmedo, Tordesillas o Valladolid, y la Hermandad se ocupaba de mantener expeditos los caminos, y durante algunas jornadas no tuvimos encuentros dignos de mención, pero una tarde soleada, a lo lejos, en la amable calzada carretera que recorríamos comenzó a pintarse una nube de polvo que vaticinaba la presencia de un grupo al menos tan grande como el nuestro, ¡y qué digo…!, pues resultó mucho mayor, decenas de carruajes precedidos de compañías de caballeros, soldados de brillantes uniformes que levantaban el polvo del suelo y al grito de ¡paso al rey! nos hicieron apartar. Desde los bordes del camino observamos el transcurrir del cortejo, numeroso de carrozas y carros cubiertos, cuyos conductores nos saludaron con abigarrado tremolar de banderolas y gritos procaces, en especial desde que vieron a las mujeres que con nosotros llevábamos, y no miento si digo que en algunos de los más pesados carromatos pudimos vislumbrar extraños animales enjaulados, algunos rugientes…

Uno de los emplumados capitanes, que recorría las filas, se detuvo sudoroso un momento ante el grupo que a pie firme formábamos Esteban, Germán y yo, y nos preguntó,

–¿Tienen sus mercedes agua? –y de inmediato le alargamos un odre, del que bebió en abundancia.

–Muchas gracias, señores –nos dijo–. ¿Adónde se dirigen?

–A la corte –respondí.

–¿A la corte…? Pues llevan camino equivocado. Dos semanas ha que la corte se encuentra en Valladolid, y allá nos dirigimos con parte del equipaje real –tras lo que levantó la mano y azuzando la montura tornó a su labor.

Al fin el cortejo se alejó, el polvo reposó en el suelo y la calma de la luminosa tarde volvió por donde solía, pues las mieses y los tiritones álamos se aplicaron en su melodioso susurrar, y las blancas y algodonosas nubes en sus continuas transformaciones.

–¿Qué les parece a sus mercedes esta revelación? –pregunté a quienes me rodeaban, el mayoral, Germán y algún arriero que se nos había agregado–. Resulta que perseguimos fantasmas…

Nos contemplamos confusos, pero al fin Germán dijo,

–Si su señoría no encuentra inconveniente, creo que es de rigor variar nuestro rumbo, como lo haría un barco en el océano. He tomado suficientes datos referentes a este Real camino, y nada nos impide dejarlo y dirigirnos a donde parece que más nos conviene…

Durante los días finales del mes de junio del año del Señor de MDCI, en el camino de Olmedo a Valladolid, la Vallisoletum de los clásicos, a las puertas y a la vista de esta ciudad que nos recibe con salvas de cañonazos que sin duda festejan y simbolizan la presencia del rey entre sus gentes

digo que sus innumerables torres descuellan sobre los campos que la circundan, extensas huertas y trigales, bosquecillos, riachuelos que corren de aquí para allá como las acequias de Andalucía, todo ello la adorna de muy enfática manera, y qué decir de las murallas, propias de ciudad de antaño… En las afueras y a la vera del camino que a ella conduce encuentran su asiento corraladas, barracones, posadas, casas de citas, unas encubiertas y otras descaradas, paradores y simples tabernas que alivian la sed de los viajeros, hornos de leña en los que se cuece el pan y ocasionalmente, cuando no todas las tardes, se asan cabritos cubiertos de dulces hierbas. Valladolid, urbe inmensa de largas calles soladas de piedra, sede ahora de la corte, según nos han dicho, emporio del teatro y de los pícaros que aún no han conseguido llegar a Sevilla ni pasar a las Indias, Babilonia de las Españas y revoltijo y ensalada de judíos, moros y cristianos, Valladolid de las torres y las enaltecidas casas de piedra plagadas de viejos blasones…, pues es esta una ciudad privilegiada por la imprevista llegada del rey.

Las calles están atestadas y en seguida se advierte el aire de fiesta. Después de dejar instalados los carros y dar las primeras y aceleradas disposiciones, con prisa me he internado, seguido por Esteban y Germán, entre la multitud que las puebla. A grandes zancadas hemos recorrido las calles que llevan a la plaza mayor sin detenernos en ninguno de los muchos lugares que nos han salido al paso, pues es harta mi prisa por encontrarme en el meollo de las Españas y observar si es cierto lo que de ellas se dice.

A este monumental coso hemos accedido por una enlosada y plagada de gentes rúa que finaliza en enorme arco ojival de piedra. Bajo él hemos pasado, y al fin desembocado en el más sobresaliente lugar de la ciudad entre los soportales iluminados por la luz del poniente sol que ilumina las fachadas, algunas de piedra labrada pero la mayor parte revestidas de ocre tierra. La plaza es grande, muy grande, y está ocupada, como las calles que la circundan, por un considerable gentío que sin cesar se desplaza de un lugar a otro, allá van los jaques de puñal en cinto y las hermosas, y los perros, en especial los mastines de luengas barbas y mirada cansada y los ratoneros de noble cuna y aposento, perrillos a los que ha sonreído la caprichosa fortuna y pasean majestuosamente prendidos de una correa, y los criados que se aburren pero no separan el ojo de lo que deben guardar, y algunas dueñas de redondas formas y costosos trajes, todos se saludan y se contemplan, ríen y gozan y se convidan entre sí, es la fiesta perpetua del atardecer, cuando el calor disminuye y los ociosos y dormilones despiertan para dar principio a su jornada.

Nos detenemos en una esquina, y entre el alboroto digo a mis acompañantes,

–Señores, resulta obligado restaurar fuerzas tras la cabalgada que nos ha traído hasta este ruidoso lugar. Propongo… –y no puedo terminar, pues Germán dice,

–En lo mismo estaba pensando yo. Acabo de ver el establecimiento que sin duda nos conviene. Acompáñenme sus mercedes…

… y con premura nos conduce hasta el más ruidoso y atestado de los figones que se asoman a las aceras, señalado por multitud de enhiestas cubas y a cuyo alrededor se apiñan personas de toda edad y condición que gritan, escupen con furia, beben y sin cesar expulsan los condenados humos azules de los ensalivados chicotes. Los criados van y vienen de continuo con frascos repletos y enormes y abrasadoras fuentes de barro que sin duda acaban de salir de algún horno, y los grupos aclaman cada nueva y humeante aparición.

Conseguimos hacernos un hueco en aquel campo de Agramante e interesar a uno de los atareados mozos…

[…]

 

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el viaje del morisco 1,2 500

Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este…–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?).

Sea como fuere, pongo hoy este trozo que se podría datar en la primavera del año 2041, pues es esta una historia que sucede durante dos épocas diferentes: la transición del siglo XVI al XVII y los años 40 del siglo que nos contiene.

Lo que sigue sucede durante un atardecer en un muelle industrial de Ucrania, seguramente a orillas del Ponto Euxino.

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Estoy en el puerto esperando a que vengan a buscarme, es un puerto industrial y sucio a orillas del mar Negro, con los zapatos trituro restos de carbón al caminar, carbón entre charcos, y observo que cierran las naves con estrépito de portones metálicos. He salido de un bar oscuro, la televisión vociferaba pero aún lo hacían más los parroquianos, ha acabado la semana y estos seres rubios y desaseados, gente joven que tiene dinero en el bolsillo y pocas ganas de volver a casa, se comunican en un idioma incomprensible, el de Ivana. Busco otro establecimiento, aunque tanto me da pues seguramente encontraré un lugar parecido, caras nuevas y a medio tiznar, miradas desencajadas por el temprano vodka, pero aquí cuentan sobre todo las carreras de motos, hay un chico de este país que es campeón del mundo y esta tarde compite en un lugar lejano, ¿es Malasia?, sí, o si no será Brasil o cualquier otro punto del vasto planeta, allí se enfrenta a sus rivales, la suerte será sólo para uno, pero poco importa porque la temporada es larga y la técnica hará justicia. ¿La técnica o las componendas? En todas partes cuecen habas, y los deportes no son tales sino amaños de las respectivas corporaciones de apuestas.

 

En el aeropuerto, más allá de las barreras que sólo franqueamos los pasajeros, se me ha acercado un policía y en un extraño inglés me ha dicho, venga conmigo, por favor. Le he seguido hasta una sala en la que esperaba un individuo con un grueso mostacho y vestido como yo, al que he entregado la abultada cartera que llevaba, y en seguida ha salido. Luego el policía me ha dicho, dentro de un momento le llevaremos a los muelles. Espere allí a que le llamen; verá que hay muchos bares abiertos, pues hoy es viernes…, y en la pausa que ha seguido he aprovechado para arrancarme el bigote. El policía sonríe…

 

Ya lo he encontrado. Parpadeantes letreros de neón de colores vivos lo denuncian, y en el interior hay chicas rubias y jóvenes detrás de la barra, se dirigen a ti como si te conocieran de toda la vida y en su incomprensible idioma te proponen el pacto del diablo, beer, please…, ьира…, y bebo rodeado por la muchedumbre, no es muy diferente este lugar de los que frecuenté hace una semana, cuando estos días pasados he estado en Londres, porque he estado allí. Hacía tiempo que no iba a esa ciudad y mi estancia ha sido corta, sólo un viaje de ida y vuelta o poco más, hay que amarrar los detalles y despistar a los mirones, varios enlaces que cogí por poco, el billete en el bolsillo y algún topo en el avión ucraniano, ¿quién será?, quizá esa señora o quizá ese que simula dormir, aquí no es difícil fiscalizar al pasaje porque las distancias son cortas, este no es un avión transoceánico lleno de orientales legañosos que llevan dos días de viaje, ¡ah, la Alhambra…!, dicen, ¡y esa Sevilla y ese Toledo…!, pero todo ha salido bien, al menos en apariencia, y en la capital de mi nación aproveché para pasear por lugares que conocí de joven, ahora iré a Portobello, ¿existirán aún las librerías que conocí antaño?, ¿y los pubs…?, algunos estaban allí, sí, y otros habían desaparecido, pero aquellos a los que entré habían sufrido reformas que los volvían irreconocibles, quince años son muchos y todo cambia de continuo, las mujeres envejecen…, ¿y los hombres?, en uno de aquellos lugares tuve un amigo cuando era joven y acababa de salir de la Academia, yo entonces iba con mi chica, él era el dueño de uno de los establecimientos y nos invitaba a las cervezas, no sé por qué, quizá se debiera a que Alison era guapa, rubia y sonriente y con los ojos azules, era jovencita y nos reímos mucho con sus cosas, estudiaba cocina internacional, la comida es lo más importante, ya, ya lo sé, ¿quieres trabajar aquí?, a lo mejor prosperaba si servía comidas en vez de bebidas, luego todo cambió y yo me fui de allí, a mi amigo no le volví a ver y ahora me han dicho que ha muerto, ¿se habrá muerto ella también?, no, estará cuidando niños en el campo y se habrá olvidado de mí como yo me olvidé de ella, la he recordado porque he estado en Londres…, y también hablé con Rebeca desde uno de aquellos muelles del Támesis, dame una semana más, le dije, haz lo que puedas, pero esta va ser la aventura de mi vida y no voy a dejarla pasar, cuando vuelva ya os contaré, y ella se va a portar, o eso creo.

Ahora estoy también en un muelle, un muelle oscuro, la noche cae y paseo por él, espero, y he bebido tanta cerveza que las facciones de Ivana surgen tras las inmóviles grúas y las nubes que van y vienen, ¿por qué las veo?, es misteriosa esta querencia de la mente pues lo mismo me sucedió en Londres, allí me sorprendí deseando volver…, y es que no tenemos arreglo. No importa que ella sea la mujer de tu amigo, anida en tu cabeza y surge donde menos te lo esperas, son muy traidoras las pasiones y te obligan a intentar burlar a quien quieres, aunque todos nos damos cuenta, unos hacemos como que no lo vemos, ¿no lo ves?, pues resulta evidente, y el resto mira hacia otro lado y escupe con sorna, me da igual, cada cual es cada cual, además, yo hago lo propio, todos lo hacemos, y quien esté libre de pecado…, pero en seguida me distraigo pues más allá de los barcos negros y humeantes emerge el creciente lunar, sucede durante el atardecer, el cielo está limpio y oscuro y el sol se ha ocultado, y tras las negras máquinas del puerto aparece esa línea curva de la que hablan las leyendas árabes, ¿son árabes?, creo que sí, en Arabia la pintan tras las palmeras de los oasis, luna tenue y recortada y precursora de la noche profunda que persigue al sol…

Al fin zumba el teléfono que tengo en el bolsillo y respondo cuatro palabras. En seguida llegarán aquellos a quienes aguardo, y entre ellos espero hallar alguna cara conocida.

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el viaje del morisco 1,2 500

Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?). Sea como fuere, y como de él aún no he colocado nada en internet, para remediar semejante olvido pongo hoy este trozo que sucede en 1601, primer año del siglo XVII, cuando el protagonista del relato (uno de ellos, Juan de Cádiz, morisco converso) sale de la cárcel de la Inquisición en Sanlúcar de Barrameda y es llevado a una fiesta para celebrarlo.

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Una de aquellas mañanas, cuando llevaba cerca de un mes en mi encierro, se presentaron dos alguaciles precedidos por el carcelero, quien me dijo,

–Prepárese su merced, que le esperan.

Entre aquellos dos individuos barbados, consumidos y vestidos de negro, descendí un tramo de escaleras y recorrí las galerías altas, a modo de claustro, por las que me condujeron. El edificio había sido seguramente en tiempos convento, pero a la sazón se adivinaba la incuria de sus poseedores, pues por todas partes se advertían desconchones, agujeros en las cubiertas y suelos malamente parcheados. En el extremo del corredor había una puerta de marco historiado, y en ella golpearon. Uno de ellos entró, y en seguida salió y dijo,

–Pase.

Crucé la cancela preguntándome a qué me enfrentaba, y me encontré en el extremo de una enorme, larga y desnuda habitación, cuyas paredes estaban ocultas por cortinajes rojizos, seguramente para enmascarar su mal estado. Al fondo había una gran mesa sobre un estrado, y a su alrededor varias sillas y sillones, algunos tapizados con terciopelo oscuro. En ellas se sentaban dos personas, que levantaron la cabeza cuando me vieron.

–Pase, pase por aquí, señor don Juan, y no se apure, que aquí no nos comemos a nadie –dijo uno de ellos con voz melosa, un obeso individuo que al parecer era quien llevaba la voz cantante.

Mientras avanzaba sobre la raída alfombra vi un enorme Cristo crucificado que desde un pedestal presidía la habitación y parecía seguirme con la mirada, y cuando estuve ante la mesa, encogido, como es de rigor, observé que el prelado, pues tal parecía por su indumentaria y la teja con que se cubría, era aún más grueso de lo que parecía desde el extremo opuesto de la habitación. Usaba anteojos, se cubría con una sobrepelliz y, por su luengo narigón, se le adivinaba procedencia judía, un converso elevado a la judicatura en el absurdo y nunca estipulado devenir de los negocios mundanos. Del otro, asimismo revestido de ropas talares, sólo podría decir que, quizá debido al frío, se cubría con un ridículo gorro que me recordó a los que usaba Fátima para dormir.

Ante la mesa había dos reclinatorios, y el procurador, tras contemplarme largamente, se levantó de su asiento con dificultad y ocupó uno de ellos.

–¿Sabe su merced rezar?

–Sí, señor.

–Pues bien, arrodíllese conmigo, humillemos nuestra cerviz ante el Señor y oremos.

Yo me apresuré a acompañarle, y durante un momento rezamos pidiendo perdón a Dios por nuestros muchos pecados, a lo que procuré contestar con tino…, pero pasaré por alto semejante ceremonia pues me resultó hipócrita hasta el extremo, dado que una de las alusiones más invocadas fue a la gula.

Tras aquella pausa, él, renqueante, ocupó de nuevo su sitial.

–Siéntese.

(Has sabido capear los temporales del mundo –pensé mientras lo hacía–, analfabeto dedicado a husmear en los entresijos de las personas, difícil tarea, pues hay que manejar los hilos de muchos espías. A unos los pagas y a otros no, y nunca sabes quiénes son los que te engañan, tienes que adivinarlo, pero vosotros lo conseguís, rara destreza producida por hartos años de experiencia) –aunque me libré muy bien de abrir la boca.

El personaje principal extendió un grueso cartapacio sobre la mesa y hojeó algunas páginas, y con el rabillo del ojo observé que el escribano me contemplaba con una sonrisilla maligna pintada en el rostro.

–Tenemos los mejores informes sobre su merced –principió el prelado–, pero precisamos detalles que sólo quien tiene trato con el acusado puede conocer.

Yo asentí con premura.

–Señor Juan de Cádiz –me preguntó–, ¿cuál era su nombre anterior?

–Abenasar.

Aquel individuo, togado por su arrimo a los poderosos, me contempló despacio.

–¿Sigue usándolo?

–No; su excelencia debe saberlo.

Hubo un nuevo pasar de páginas, y al fin, observándome agudamente, preguntó,

–¿Sabe su merced que la madre de su criado Sebastián fue condenada a la hoguera por bruja?

Yo negué con la cabeza y el prelado extrajo varios folios del expediente.

–Aquí constan los datos. En el año de…, y en la ciudad de Salamanca…, habiendo encontrado sonajas hechas con huesos de muertos en poder de la encausada… ¿Cuánto tiempo hace que le conoce?

–Diez o más años.

–¿Sabe su merced a qué se dedicaba antes?

–Tengo entendido que administraba rentas de un noble de Sevilla.

–¿Y antes?

–No lo sé.

De parecido tenor, e incluso con más intrincados y confusos términos continuó aquella conversación durante buena parte de la mañana, mientras el escribano, notario de secreto, tocado con su ridículo gorro de dormir y desde el otro extremo de la mesa anotaba cuanto decíamos…, pero no haré aquí mención de ello pues no se dijo nada de sustancia y lo he olvidado por completo. Poco me interesan los circunloquios y ambigüedades de quienes sacan provecho de la vana retórica, asignatura muy en boga en nuestros días y de la que nos libre el diablo, y así finalizaré con una sucinta relación de lo último que recuerdo, como fue el declamar con horrísona voz la Relación de los Autos, discurso a que se sintió obligado el procurador fiscal, pues en ello se cifraba su sueldo, y del que aún conservo retazos: Nos, los inquisidores…, fiel y diligentemente y con todo secreto, cuidado y solicitud, damos en decir que haréis y cumpliréis lo que por Nos será encomendado

Poco más hube de esperar en mi encierro, pues dos días después, con la caída de la tarde, preludiado por ruidos que no eran habituales a aquellas horas, se abrió la puerta y pude ver cómo don Joaquín, a quien en permanente reverencia seguía Mocejón, penetraba en la habitación y dedicaba un momento a contemplarla.

–De forma que es en este lugar donde le han tenido preso… –dijo al fin mirándome–. Bien, bien…

Yo le observé preguntándome si no sería aquel espectro parte del sueño.

–Pero ¿qué ha hecho usted, hombre de Dios? No se imagina la cantidad de vueltas que he tenido que dar para abrir esta puerta… –y como continuara contemplándole atónito, exclamó,

–¿A qué espera? ¿Cree que he venido para departir con su merced…? No, está usted libre, y espero que sea por bastante tiempo.

Mocejón, cejijunto, con un papel en la mano agachó la cabeza, que era su forma de asentir, y yo me apresuré a doblar los pliegos que había sobre la mesa, todo cuanto había escrito y dibujado durante aquellas semanas, hacer un rollo con ellos y embutírmelo bajo la camisa.

–Sentiré dejar de ver a su eminencia en esta su casa –dije con intención–, pero las circunstancias obligan. Cuídese, mi amigo, y no olvide que estoy libre –y tras una estudiada reverencia emprendí el camino tras don Joaquín, que abría la marcha.

Descendí las escaleras a grandes zancadas, pues mi urgencia por salir a la calle era grande, y cuando traspuse el principal portón de aquel antiguo y ruinoso edificio, ya sobre la calzada, respiré con todas mis fuerzas. En seguida llegó a mi lado don Joaquín, que se reía.

–Buenas me las ha hecho su merced pasar… ¿Cómo es posible que se haya dejado manchar por semejante albur?

–Su señoría lo sabrá, que lo sabe todo.

–Sí, y dé gracias a que tengo muchos amigos… Hay que tener amigos en todas partes, entérese, incluso en el infierno; o sobre todo, en el infierno. ¿Qué tal le han tratado?

–Ya su merced lo ha visto, don Joaquín. El alcaide, ese tosco individuo, comía en mi mano, actitud de la que no me cabe duda que ha sido alimentada por los dineros que le han llegado de donde no imaginaba. ¿Sabe su merced algo de esto? –y don Joaquín se rió.

–¿No iba a saberlo? Hace casi un mes que conferencio con su mujer. Tiene usted suerte de tener esa joya en casa…, pero, en fin, esto ha acabado, y ahora querrá su merced ver mundo tras este retiro…

En la calle había gente armada a caballo y una carroza con cuatro mulas.

–Su merced primero –y yo subí.

–Se lo agradezco.

–No me agradezca nada que tenemos muchos asuntos pendientes –y sacando la cabeza por la ventana del coche gritó,

–¡Vámonos de aquí!

En nada paré mientes cuando, por ruidosos caminos carreteros, nos encaminamos a Dios sabría dónde.

–¿Adónde vamos?

–No tema nada vuesa merced, que no le sorprenderá lo que encuentre –y cuando el chirriar de los ejes y el vino de la bota que don Joaquín me alargó me devolvieron a la vida anterior, una idea llegó a mi cabeza.

–¿Dónde está Sebastián? –y don Joaquín me miró sin mover un músculo.

–No he conseguido que le suelten, pues me han dicho que sobre él pesan cargos importantes. Pero ahora que está usted libre, podrá ocuparse de ello.

Al fin, tras una hora de traqueteo, accedimos a algún suburbio, pues el sonido de las ruedas del carro en el escaso empedrado así lo denunciaba.

–Ya estamos.

De aquella fachada oscura surgieron tres seres que al pronto no reconocí, del embozo que llevaban. Uno de ellos era Esteban, y al verle, sobresaltado le pregunté,

–¿Y en casa…?

–Todo bien, señor.

–Bueno, luego hablaremos de eso –y de allí dejé que Bartolomé y Pedro Salinas me abrazaran.

–¿No te lo decía yo? –voceó el primero–. ¡Esto iba a acabar bien…!

–Sí, pero no con tus métodos.

Entramos en la casa precedidos por don Joaquín, a quien el mayordomo que nos recibió hizo sumas reverencias, y de allí nos hicieron subir al piso superior, en el que había mucha gente y mucho ruido, lámparas encendidas en todos los rincones, música y un tufillo que no supe a qué atribuir.

–Vamos a cenar algo bueno –dijo don Joaquín, y en una de las habitaciones, cuyas paredes se presentaban decoradas con jeroglíficos de los libros sagrados, nos instalamos alrededor de una mesa baja.

Allí se celebraba una fiesta, que no otra cosa se podía deducir del tumulto y las carcajadas que nos llegaban desde los aposentos vecinos, y varios criados nos sirvieron como a invitados preferentes. Trajeron cordero, pasteles de verdura, panecillos recién horneados, de lo que comimos con ganas y buen humor, aunque a mí me parecía habitar en una nube…, y para finalizar unas tortas de almendras a las que llamaron quebrantahuesos. ¡Ay!, que aquello me llevó de vuelta a mis tiempos anteriores, pues en cuanto intenté probarlas supe cuál era la causa de los males que durante tanto tiempo me habían aquejado, aquello de la dentadura que me traía a mal traer y con el barbero había consultado, puesto que en la prisión no se estilaban tales finezas y me había olvidado de ello por completo.

–¡Diablos…!

–¿Qué sucede? –y yo me reí y aparté lejos el plato que tenía ante mí.

–Nada que su merced pueda entender, señor Bartolomé, que mejor es la nalga de puerco que estas porquerías destructoras de dientes y muelas. Todo sea… –y me contuve y concluí– por la salud.

Cuando acabamos don Joaquín dijo,

–Quizá sea el momento de unirse a la fiesta, pues tengo que saludar a algunos conocidos. ¿Me acompañan?

En la gran habitación vecina, que por varios pórticos se abría a los aires de la oscura noche, el tumulto era extraordinario. Aquí y allá se observaban grupos sedentes de personas mayores, unos gordos, otros flacos, extranjeros, berberiscos, nacionales…, los de allá vestidos a la morisca y los de acá a la castellana, pero todos riendo, hablando animadamente, cuando no gritando, y empinando sin sosiego vasos y copas. Una densa humareda impedía ver con claridad lo que sucedía en el fondo de la sala, y algunos chicos y chicas, ligeros de ropa, iban y venían entre las mesas llevando y retirando platos y fuentes.

Nos acomodaron en una mesa esquinera y al punto nos trajeron dulces, velones, copas y botellas. Don Joaquín se excusó y se dirigió al lugar que ocupaba uno de los grupos, en donde se sentó, y de inmediato colocaron sobre nuestra mesa un narguile.

–Un día es un día –dijo Bartolomé brindándome la boquilla–, y aunque sé que su merced no es partidario de semejantes expansiones, creo que las circunstancias son tan excepcionales que no me rechazará este placer.

Yo dudé, pero ¡qué diablos!, las palabras de mi amigo me convencieron y me dije, ¿por qué no?, tras estos días de retiro no me vendrá mal sobrepasar las puertas del Paraíso, o intentarlo, y que sea lo que Dios quiera.

Tomé lo que me ofrecía, que desde mis años jóvenes no había vuelto a probar, y aspiré hondamente los vapores del cáñamo, tan alejados de los que procuraban aquellos chicotes que venían de Las Indias y todo el mundo utilizaba con fruición.

Fumamos, y en seguida comencé a sentir los efectos que recordaba. No me extrañó el griterío que, confundido con la música, llenaba la gran estancia, ni el humo que en volutas sin fin subía hacia los adornados techos, ni los ojos enrojecidos de nuestros vecinos, algunos con el curvo puñal en la cintura, y la sonrisa, quizás estúpida, entre los dientes…

Pronto, como digo, comencé a tener visiones… ¿Eran aquellas visiones, o lo fueron las de días anteriores? Por mi desacostumbrada percepción atropelladamente penetraban los gritos, las músicas, las sonrisas, las palabras, los hedores de la multitud, las chicas que entre los asistentes bailaban y daban saltos desacompasados…, personas de desencajadas faces en las mesas de alrededor y risas de borrachos…

Aún hube de ver más desde el mullido asiento, como los tragafuegos que luego hicieron aparición, las beldades que raudas desfilaron provocando a los presentes con la miel que portaban en labios y manos, y el recitador que con el laúd en la espalda requirió silencio para declamar,

… que no hay cazuela,

relleno ni jigote,

 inglesas tortas ni pastel en bote,

mondongo, manjar blanco, almondiguillas,

chorizos, salchichones y morcillas

y otros compuestos de invenciones varias,

que no te ofrezcan ni te rindan parias.

Aquello fue muy aplaudido y coreado, y cuando cesó la algarabía que produjo, y las conversaciones y las risas volvieron a generalizarse, Pedro Salinas, que a mi lado se encontraba con los ojos como tizones, con la voz enturbiada por el vino exclamó,

–¡Parias…! Beneficios, ventajas, sinecuras…, qué lejos estáis de mí… Bartolomé, Juan…, cofrades míos, paréceme mentira que figuremos al lado de quienes nos rodean, personas serias, ¡quién lo diría!, mientras la peste negra se aproxima emboscada y con luengos pasos desde el más distante extremo del Mediterráneo.

–Aún no hay casos declarados en estas ciudades –dijo Bartolomé–, y no parece el momento de tratar según qué cuestiones.

Pedro bajó la voz.

–He oído que en Nápoles, Malta…, y en puntos más cercanos, como Denia o Vinaroz, se han instalado cordones sanitarios. En esta última ciudad se han regado con vinagre las calles, y el puerto ha sido cerrado con pesadas cadenas a las naves extranjeras. Y qué decir de Castilla, en donde el morbo ha entrado por la costa norte y hace estragos…

Unas muchachas que zascandileaban entre las mesas se acercaron a la nuestra y nos regaron con pétalos de flores que llevaban en cestillos.

–¡Alegría!, ¡vive Dios…! –casi gritó Bartolomé derrumbándose en su asiento, ya que él había sido el máximo beneficiado de tal agasajo, y obedeciendo a ello una imagen olvidada se pintó repentina en mi cabeza, pues a su interior, aportada por la celestial aparición de las chicas entre aquel corro de demonios vociferantes, llegó la de Inés, ser angelical cuyo recuerdo había casi arrinconado durante los largos días de mi cautiverio…

La impresión fue tal que los rubores acudieron repentinamente a mi cara y creí que las entrañas me ardían, lo que sin duda se vio favorecido por los humos del éxtasis. Allí, inmerso en el mayúsculo tumulto que alrededor de nosotros se cernía, entre parpadeantes luces, clamores y perfumadas nubes de inciensos y otras sustancias, con sorpresa entreví de nuevo su cara como si nunca la hubiera visto y no hube sino de pensar, ¿qué me sucede…?, esto es nuevo, a mi edad…, porque no recordaba haber experimentado jamás agitación parecida.

Tosí y carraspeé estruendosamente para disimular la emoción que súbita me asaltaba, y con alivio observé que mis compañeros, ajenos a mis inesperadas cuitas, se entretenían en jalear, acompañando a la multitud, a las huríes que el dueño de la casa había dispuesto para contemplación de los invitados…

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En 1575 se publicó en Alemania el libro llamado Civitates orbis terrarum, una colección de postales sobre muchas ciudades europeas, y entre ellas aparece Santander.

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Gracias a semejante circunstancia tenemos una visión de primera mano de cómo era entonces la ciudad, y si a ello le sumamos las numerosas relaciones históricas de todo orden que aún se conservan (registros de ayuntamientos, de parroquias, censos, etc.), podemos intentar trazar un croquis de aquella zona.

santander siglo XVI 800

 

Una ampliación de lo que es el recinto amurallado del croquis anterior se puede ver debajo.

1575 - santander siglo XVI RIMG50370

El núcleo original de la ciudad, que se remonta a la Alta Edad Media, se instaló a la sombra de la colegiata (hoy catedral), sobre una loma (desaparecida tras el incendio de 1941) que se internaba en las aguas. A un lado quedaba la ría (hoy, calle de Calvo Sotelo), y al otro las aguas de la bahía, y todo ello estaba al socaire de lo que durante mucho tiempo se conoció como la sierra, otra loma bastante más alta que la defendía de los vientos del norte y cuya cumbre no es otra que la que hoy recorre el llamado paseo del Alta o General Dávila.

Tan escaso núcleo, seguramente ocupado por pescadores, fue aumentando de tamaño durante el transcurrir de los siglos, hasta que en el XV lo encontramos amurallado y convertido en una de las más importantes villas del cantábrico, reductos que defendían la costa norte española. Dentro de los muros estaban contenidas la puebla vieja (o alta) y la puebla nueva (o baja), y en el exterior se formaron dos arrabales, el de la Mar (actuales calles del Arrabal, Enmedio y Hernán Cortes hasta la calle del Martillo), y el de Fuera la Puerta (la puerta de San Pedro, una de las de la muralla), que encajaba en lo que hoy es el primer tramo de la calle Alta.

La línea costera de entonces no se correspondía con la actual, pues durante los últimos 400 años se han sucedido los rellenos para ganar terreno a las aguas. Sin embargo, no es difícil adivinar por donde corría en aquellos tiempos, pues basta seguir la curva de nivel. El acantilado sobre la bahía era el declive que desciende desde la actual calle Alta hasta las estaciones, Peña del Cuervo incluida, acantilado que acababa en donde está el Banco de España. Luego entraba una ría por lo que hoy es Calvo Sotelo, y la línea de costa iba por Hernán Cortés hasta la calle del Martillo (delante de este tramo había una playa). Desde allí seguía por Pedrueca, pasaba por detrás de la iglesia de Santa Lucía (que entonces no existía; la plaza de Cañadío era un marjal infecto), salvaba la peña Herbosa, es decir, las calles de Daoiz y Velarde y Peña Herbosa, y acaba en Molnedo, vulgo Casimiro Sainz, en lo que actualmente es entrada del túnel y donde debió de existir otro playazo. Bordeaba luego la peña por la que se empina la calle de Canalejas, y se alargaba hasta la cuesta del Gas. De ahí en adelante era parecido a lo que hoy podemos ver, pues el talud en que se asienta la actual avenida de Reina Victoria (entonces inexistente, por supuesto) era el cantil.

El resto del territorio estaría salpicado aquí y allá por granjas y alquerías dispersas, y tampoco serían raras las huertas que extramuros de la ciudad cultivaran los pobladores, en especial los viñedos, que, mirando al sur, existieron en gran cantidad (según dicen las crónicas).

Y en cuanto a la bahía, esta no presentaría el aspecto actual, sino que abundaría en arenales que cubrirían la mayor parte de su superficie y cambiarían continuamente de lugar con las mareas y las ocasionales avenidas del Miera (río Cubas). La canal, el lugar que se draga para que puedan entrar los barcos mayores, no estaba en donde está hoy, es decir, en medio de las aguas, sino que pasaba junto a la costa, lo que constituía una salvaguardia ante los corsarios y los ataques de franceses, ingleses y holandeses, por aquellos tiempos en perpetua pelea con España, puesto que fue entonces (a finales del s. XVI) cuando se construyeron los castillos de Ano (en la península de La Magdalena) y de San Martín. Este último se encontraba a escasa distancia de la citada canal, y cualquier barco que pretendiera entrar en el puerto había de vérselas con sus cañones, por lo que pocos lo intentaron 1 . El arenal de El Puntal (no sé si entonces, pero posteriormente conocido como banco del bergantín), aún hoy continuamente cambiante, probablemente estaría donde lo vemos, aunque sería mucho más extenso, y las rías que desembocan en el fondo de la bahía, las de Solía, Pontejos, Guarnizo, etc., aportarían año tras año el limo que fertiliza… Es seguro, por tanto, que con tal exuberancia de páramos, riberas, marismas y ensenadas, la cantidad y calidad de moluscos, ostras y almejas que se recolectaban en la bahía, sería de las que ya nos gustaría tener hoy.

 

1 En cierta ocasión (hablamos de finales del s. XVI), una flotilla de diez naves holandesas con seiscientos soldados a bordo intentó la aventura de saquear la ciudad, pero los santanderinos les salieron respondones y sucedió lo siguiente: uno de los barcos que intentaron la primera acometida fue desarbolado por los cañonazos del fuerte de San Martín y acabó encallando en los páramos. Ante tal pérdida, y viendo que por allí no podían entrar, desembarcaron en las playas del actual Sardinero, entonces campos de dunas, y se dirigieron hacia la ciudad. Pero no habían contado con que en ella se encontraba una escuadra castellana que había entrado a pertrecharse, en su mayor parte formada por vizcaínos, y mucha gente de armas. La mitad de aquel ejército plantó cara a los holandeses en las cercanías de lo que hoy es Alto de Miranda, que no esperaban semejante resistencia, y la otra mitad descendió hasta la ensenada de El Sardinero y tomó las naves enemigas, escasamente protegidas. El resultado final fue la completa prisión de los soldados asaltantes y la apropiación por la Corona de los barcos de la armada. Uno de los holandeses consiguió eludir el cerco y durante meses fue perseguido como guerrillero por las lomas cercanas, en donde se hizo famoso por sus hazañas y la gran cantidad de hijos que sembró, pero al fin logró escapar y pasar a Indias por el puerto de Lisboa, lo que conocemos por su biografía, Abdomen Lubricatus Terrorum Maris Castellae, extensa y curiosa narración hoy difícil de encontrar.

 

(En fin, esto último [1] ha sido una broma fruto de la invención, ustedes perdonen…, aunque yo conozco personas en Santander que podrían ser tataranietos del personaje aludido, o sea que la cosa tampoco va tan descaminada).

 

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