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Posts Tagged ‘telepatía’

 

Imagínese el mundo del siglo XXI. No el de principios (la actualidad, que de sobra conocemos), sino el que se nos viene encima. El mundo de los decenios de los años 30, los 40, los 50…, al final del cuál…

(aquello sucedió durante el solsticio de verano del año 2050, o el solsticio de verano del 50, como dice la negra: […] así que la primera noche, también la primera noche de aquel verano, el verano del cincuenta, mientras la civilización llegó a buscarnos la pasamos solos […] ),

… sucede el milagro, que milagro fue y estupefactos dejó a los miles de millones de habitantes de nuestro planeta Tierra.

¿Qué fue ello? No se puede decir, pero allí intervinieron fuerzas de las que aún no tenemos noticia. ¿Cómo íbamos a tenerlas, si los seres que las produjeron desdeñaban a la humanidad como interlocutora? ¿Para qué nos iban a necesitar, si ya existen los cetáceos?

La aventura de las luces azules es una narración futurista (una fantasía, por tanto), en la que se aborda el problema de la evolución (de la evolución de la materia, se entiende, que desde el big bang no ha cesado de reelaborar sus estructuras, galaxias, estrellas, seres vivos…), lejos, muy lejos de las coordenadas hoy cotidianas, toda esa inane jerga de izquierdas, derechas y demás zarandajas con que se entretiene a las por definición acríticas sociedades actuales. Es preciso traer a colación asuntos nuevos, pues el mundo que nos espera no se va a componer de baladíes lugares comunes y caducas frases hechas.

La aventura de las luces azules es un título que lo define a la perfección. Es una aventura, vaya si lo es –una innumerable sucesión de ellas–, y amén de otros elementos (la superficie de los continentes, sí, pero también la del océano, sus más profundos abismos y la inmensidad de los yermos espacios interplanetarios…), está aderezada por los efluvios –de los que no sabemos nada– de las ondas telepáticas, es decir, las que se supone que emiten máquinas tan complicadas como los cerebros de los animales superiores.

Los personajes principales son tres: un europeo que nace el 1 de enero de 2001 –justo con el milenio–; una negra procedente de la selva caribeña y cuya mayor afición es el mar, y un cachalote del océano Atlántico; telépata, por supuesto. Entre los tres dan cuerpo a esta ingente historia –La aventura de las luces azules–, que se extiende durante 100 años y 800 páginas.

Esta no es una narración de ficción científica (impropiamente llamada ciencia ficción), puesto que aquí no se habla de ciencia (o se habla muy poco), pero que inevitablemente cuenta con elementos de ese género, como la telepatía y la presencia de inteligencias extraterrestres. Entendámonos, la presencia, que no quiere decir su aparición en escena en carne mortal, puesto que no creo que estos seres sean tan tontos como para descender a la Tierra que conocemos, y menos con la que está cayendo en la sociedad de analfabetos informáticos que caracteriza los tiempos actuales. Sin embargo, allí están, contemplándonos desde el lugar que ocupan…

La que publico ahora es la segunda parte, subtitulada Rondeau, y luego, con intermedios de unos meses, seguirán las restantes, Scherzo allucinante y Andante con moto e finale.

¿Qué más quieren que les cuente?, porque podría hablar de tantas cosas… De las aventuras abisales de la negra; de los conciertos de puertas chirriantes en alta mar –puesto que la música es parte fundamental en esta historia–; del astronauta perdido para siempre en órbita solar; de la bienaventuranza, especie vegetal de allende los espacios siderales; de la boda por ondas electromagnéticas y los coloquios con seres que están lejos, muy lejos… pero no digo más. El que esté interesado en leer semejante cuento, que cuento es, y provisto de colosal fantasía desbordada (es el mundo del futuro), ya puede hacerlo AQUÍ.

La primera parte (Allegro vivace) se puede ver AQUÍ.


Otros lugares para divertirse:

Una película se puede ver aquí: https://youtu.be/1fenD06sYyc

Lo mismo, pero las fotos en sí, sin película, también se pueden ver: AQUÍ.

Otros paisajes españoles diversos pueden verse AQUÍ.

Y ya, puestos a tratar de fenómenos inexplicables, los interesados en novelas de aventuras pueden mirar AQUÍ.

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Imagínese el mundo del siglo XXI. No el de principios (la actualidad, que de sobra conocemos), sino el que se nos viene encima. El mundo de los decenios de los años 30, los 40, los 50…, al final del cuál…

(esto tiene lugar durante el solsticio de verano del año 2050, o el solsticio de verano del 50, como dice la negra: […] así que la primera noche, también la primera noche de aquel verano, el verano del cincuenta, mientras la civilización llegó a buscarnos la pasamos solos […]),

… sucede el milagro, que milagro fue y estupefactos dejó a los miles de millones de habitantes de nuestro planeta Tierra.

¿Qué fue ello? No lo desvelaré, claro está, pero allí intervinieron fuerzas de las que aún no tenemos noticia. ¿Cómo íbamos a tenerlas, si los seres que las produjeron desdeñaban a la humanidad como interlocutora? ¿Para qué nos iban a necesitar, si ya existen los cetáceos?… Y es que no somos el centro del mundo, como muchos piensan, sino una especie que, si algo no lo remedia, está dando sus últimos suspiros.

Antes de nada: del 10 al 14 de este mes de septiembre se puede descargar la primera parte de este libro, la que se llama Allegro vivace, en la siguiente dirección: https://www.amazon.es/dp/B07G362J27

La aventura de las luces azules es la última de las novelas que voy a publicar, una narración futurista (una fantasía, por lo tanto, y una fantasía bonita), en la que se aborda el problema de la evolución (de la evolución de la materia, se entiende, que desde el big bang no ha cesado de reelaborar sus estructuras, galaxias, estrellas, seres vivos…), lejos, muy lejos de las coordenadas hoy cotidianas, toda esa anticuada e inane jerga de izquierdas, derechas y demás zarandajas con que se entretiene a las por definición acríticas sociedades actuales. Es preciso traer a colación asuntos nuevos, y pensar en ellos, pues el mundo que nos espera no se va a componer de lugares comunes y baladíes y trasnochadas frases hechas…

La aventura de las luces azules es un título que lo define a la perfección. Es una aventura, vaya si lo es –una innumerable sucesión de ellas–, y amén de otros elementos (la superficie de los continentes, sí, pero también la del océano, sus más profundos abismos y la inmensidad de los yermos espacios interplanetarios…), está aderezada por los efluvios –de los que no sabemos nada– de las ondas telepáticas, es decir, las que se supone que emiten –aunque aún no las hayamos detectado– máquinas tan complicadas como los cerebros de los animales superiores. ¿Y quiénes son los animales superiores?, se preguntará más de uno. Pues se supone que las personas… y los cetáceos. Hay más, y tampoco habría por qué circunscribirse a ellos, pero para no complicar el asunto, los personajes principales de la historia son tres: un europeo que nace el 1 de enero de 2001 –justo con el milenio–; una negra procedente de la selva caribeña y cuya mayor afición es el mar, y un cachalote del océano Atlántico; telépata, por supuesto. Entre los tres dan cuerpo a esta ingente narración –La aventura de las luces azules–, que se extiende durante 100 años y 800 páginas.

Esta no es una narración de ficción científica (impropiamente llamada ciencia ficción), puesto que aquí no se habla de ciencia (o se habla muy poco), pero que inevitablemente cuenta con elementos de ese género, como la telepatía y la presencia de inteligencias extraterrestres. Entendámonos, la presencia, que no quiere decir su aparición en escena en carne mortal, puesto que no creo que estos seres sean tan tontos como para descender a la Tierra que conocemos, y menos con la que está cayendo en la sociedad de analfabetos informáticos que caracteriza los tiempos actuales. Sin embargo, allí están, contemplándonos con estupor desde el lugar que ocupan…

La que publico ahora es la primera parte, subtitulada Allegro vivace, y luego, con intermedios de unos meses, seguirán las restantes, Rondeau, Scherzo allucinante y Andante con moto e finale.

¿Qué más quieren que les cuente?, porque podría hablar de tantas cosas… De las aventuras abisales de la negra; de los conciertos de puertas chirriantes en alta mar –puesto que la música es parte fundamental en esta historia; del astronauta perdido para siempre en órbita solar; de la bienaventuranza, especie vegetal de allende los espacios siderales; de la boda por ondas electromagnéticas y los coloquios con seres que están lejos, muy lejos… pero no diré más. El que esté interesado en leer semejante cuento, que cuento es, y provisto de colosal fantasía desbordada (es el mundo del futuro), ya puede hacerlo AQUÍ.

 

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Para una novela que, en todo o en parte (o en sueños), se desarrolle durante el verano. Y aquí vendría bien decir aquello de

» […] y compuse la cara, agité el vaso y, más que cantar, declamé, eel fina-al… deel verano… llegó, y tú partirá-as…, yoo no seé, haasta cuándo, este amor… recordaraás…, […]

»Bueno, sí, ha llegado el final de nuestro verano, dijo Charli un día que estábamos en la casa de la plaza de La Aduana alrededor de la camilla, pero es que todos los veranos se acaban y bastante ha durado el nuestro, ahora mismo empiezan otros, todos los días empieza el verano para alguien, jovencitos del planeta entero, negros, verdes, cobrizos, incluso blancos… […]

… lo que es un mínimo fragmento de un libro que se llama Charli en Wonderland y en el que se habla de aquellos veranos de la época del rock and roll,  cuando comenzaron a verse elementos que luego han sido tan comunes como las minifaldas, los pantalones vaqueros, las guitarras eléctricas y los bikinis… En fin, no quiero ni acordarme y hablemos mejor de los tiempos futuros, es decir, los que se describen en La aventura de las luces azules, narración futurista en la que se abordan asuntos tales como la telepatía o la comunicación con inteligencias extraterrestres que no quieren ni vernos (no me extraña, por otra parte) y tienen como interlocutores a los cetáceos… ¿Suena raro? Pues no lo es tanto, y cualquiera puede echar una ojeada a los asuntos mencionados en los enlaces de arriba.

Y como siempre, también existe ESTO.

 

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Hablo hoy de La aventura de las luces azules, cuya próxima edición (en inglés; tiene gracia la cosa…) está cercana, y cuya portada preside estas líneas.

Se trata de una novela de aventuras, pero de aventurales actuales, sí, y reales, muy reales; no tiene nada que ver con esas cosas que veo que editan ahora, en las que se trasluce que quien lo ha escrito no sabe una palabra de nada; no dígamos ya de física, de la que los autores no suelen saber ni lo más elemental, y así, claro, no hay forma. Además, está protagonizada por seres bienintencionados, pues ¿qué decir del cachalote de la mancha blanca en la frente, que nos transportará a los cuatrocientos confines de la mar océana, o de la negra, que pasó quince de sus años en el fondo de ese mismo mar?

La primera parte de este libro se puede ver en internet: se llama Europa barroca, y podéis echarle una ojeada en el enlace anterior. Quizá a algunos les extrañe el título, pero esto no es para sorprenderse, pues ¿no fue la Europa del barroco la que puso en marcha la maquinaria que nos devolverá a las estrellas?

Si queréis leer algunos capítulos, trozos más o menos desperdigados pero que pueden dar una idea del tono general, aquí os dejo otros vínculos:

El principio

La negra a los once años

Yo no soy una foca que está en una placa de hielo

Concierto marítimo

 

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Hoy, en vez de textos sicodélicos, pongo una foto, pero es una foto con adivinanza, o sea, con truco. Es muy fácil, pero como no me fío de la perspicacia de los que siguen esta sarta de  paridas, si alguien ve algo raro (en la foto) puede decirlo -para enseñanza de los demás- en el sitio de los comentarios.

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Lo que sigue pertenece a “La aventura de las luces azules”, continuación de “Europa barroca” y novela en la que, entre otras movidas dignas de mención, se habla acerca de la amistad que hicieron Eduguá (un tipo como cualquier otro) y un cachalote telépata del océano Atlántico. Una de estas descripciones es la que va a continuación, y está hacia la mitad del libro.

 

Concierto marítimo

Cuando, aquella vez, llegamos Javi y yo al lugar de la cita, un lugar cercano a la costa en un mediodía radiante del mes de mayo, Eudoxio ya estaba allí; fue la primera vez en que llegó antes que nosotros. Estaba con dos congéneres, dos cachalotes tan grandes como él y de los que, por la mañana y con la voz de la abuela, me había dicho,

–No te preocupes, son amigos míos, los conozco desde hace muchos años. Uno de ellos es Crispincín. No es hijo mío, pero le eduqué yo en la manada que fundé. Ahora él tiene la suya propia, aunque al Ártico solemos subir juntos. El otro es el patriarca del grupo más grande que jamás conocí, ¡una manada de más de doscientas hembras!, aunque para manejarla tiene ayudantes, claro es. Él no emite luces azules pero está muy interesado en nuestra relación. Se lo conté, y me pidió que alguna vez le llevara a uno de nuestros encuentros. No te importará, ¿verdad?

Yo contesté,

–No, en absoluto. ¿Son también músicos tus amigos?

–Bueno, en los viajes solemos cantar juntos, pero no se puede decir que conozcan la música de los humanos. Se lo he explicado, y me ha dicho que tomará buena nota de lo que suceda.

Luego yo me acordé de algo.

–¿Has vuelto a tener noticias de los que nos miran desde la estrella?

–No, ya sabes que ellos no se molestan por nosotros. Cuando se manifiestan, lo hacen de manera inequívoca. ¿Por qué me preguntas eso?

–No, en realidad por nada. Yo aproveché aquella ocasión para pedirles un favor y no sé qué habrá sucedido. Fue mi madre quien apareció en su nombre, pero de momento no han dado señales de vida.

–Bueno, hay que tener paciencia, el olvido no entra en sus planes. Si deciden complacerte, te darás perfecta cuenta.

Cuando llegamos al lugar convenido, los tres cachalotes nos hicieron un recibimiento propio de su especie, la denominada Physeter macrocephalus, expresión latina que significa “soplador cabezón”. Nos recibieron con un gran concierto de bocinazos, mugidos y resoplidos en todas las frecuencias, y luego nos rodearon y mostraron bien a las claras su alegría, y para que no quedara duda ejecutaron una serie de danzas y saltos, a los que mejor habría que calificar de panzazos, que dejaron al barco y a nosotros chorreando. Javi levantó las manos y gritó, ¡eeeeehhh, quietos, nos rendimos!, y aunque no entienden el español lo comprendieron perfectamente. Bucearon un poco y se colocaron simétricamente, mirándonos con atención y ronroneando como gigantescos gatos. Javi y yo nos bañamos en el mar, un baño siempre viene bien para relajar el cuerpo y despejar la cabeza, y luego empezamos a pensar en comer algo, porque lo que nos había llevado hasta allí, la música, no comenzaba hasta el atardecer. No sé cuál es el motivo de que a los cachalotes les gusten los cánticos vespertinos, pero es así.

Entonces Eudoxio levantó la cabeza, soltó uno de su horripilantes gritos y se sumergió, desapareció bajo las aguas y sus amigos no tardaron en seguirle, desaparecieron los tres. Javi, sorprendido, dijo,

–¿Tú crees que se han ido? –y yo contesté,

–No, en todo caso habrán bajado a comer. Cuando se van, siempre avisan antes. Podíamos aprovechar también nosotros. ¿Qué tenemos por ahí?

–Todavía queda guiso de la marmita de Petra.

–Bueno, pues vete calentándolo.

Yo estaba mirando la superficie del mar cuando uno de ellos apareció de improviso. Apareció lejos, a media distancia, y se quedó allí, observándonos. Yo le hice señas con la mano y luego apareció el otro, que se puso a su lado. Me miraban como si estuvieran muy interesados en algo, yo me preguntaba en qué, y miré a mi espalda…, y en ello estaba, cuando de repente oí un ruido conocido. ¡Eudoxio, y sus inconfundibles trompetazos, emergía junto a nosotros!

Aquello fue como un huracán, y en un primer momento creí que nos hundía. La cabeza del cachalote apareció sobre las aguas tumultuosamente, muy cerca, y de ella salió una ola, o eso me pareció. Salió muchísima agua que me cayó encima, me empapó y llenó el barco, escurrió y volvió a caer por los imbornales a su lugar de procedencia mientras miles de objetos culebreaban en todo lo que me era dado ver, todo se había llenado de pequeños objetos blancos que se movían e intentaban huir desesperadamente. Javi subió las encharcadas escaleras corriendo, ¿qué ha pasado?, ¿qué es esto…?, y yo solté la carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes…? Eudoxio nos había llenado el barco de calamares.

Efectivamente, lo que había en la bañera eran unos cefalópodos pequeñitos, maravillosos, de los que yo no había vuelto a ver desde que era pequeño, cefalópodos de verdad, sin ningún cruce genético de tipo industrial, sin conservantes ni colorantes ni atomizantes ni nada de eso, y vivos, a juzgar por el follón que había en la bañera. La gran mayoría había caído al mar, porque el escupitajo de Eudoxio había sido monumental, pero los que habían quedado en el fondo, que Javi y yo, tan estupefactos como es de imaginar nos apresuramos a recoger, estaban vivos; debían de ser abisales y frescos, vamos, recién pescados. Eudoxio, que debía de subir directamente desde abajo, desde varios centenares de metros, a lo mejor más, había cogido un puñado, para él un bocadín, para nosotros un banco entero, y sin más nos los había escupido encima.

–Los humanos prefieren los maganos porque tienen la dentadura sensible, esto ya se apuntó, y ahora vais a saber vosotros, humanos de vuestro tercer milenio, lo que es el pescado fresco; de esto ya no se acuerda casi nadie. ¡Ahí va…!

Acto seguido nos metimos en la cocina con aquel tesoro, y con lo que teníamos almacenado hicimos un guiso de los que poca gente ha conocido. Lo he dicho mil veces, ya nadie se entera de nada, y de aquello tampoco porque Javi y yo, en cuanto la preparación estuvo a punto, media hora después, nos apresuramos a comérnosla, y eso que nos salió una enorme sartén que incluso rebañamos con pan duro. ¡Maganos con toda la tinta!, pimiento verde, aceite de alguna aldea de Zamora, ajos de la ristra, un montón de tomates que previsoramente llevábamos, una gran cebolla roja…, aquello fue todo, y para cocerlos añadimos agua del mar, así que, ¿qué más querrían oír ustedes…? Pues aún diré que guardamos con todo cuidado los sobrantes para ocasión posterior, y que mientras estuvimos merendando aquella maravilla Eudoxio y sus amigos desaparecieron, debieron de irse a merendar ellos también, se sumergieron y estuvieron un rato por allí abajo, y luego, cuando hubimos acabado, con el buen cuerpo que te dejan estos alimentos, volvieron a subir y se dedicaron a dar vueltas alrededor de nosotros muy despacio, como esperando algo, y entonces Javi cogió la gaita y yo la trompeta, y mientras se desarrollaba el crepúsculo, mientras el Sol se ponía allá lejos con sus acostumbradas luces, primero naranjas y luego más rojas, y al fin, cuando desapareció del todo, ante un público formado por dos catodontes adultos y expectantes dimos un concierto como nunca antes oyeron las olas del mar ni ninguna de las ninfas del océano, un concierto marítimo y crepuscular, un concierto en trío para trompeta, gaita y continuo. El continuo lo hacía Eudoxio, que a veces parecía un órgano de tubos y a veces un violonchelo cósmico, ¿o era una viola de gamba cósmica…?, no sé, e incluso a veces el instrumento del continuo por excelencia, el clavicémbalo. A partir de ahora te voy a llamar Juan Sebastián. Para algo tenían que servir las conversaciones de puerta chirriante, y modulas con suficiencia, parece que te ha enseñado alguien. Claro, que después de tanto tiempo ensayando juntos, algo habrás aprendido…

Esta idea se la brindo a futuros músicos, o a músicos del futuro. Yo creo que se puede desarrollar mucho.

 

 

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Continúa el texto anterior, que pertenece a la novela llamada “Europa barroca“, de la siguiente manera:

—————————————————–

–¡Hay que ver, qué original!

–Sí, ¡vaya manera de recibir al Milenio…! ¡Qué maravilla!

–¿Al Milenio…? Pero ¿usted cree…? ¿No era el año pasado?

Mi tío Eduardo, quien a la postre iba a ser mi padrino, estaba en plena subida.

–Mi querida señora, veo que no está usted muy informada sobre las peculiaridades del calendario.

La tal querida señora, que iba vestida de época y era una de sus más antiguas y afamadas queridas, puesto que si mi tío Eduardo se distinguía por algo, era por lo putero, y eso se le notaba incluso de mayor, no dejó pasar la ocasión. A la tal señora le iba la marcha como a un tonto un lápiz.

–¡Edu!, no me mientas. Tú sabes algo que yo no sé…

Mi tío Eduardo, que con mujeres cerca se transfiguraba y manejaba una cadena de agencias de viajes, conocía el asunto de memoria.

–Pero, mujer, ¿tú sabes la cantidad de dinero que hemos ganado con la historia del Milenio? Chist, calla, no digas nada que esto es un secreto… El año pasado les vendimos el cambio de siglo y de milenio…, (celebre usted en las Maldivas, o en ese sitio al que va todo el mundo…, Waikiki, o como se llame…, o en Indochina, ¿o por qué no en la punta del Kilimanjaro…?, el acontecimiento de su vida…, etc.), y este año hemos vuelto a hacer lo mismo. La idea ha sido de un asesor que tengo que…, ¡ja, ja! Los del Consorcio nunca habían ganado tanto dinero. La gente es que debe de ser idiota, cada vez me lo parece más.

Al lado de mi tío había un ministro que asentía a todo, como tiene que ser. Ya se sabe, poderoso caballero es don dinero.

–Sí, es que es idiota, es idiota, ya lo digo yo…

Mi tío Juan, que era importador de champagne, estaba totalmente de acuerdo. Mientras se dejaba atar al pesebre por un camarero de muy buenas maneras, tres cuartos de lo mismo.

–Me pregunto cuánto vale un número del Almanaque Astronómico Internacional… Así, los que no lo saben saldrían de dudas.

–Calla, hermano, ni una palabra.

–Tiene gracia la ignorancia de la gente. Sin embargo, cuando se trata de pagar a la Hacienda Pública, todo el mundo conoce muy bien la fecha. Nadie dice, que no es este año, que es el que viene… ¿Cómo es posible que se dejen engañar de esta manera?

La cena fue exquisita. Primero sirvieron ostras, ostras con champagne francés, ostras a punta de pala en fuentes descomunales que los camareros dejaban en los pesebres. Luego una cosa verde en copas de fantasía, sorbete de apio o una ridiculez de ese estilo, porque el tío Aldy había traído a un cocinero suizo de renombre para que dirigiera la operación y todo estaba saliendo a pedir de boca. A continuación una ensalada de fábula, que, entre sus ingredientes, si vamos a creer las tarjetas que se imprimieron y yo vi de mayor, contaba con lombarda, remolacha con rábanos silvestres, esterlet mariné, trufas cocidas en champagne, esturión ahumado, filetes de perdiz, caviar, lengua de reno y jamón de alce. ¡Allí no se andaban con tonterías! Después marisco, langostas, cigalas, percebes… Los camareros no paraban de dar vueltas y no se vio ni una sonrisa, aunque imagino que en la cocina el cachondeo sería total. Por fin, lenguas y solomillos de bisonte, para lo que se había hecho una verdadera matanza en la ganadería, pero, claro, una ocasión es una ocasión.

Luego sonó un gong y el tío Aldy se desabrochó la cebilla, que no era fácil, y salió al estrado ante la expectación general. Le trajeron un micrófono en una bandeja y el tío Aldy habló. En su cara se adivinaba una cierta burla, aunque la mayoría de los presentes pensaron, seguramente, que ello se debía a aquel momento tan especial.

–Señoras, señores… –empezó con su habitual sorna, aunque nadie se dio cuenta de nada–, son las doce menos cinco de la noche, o las dos menos cinco en los países civilizados, y, como ustedes saben, vamos a cambiar de milenio de un momento a otro. Yo les ruego que esperen un instante mientras nos traen los postres…, porque ahora viene…, la última sorpresa… ¡La sorpresa del Milenio!

Los invitados, que debían de estar todos muy borrachos, prorrumpieron en aplausos entusiasmados en espera de la anunciada aparición, y mi tío depositó el micrófono en la bandeja. Entonces, con su mejor sonrisa y mientras la mayor parte de los presentes miraba hacia la puerta por donde entraban los camareros, sacó un mechero, se agachó y pegó fuego a media docena de tracas que, en secreto, había colocado el francés de la chistera y corrían bajo los pesebres a todo lo largo de la enorme habitación.

Los invitados, amarrados como estaban, al principio no se dieron cuenta de lo que sucedía, pero cuando comenzaron a sonar las explosiones, y no eran petarditos de feria, no, que eran como bombas de terroristas, el pánico se desató y más de uno estuvo a punto de morir estrangulado. ¡Allí fue Troya! Los gritos, las explosiones, los aullidos, los juramentos, los vanos intentos de desatarse, las patadas al aire, todo era lo mismo…

Mi madre, María, a quien en su juventud habían llamado María la superbuena –y esto por razones obvias–, embarazada de siete meses de su tercer y último hijo, se desvaneció primero, se quedó colgando luego de la cebilla…, y a continuación me abortó, allí, en mitad, ante todo el mundo, aunque tampoco se podría decir que estuvieran todos mirando. Yo, de repente, empecé a salir entre sus piernas como si fuera un monstruo mientras las explosiones se sucedían a mi alrededor, y a lo mejor es por eso por lo que siempre he sido un poco sordo. Mi tío Eduardo, que era una mula, y además médico, aunque no ejerciera, al ver el panorama pegó tal tirón a la cebilla que la arrancó de la pared, y con ella al cuello se quitó la chaqueta, me envolvió y me sacó de allí; debió de ser por eso que le hicieron mi padrino y me pusieron su nombre. De mi madre se olvidó todo el mundo pero no le sucedió nada, perdió un poco de sangre pero no hubo más, aparte de que casi se estrangula. Mi madre estaba hecha de muy buena pasta, se notaba a distancia, y a los pocos días ya estaba como una rosa y dándome de mamar, o por lo menos eso se cuenta.

La gente, los que habían conseguido soltarse, los camareros, en fin, todos, porque aquello no se lo esperaba nadie, corrían e intentaban salir huyendo, y los escoltas de los diversos políticos, que estaban cenando en la cocina y entraron en cuanto sonó la primera explosión, empuñaban sus pistolas mirando a todas partes y corrían de un lado a otro sin saber qué hacer ni qué decir.

–¡Señor gobernador, señor gobernador, por aquí, por aquí…! –o bien– ¡señor ministro, póngase aquí, al suelo, al suelo…!

El señor gobernador, o el señor ministro, enfundados en sus trajes marrones eran llevados en volandas de un lado a otro, los políticos de menor rango huían bajo una lluvia de fuego y los diversos artistas aullaban en medio de la confusión; el cura que salía en la tele se cagó. Yo, todo esto, aunque estaba allí en medio, sólo lo conozco de oídas, claro. Y además, hubo dos heridos. Uno fue un camarero, a quien uno de los policías pegó un tiro en una pierna por moverse a destiempo, y el otro, o mejor, la otra, una de aquellas vedettes televisivas invitadas que casi se descoyuntó con la cebilla al intentar salir por donde no podía ser.

Mi tío Aldy, que lo tenía todo previsto, salió corriendo, se montó en su coche, un todo-terreno descomunal que parecía un camión y en donde le esperaba una de sus legendarias amantes, se subió a la loma de enfrente, apagó las luces y, con unos prismáticos, estuvo dos horas riéndose y observando a distancia las secuelas de su elaborada y pesada broma. ¡Acabaron llegando hasta helicópteros! Luego sacó una botella de champagne –y Dios sabrá qué más cosas–, encendió la calefacción y se pasó la noche cohabitando, por decirlo de una manera fina, pero es que no era para menos, ¡el cambio de Milenio…! Mi tío Aldy, por aquellos tiempos, ya tenía más de cincuenta años pero estaba muy bien conservado, lo que también ha sido siempre de familia.

Como había instalado una cámara de vídeo para filmar lo que sucediera, yo tuve ocasión, de mayor, de ver mi nacimiento en directo, que no le ha sucedido a todo el mundo. La cámara funcionó durante dos horas y nadie reparó en ella. Luego se apagó. Al cabo del tiempo, cuando ya era mayor, el tío Aldy me regaló la cinta.

–Toma, para ti, esto sí que es tuyo. Quédatela tú.

Yo conocía su existencia pero nunca la había visto, sólo había oído hablar de ella, así que aquello me gustó, claro, porque de los sucesos que tienen lugar cuando eres muy pequeño, luego, de mayor, no te acuerdas de nada.

–Vale.

El que más se enfadó fue mi padre, y por lo visto estuvo tres meses sin hablar a su hermano, y eso que mi padre también las había hecho pardas, como cuando cagó en el piano, dentro, que tocaba la abuela, que era un Steinway blanco de cola que casi no cabía en el salón, pero el tío Aldy, que se las sabía casi todas, se las ingenió para que aquello no fuera a más.

–Pero, hombre, ¡qué mala suerte…!, también es mala suerte…, ¡con lo que yo quiero a María! ¿Cómo iba a hacerle eso? ¿Quién iba a hacer algo así…?

… y lo que decía era verdad. El tío Aldy a mi madre la adoraba, y debió de ser una de las pocas mujeres que le gustaron –porque que le gustaba estaba claro– a la que nunca tiró los tejos. Mi tío Aldy era un cafre para algunas cosas, pero así y todo también tenía sus normas. A mí siempre me cayó muy bien.

Y en cuanto a los políticos, las vedettes, los policías y todos los demás, el asunto se saldó de la forma más simple. Al final le pusieron una multa, que para mi tío era una multita, por algún peregrino motivo de esos que genéricamente se conocen como “alteración del orden público”. Está claro que no hay como pagar el impuesto revolucionario, y él lo pagaba, lo sé de buena tinta. A la vedette, en cambio, que casi se había descoyuntado y le había puesto un pleito, le echó tres o cuatro polvos y aquí paz y después gloria.

Poca paz, ahora que lo digo, y menos gloria, es lo que nos depara la vida, pero eso no quita para que en toda ocasión y momento nos mostremos optimistas. Sí, porque desde los espacios etéreos, los infinitos espacios de allá arriba, alguien nos mira y de ello no tenemos ni idea. Disimulemos.

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